Gótica

Por Eduardo Cano Gaviria
Médico Salubrista
Isabel y Aníbal se conocieron en la época en que los dos cumplieron su año rural obligatorio en un modesto hospital a orillas del río Magdalena. Ahora, trabajando en la ciudad y agobiados por las dificultades que para ejercer sus profesiones tenían, solían reunirse periódicamente para comentar sobre los problemas que tenían en las instituciones en donde trabajaban. Esa tarde hablaron, como de costumbre, e Isabel que parecía bastante decaída preguntó a su amigo luego de un corto saludo:
- Aníbal, ¿será que esta situación en los servicios de salud va ha ser eterna?
Luego de unos minutos de silencio, en los que acostumbraba sumergirse muy a menudo y conociéndola de tiempo atrás, Aníbal supuso que ella necesitaba sólo hablar y deshaogarse, puesto que sus crisis meláncolicas eran siempre una consecuencia de su soledad en el trabajo. Éste le respondió:
-No tanto Isabel, pero en realidad va a durar. Volver a atrás no es posible a corto o mediano plazo, puesto que, por algún tiempo, habrá presiones muy grandes para que la salud siga siendo un negocio y de los más lucrativos.
Seguidamente, dijo con cierta tranquilidad:
-Te voy a contar lo que opina un amigo muy apreciado. Es un viejo maestro de escuela, paradigma de su profesión y admirado y respetado por todos los que en el pasado fueron sus alumnos, por su sabiduría, un viejo llamado Don Miguel.
Me decía, hace algunos días que lo encontré muy enfermo haciendo cola en una EPS, que cada vez creía, con más razones, que la sociedad actual era una sociedad en transición entre la modernidad y algún tipo de sociedad que seguirá a ésta y de la cual aún desconoceríamos su naturaleza exacta. Por lo mismo, eso que algunos llaman posmodernidad -me decía- es un período de transición entre la modernidad, entendida como el conjunto de creencias y valores que tuvieron su vigencia a partir aproximadamente de 1492, y otro modelo de sociedad diferente.
Pero agregaba Don Miguel, que lo interesante era que en el período gótico de la Edad Media, siglos XI a XIV, habría sido también un período de transición, esta vez entre la edad media y la edad moderna, en dónde los valores, creencias y concepciones filosóficas de la antigüedad, comenzaron a perder vigencia, cuando aún los valores y filosofía de la modernidad no tenían la fuerza para imponerse, y en donde se institucionalizaron muchas cosas ahora existentes, entre otras, las formas de autoridad descendentes, es decir, de abajo a arriba centralizadas y autoritarias.
-Pero, están pensando precisamente en reforzar la centralización y el autoritarismo, Aníbal-, dijo Isabel muy preocupada.
-Claro, porque en este país sólo piensan en cuidar la plata-, respondió Aníbal, y agregó: -El problema no es tanto de plata, como de un nuevo modelo de organización del Sistema de Salud. Si el modelo de prestación de servicios es inadecuado, se come la plata que le den y nunca llegará a tener cobertura total. No se puede seguir girando alrededor de los hospitales, ni de la tecnología dura de punta. Hay que democratizar y descentralizar con base en un nuevo modelo de atención familiar, integral, longitudinal y moderno que permita llevar la salud al hombre de la calle común y corriente. Pero de eso hablamos en otra ocasión Isabel-. Y continuó:
-Esta correspondencia histórica, entre estas dos épocas separadas por más de seiscientos años, por ser la una la entrada y la otra la salida de la edad moderna, nos ponen a pensar en ciertas constantes que se repiten en los dos períodos de transición.
-Aníbal, ¿y qué quiere demostrar tu amigo con lo anterior?-, preguntó Isabel con mucha escepticismo.
-Quiere el viejo decir que aquella sociedad en transición tuvo unas características muy parecidas a nuestra sociedad actual.
-¿Como cuáles, Aníbal?
-Como la gran inseguridad, el militarismo, el autoritarismo, la caza de brujas y de herejes, la histeria colectiva, la idolatría, en la religión, en el arte y en el pensamiento y, por lo mismo, la aparición del amor cortés, la importancia de lo maravilloso, el crecimiento de las ciudades y del comercio, la importancia del dinero y de ciertas instituciones que por aquella época comenzaron a llamarse escuelas municipales y que luego se llamarían universidades, lo mismo que otras muy importantes para nosotros que luego se llamarían hospitales-.
-En especial, continuó Aníbal con mucha tranquilidad: En esa época de transición del gótico, fue importante, muy importante, la miseria extrema y extendida a casi la totalidad de la población, especialmente entre los siervos de la gleba que eran duramente explotados por los señores feudales, por los obispos y por los militares. Y, como consecuencia de lo anterior, eran muy comunes las grandes hambrunas, las epidemias de tuberculosis y todo tipo de enfermedades infecciosas y trasmisibles, a tal punto que dice J. Le Goff, que la Europa del gótico tenía tasas de mortalidad muy semejantes a las de los países en vía de desarrollo en la actualidad.
-Bueno-, respondió Isabel. -Si esto es así, hay que reconocer que las dos épocas se parecen, como épocas de transición que son y que desencadenan fenómenos muy parecidos. Pero, ¿no es difícil que una sociedad con el desarrollo tecnológico actual pueda volver al gótico de la edad media?
-No, no tiene nada de extraño-, respondió Aníbal. -En primer lugar, dice Don Miguel, el problema para muchas instituciones con muchas raíces y algunos parentescos durante el período gótico de la edad media, es que muchas de ellas aún se sienten orgullosamente herederas de ese pasado y en ésto hay que tener en cuenta lo que sobrevive aún de esa época en el espíritu de muchos de los hombres que se llaman modernos, que trabajan en ellas, aún sus instalaciones físicas sean todo lo modernas que sean, porque la modernidad no está en las sábanas, Isabel. En segundo lugar, hay que tener en cuenta lo que se puede desencadenar cuando el contexto social, económico y político les posibilita un regreso de sus actitudes y comportamientos a aquellos tiempos del gótico y, lo peor, con instrumentos tecnológicos muy superiores a los de aquella época, lo cual los hace muy peligrosos.
Lo importante es, por lo mismo, lo que puede pasar cuando en una época de transición como en la actual, aún sobreviven en lo más íntimo de mentes de muchos, los rezagos de las formas como el gótico resolvió su problema básico de inseguridad en aquel tiempo y da lugar a la aparición de un ambiente organizacional y social típico del gótico.
-¿Hablas de su problema “básico de inseguridad”, Aníbal?-. -¿Que quieres decir con esto?
-Repito, lo que dice Don Miguel, que en el fondo el problema es la inseguridad que los períodos de transición generan en las sociedades. Y cuando se habla de inseguridad nos referimos al temor a desaparecer individual y colectivamente, es decir, tanto inseguridad material como espiritual y moral. Que nos hayamos en un período de gran inseguridad material, espiritual, moral y ética, creo que es algo que no podemos discutir Isabel.
-Entonces, Aníbal, esa herencia del autoritarismo, de la intolerancia, del militarismo, del maniqueísmo, de la caza de herejes, de lo maravilloso, de la idolatría y de lo cortesano, si no se modifica o rechaza en forma conciente, ¿puede seguir presentándose en nuestra sociedad de diferentes maneras?
-Exactamente Isabel-, respondió Aníbal, y puntualizó: -Nunca se había visto una época de mayor autoritarismo en las organizaciones de salud, a tal punto que se han convertido, digámoslo así, en verdaderos monasterios. Hasta se ha llegado a decir cínicamente que algunas de estas organizaciones hospitalarias van de la mano de Dios, para justificar todas sus persecuciones y arbitrariedades.
-Y lo grave Aníbal es que lo que acabas de decir es cierto-, dijo Isabel y agregó: -A mi me enseñaron eso, en el convento cuando fui monja. Esa concepción descendente y piramidal de la autoridad viene de la traducción que, por orden del Papa Gregorio, hizo San Jerónimo de la Biblia Vulgata, del griego a un latín autoritario del imperio romano en decadencia en esta época-.
-Por lo mismo fue la concepción de la autoridad que sirvió a los reyes, a los papas y a la iglesia desde la edad media-, concluyó Isabel y agregó: -Además, fíjate que tiene que ver con la nomenclatura administrativa aún vigente, como se puede ver en todos aquellos casos que se denominan con el prefijo súper. Superior general, concejo superior, junta superior y con la dicotomía arriba/abajo, que se traduce en la administración con los términos superior y subordinado.
-Claro Isabel, eso que tú dices también es cierto, pero perdóname y te aclaro algo muy importante mujer-, la miró riendo con condescendencia y dijo:
-Pero no es ésta la época, mujer, para seguir defendiendo este tipo de autoridad descendente, de arriba abajo, cuando desde Tomás de Aquino se comenzó a aceptar un concepto de la autoridad ascendente, vale decir, una autoridad que venía de abajo, del mismo pueblo y que, entre otras cosas, fue la que la mayoría de los estados modernos adoptó a través de la democracia representativa. Ahora bien, persistir con este tipo de autoridad en las instituciones que producen servicios públicos como la salud es un anacronismo, ya que es seguir aplicando un tipo de autoridad que desconoce algo que por estas épocas se ha aceptado en muchas partes del mundo, como es que los únicos dueños de los servicios de salud son los usuarios. Lo que nos tiene que llevar a la participación de los usuarios y trabajadores en la administración de los servicios de salud-. Y continuó:
-Pero, al contrario, lo que hemos visto es que se ha reforzado la organización bicéfalo que en el gótico representó la lucha entre el Papa y los Reyes, entre el poder espiritual y el poder temporal.
-¿Y cuál sería el poder espiritual y cuál el temporal, Aníbal?-, preguntó Isabel mucho más animada, porque no podía negar que el tema le encantaba.
-Sin duda alguna, el poder espiritual en todo el sistema de seguridad social es la nueva religión de la medicina tecnocientífica, la cual, por primera vez en la historia, le ha dado su espaldarazo a una reforma de los servicios de salud, religión por fuera de la cual no hay salvación-; y agregó: -Y el poder temporal, está claro que quienes lo detentan son aquellos que manejan el presupuesto de las organizaciones, los estados financieros y lo que ahora llaman la “conectividad”, que antes se llamaba “tráfico de influencias”, y que se utiliza para muchas cosas como la corrupción y, lógicamente, para mantener su salario muy por encima de sus subalternos que son quienes realmente trabajan y producen los resultados-.
-Pero, hay mucho más atraso aún-, continuó Aníbal. –Miremos, por ejemplo, el recurso a lo maravilloso, que está ahí, más fuerte que nunca, en la conciencia de los modernos contemporáneos y mucho más debido a la gran explosión de la cultura de la imagen y de la tecnología-. Y levantando las manos con ademán de gran bombo y platillo, dijo:
-Hay que aceptar que en la actual sociedad del espectáculo, montada sobre el desarrollo de los medios y la publicidad, hay un recurso muy grande a lo maravilloso-. Y agregó:
-¿Cuál puede ser el sentimiento y la posición del común de la gente ante los espectáculos que ciertas tecnologías permiten montar y que los medios, irresponsablemente, presentan a la población como lo último en desarrollo científico?- Y continuó con mucha seriedad: -Sin lugar a dudas, existe un sentimiento muy profundo, parecido a lo que en el gótico se llamó la “sublime histeria” frente a los maravillosos milagros que la tecnología moderna permiten montar, pero que para la gran mayoría de la gente no tiene una explicación clara y simplemente se reciben como producto maravilloso de una época chévere-.
Eso es lo maravilloso, confiar en algo que nosotros mismos, tal vez, podemos explicarnos a un cierto nivel instrumental pero que no llegamos a comprender en sus interrelaciones con el conjunto de la sociedad,y del universo, sin un recurso a la fe y, en este caso, a la fe en una nueva religión: eso que llaman ahora medicina científica y tecnotrónica-. Y enfatizó con ironía: -Pero a esta nueva religión también le tiene que llegar, como en el gótico le llegó al cristianismo, su Francisco de Asís que la saque de los monasterios modernos y la lleve a la calle, a la fábrica, a la escuela y al hogar en donde están los hombres y los problemas diarios del vivir y del morir, que no necesitan de monasterios para su solución integral. Porque la religión de la ciencia y la tecnología es también un negocio perverso en los términos de los costos, de los riesgos que produce y de la inseguridad que contribuye a crear en todo el mundo. Porque sería ingenuo pensar que la tecnología moderna ha hecho del mundo un lugar menos riesgoso y más seguro.
-De ninguna manera-, dijo Isabel, -a cada momento vemos las consecuencias nefastas sobre la salud, de un desarrollo tecnológico no controlado. En ésta forma, la ciencia actual, se convierte en la religión obligatoria y quien disienta se convierte en un nuevo hereje-.
-Y ese nuevo hereje-, señalo Aníbal con cierta tristeza, será tratado como en la edad media, con los recursos más autoritarios, crueles y antidemocráticos para hacerlo desaparecer. La desaparición está a la orden del día y usted, Isabel, lo sabe y la ha sufrido ya muchas veces-.
-La desaparición física, de la que no hay que dar mayores explicaciones, y la desaparición social, laboral, moral y espiritual, mucho más perversas, que se realizan todos los días, en silencio, sin que muchos se den cuenta, al amparo de legislaciones laborales absolutistas, retrógradas y represivas, aplicadas también al sistema de salud-. Y continuó:
-De lo anterior son testigos de excepción, en primer lugar, los miles de trabajadores de las organizaciones de salud que han perdido su trabajo a causa de la intolerancia y el autoritarismo que imperan en la actualidad en estas instituciones. Se puede afirmar que en todas ellas imperan verdaderos “votos” de silencio que le impiden hablar a mucha gente y expresar su inconformidad o sus opiniones libremente. Y eso sin hablar de los “votos” que hay que hacer para ser más eficientes en la utilización de su propio tiempo-.
-¿Por qué lo dices, Aníbal?
-Porque en las profesiones que tienen que ver con la atención médica, basadas en la interacción entre dos seres humanos, no es posible renunciar a ser el dueño de su tiempo de trabajo. Quien entrega a otro su tiempo de trabajo en términos de productividad por hora de tiempo profesional, se convierte en un muerto en vida-. Y señaló con mucha ironía:
¿Cómo puede ayudar a otro un muerto en vida, Isabel?
-Explícame esto, Aníbal, que ahora sí me va a matar el desconsuelo.
-Por la sencilla razón, Isabel, de que el tiempo cronológico es el fundamento del desarrollo de la vida humana en términos de diacronía, es decir, del proceso que lleva al ser humano del nacimiento a su realización y finalmente a la muerte. Y la pérdida de la autonomía en el manejo del tiempo del médico y de la enfermera lleva necesariamente a la realización de un trabajo meramente mecánico y alienante-. Y se explicó: -Un verdadero peso muerto y, como decían los griegos, una medicina de esclavos y para esclavos.
-Eso es cierto-, respondió Isabel. Y agregó con una sonrisa de satisfacción: -Esta brutalidad, este autoritarismo se ha vuelto el común denominador en casi todas las instituciones de salud, haciendo que el trabajo se vuelva una terrible coacción y un chantaje, limitando la libertad para tomar decisiones y ejercer el arte de la atención, que es precisamente el aspecto lúdico del trabajo. Porque todo trabajo tiene que tener un aspecto lúdico, que produzca felicidad y realización, y este aspecto lúdico en la atención del paciente tiene que ser la creatividad y la pincelada personal y, para esto, se necesita tiempo.
-Y hasta han llegado a dictar normas sobre la forma como deben vestirse los trabajadores de la salud, en busca de proteger la moral organizacional-, dijo Isabel.
-Poco ha faltado para que los hayan obligado a vestir “hábitos” como los usados en los monasterios durante el gótico de la edad media-. Ahora bien, continuó Aníbal:
-Pero también debe hablarse de los pacientes de la medicina desaparecidos silenciosamente. ¿A quién le informan adecuadamente sobre los beneficios y riesgos que corre al dejarse aplicar la tecnología de punta moderna? ¿A quién verdaderamente le permiten elegir con verdadero conocimiento de los beneficios esperados y de los riesgos que corre? ¿Cómo se evalúa la calidad de la atención prestada, con base en los protocolos dados por los mismos interesados en mantener bajos los costos de la atención? Ese tipo de actuación, casi siempre autoritaria, cruel y antidemocrática, resulta en esencia en una desaparición del “otro”.
-¿En la muerte, Aníbal?, repuso Isabel.
-No necesariamente. Con el término desaparición se expresan muchas cosas, la principal el ignorar al otro. A ti te desaparecen cuando no te dan la oportunidad de hablar o cuando hablas y no te escuchan-. Respondió Aníbal y agregó: -De otro lado, ya la medicina no habla, como lo puede comprobar cualquiera que haya asistido en los últimos tiempos a una consulta médica, y se debe fundamentalmente a que no tiene nada que decir. Es increíble pero cierta esta triste paradoja. Pero en el momento en que la medicina más se enorgullece de sus adelantos tecnológicos, no tiene absolutamente nada que decir al paciente, a no ser hablarle en su propia e incomprensible jerga tecnológica. Imagínate que hasta le están enseñando medicina a los sardinos con robots, cuando lo que debe desarrollar un médico es su capacidad para hablar con otro, su habilidad para interactuar con el paciente.
-¿ Te imaginas un cura o un psicólogo hablando con un robot?, respondió Isabel, muerta de la risa, y agregó: -¡También creen que los santos sudan!
Aníbal continuó: -Sí. Es que al abandonar el pensamiento complejo, que desde su nacimiento siempre le había acompañado, para abrazar el pensamiento tecnológico, la medicina se ha quedado sin un lenguaje y, al quedarse sin un lenguaje propio, se ha quedado sin un concepto claro de su finalidad y su propósito como un simple apéndice del desarrollo tecnológico y por este camino se ha quedado también sin interlocutor, es decir sin paciente. De nuevo el paciente ha sido violentamente desaparecido de la escena de la atención. Pero hay algo mas grave-, enfatizó Aníbal:
-Y es el concepto de la competitividad en el que se han metido todas las organizaciones de salud, extendido además a todas las actividades de la vida diaria. Una educación fundada en la competitividad es una paradoja de las mayores y más preocupantes. Y en el caso del Sistema de Seguridad Social en Salud, es todavía más aberrante cuando, desde hace varios años, lo mismos gringos dejaron muy en claro que a los servicios de salud les hace daño la competencia salvaje y que lo más recomendable es una mezcla de competitividad y coordinación. Mientras el país entero sigue azotado en medio de una violencia ya crónica y se hacen llamados a la convivencia y a la paz, al joven se le educa en la religión de la competitividad, la cual ha dejado de ser un concepto económico para convertirse en el concepto ético que anima a las organizaciones, la educación y la sociedad como un todo. Tenemos que ser todos, desde el individuo hasta las organizaciones y los países, más competitivos que los otros, se dice.
-¿Y los otros, quiénes son?, preguntó Isabel.
-Todos, al fin y al cabo, siempre seremos el otro de nuestro prójimo o, como dice el existencialismo, “el infierno son los otros”-, respondió Aníbal, y continuó: -La aceptación de la competitividad en todos los campos de la vida social es una verdadera declaración de guerra a muerte de todos contra todos. Si queremos sobrevivir en esta guerra laboral, tecnológica, industrial y comercial, tenemos que competir. Y de la guerra así concebida como confrontación económica de todos contra todos, se pasa a la exclusión individual de un individuo por los otros o de un grupo social por sus oponentes-.
-Pero ésto-, repuso Isabel, ya completamente animada con el tema, -es terriblemente violento puesto que se fundamenta en la ley del más fuerte y éste siempre será el más rico, el más poderoso, no por lo que sabe sino por los hilos que manipula, y también el más astuto, el más sagaz y mentiroso, el más atracador, el mejor armado, el más grande, el que habla más duro-.
-Pero las consecuencias no son sólo esas. Esta competitividad se convierte fácilmente en consumismo.
-¿Por qué?
-Porque debo competir, además, con los otros para tener lo último en ropa, lo último en apartamento, lo último en equipos de todo tipo, en celulares, en videos, en internet, lo último en autos y lo último en cuerpo, de acuerdo a la moda y, en general, en todos los cacharros que se ofrezcan en el comercio mundial, porque si no los tengo, pierdo imagen y pierdo capacidad para competir-.
-Eso es muy claro cuando se trabaja en comunidades más o menos cerradas en donde uno puede hacerle el seguimiento a sus compañeros de trabajo-. Y agregó soltando la risa que ella dejaba para las cosas que le parecían ridículas, una mueca de la boca acompañada de una mirada indiferente y graciosa. -Sí y hasta la cirugía estética, se convierte en un instrumento para competir con el prójimo o con la prójima-. Y terminó con una carcajada que hasta el mismo Aníbal, extrañó en ella.
-Así el cuerpo-, dijo Aníbal, se reivindica como un “artefacto técnico” y la medicina como un instrumento, objeto de consumo, y el vacío del alma se vuelve aún más total, pues la sociedad se precipita en la trivialidad más absoluta.
-¿Cómo así que en la trivialidad, Aníbal?
-Claro, Isabel, en la muerte del alma y todo lo que esto significa para una profesión como la medicina. Y esto tiene que ser violento-, añadió Aníbal. -Al fin y al cabo, las filosofías orientales dicen que la mayor de las violencias es la de desear. Porque quién no tenga el dinero para comprarse lo que la publicidad ha convertido en su “objeto de deseo” necesario para competir, va a sufrir mucho y va hacer lo que tenga que hacer para conseguirlo, desde el ridículo hasta la corrupción en todas sus formas-.
-Entonces, todo esto-, dijo Isabel, -necesariamente tiene que terminar en los dos fenómenos tan extendidos y tan hipócritamente combatidos en la actualidad: la violencia y la corrupción-.
-Y todo esto funda también la importancia de las apariencias y del relumbrón de escaparate, de la mentira y de la intriga burocrática-, respondió Aníbal, quien aseguró, además:
-Todo el mundo tiene que aparentar lo que no es para competir, para asustar al otro, para amedrentar, para que el otro crea que es más poderoso que él. Algo que se ve en todos los niveles, desde el individual y organizacional hasta en el de los estados-. Y, para terminar, puntualizó:
-¿Ves Isabel, cómo sí hay muchas campos en donde se podrían mejorar los servicios de salud, si fuera el momento para hacerlo?
-Claro, Aníbal. Me alegró mucho verte, ahora debo irme a trabajar al monasterio, como tú lo llamas.
-Pero ahora caigo en la cuenta. Tú nunca me contaste que habías sido monja, Isabel-.
-Exacto, Aníbal. Pero colgué los hábitos porque no me aguantaba ciertas cosas que pasaban en el convento y ahora, con el actual sistema de seguridad social en salud, ya no me queda para colgar sino el uniforme de enfermera y volverme a poner el hábito porque, viéndolo bien, las monjas eran más sabias, Aníbal. Y no te rías, ¡Hablamos y gracias!
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