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Fernando Vallejo
Una oveja vestida de lobo

Por doctora Beatriz Villegas O.
Médica Otorrinolaringóloga
Miembro Taller de Escritores Asmedas Antioquia

Muestra los dientes, se burla de la religión, no perdona ningún hecho de la especie humana, pero se conmueve al ver pasar a un perro callejero, flaco y llagoso. Así es Fernando Vallejo, un hombre a quien la vida le entregó la oportunidad de nacer en un país desgraciado y eternamente condenado.

Cayó a una familia pletórica de sucesos enriquecedores que él supo ver con los lentes de testigo inconforme con tanta variabilidad. Tuvo opciones de viajar a Europa, México y Nueva York, de volverse un ciudadano del mundo, pescador disciplinado, no se dejó rendir por lo foráneo.

Su particular visión del mundo se mantiene a pesar de que sabe que levanta ampollas con lo que pronuncia y hace.

Dice escribir para olvidar, en una especie de catarsis y amnesia mezcladas

para que el dolor que implica vivir se amilane en las cuartillas.

No quiere vivir más, como lo plantea en su último libro “La rambla paralela”, en

donde la relevancia está dada por un hombre que muere.

Le encanta escandalizar y, según parece, ese fuego atiza la hoguera alimentadora de nuestra pequeñez espiritual, tal como es vista por él.

Es un distractor de su verdadera esencia, no quiere que lo veamos como un hombre que respeta con reverencia el concepto biológico y la complejidad del universo, y estratifica con fascinación y respeto lo precioso del sistema nervioso, desde la ameba.

Es alguien con la suficiente disciplina para recoger en Logoi el estudio gramático complejo; todo el inventario de modelos forjados en tres mil años de literatura occidental, citas en latín, griego, francés, italiano y español producen la fascinación sólo de unos pocos que le han encontrado confirmanda su propia tesis de que el idioma literario es una segunda lengua que cuesta aprender. Es tan juicioso que fue capaz de perseguir con obsesión la vida y obra de Barba Jacob, con itinerarios complicados en rutas geográficas y honduras espirituales, donando un motivo para admirar al poeta atormentado y abandonado de la suerte.

Escribe sin imposturas, nunca se mete en la cabeza de los personajes como una comadre chismosa, según afirma. Reniega de la prepotencia de dios al darle al hombre la carga de la conciencia cual amor -se cuestiona si dios será sólo un pretexto.

Califica al papa como un travesti desvergonzado, y a la religión y a la iglesia como plagas que estimulan la prepotencia del hombre como máximo depredador.

Le hemos visto describir la aldea para ser universal cuando, ante todos nosotros, los jóvenes se hundieron en el sicariato y la desesperanza y Fernando Vallejo lo contó todo; nuestro desnudo social a la vista del mundo produce vergüenza en muchos pero el escritor descarga anécdotas con toda la bilis y en su interior es seguro que se mueve el escándalo, el anhelo íntimo de molestar a los hipócritas como objetivo del escritor.

Despotrica hasta de los amados ecologistas del mundo, les califica de mentirosos pues lo que desean es aprovecharse de las especies para beneficio humano.

No pasará desapercibido alguien que toca el piano bien, es un biólogo consumado, tiene una fundación para perros pobres, regala miles de dólares de un premio literario para los perros de otro país, es buen cocinero, hermanado hasta la muerte con sus hermanos que le gustan. Ateo. Filósofo. Homosexual confeso a quien hoy le entusiasma el amor de un hombre joven, no hay nada más bello, le oímos decir.

Abusa de su capacidad de controversia, escandalizador profesional, quizás detesta tanto a la humanidad que nos ve como a un corral de puercos que reciben aguamasa de las manos pulcras de su dueño quien acaba de comer los

más finos potajes.

Se solaza viendo cómo nos despedazamos por alcanzar los trozos de sus sobras, sólo es la banalidad de las cosas que dice o hace lo que nos mueve anecdóticamente a hablar de él, no vemos quizás porque él no lo quiere, nos ocupamos de la espuma pasajera y liviana cuando por debajo hay un caudal grueso y tenaz.

Agradecemos que los deseos no se cumplan sólo por decirlos, agradecemos que nadie le haya hecho caso cuando quiso que desapareciera la raza maldita de los colombianos, aunque su motivación sea la piedad, y para que dejemos de sufrir según sus palabras, pues nos hubiésemos privado de tener un Fernando Vallejo.

 

 
 
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