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A la memoria del doctor Luis Alfonso Navarro Ferrer

Por doctor Mario Botero Betancourt
Profesor Titular de Cirugía
Facultad de Medicina U. de A.

La noticia llega escueta, pero verdadera. El doctor Luis Alfonso Navarro Ferrer falleció en un estúpido accidente de tránsito, por esas paradojas de la vida de una patología que siempre manejó con éxito, una fractura abierta de fémur con complicaciones vasculares.

Los recuerdos y las lágrimas se mezclan con la tristeza. Son 48 años de trajín juntos –toda nuestra vida médica-, desde que nos conocimos una fría mañana de febrero de 1956, en el anfiteatro de Anatomía de la Facultad de Medicina del Alma Máter, para iniciar con otros 150 compañeros nuestros estudios médicos.

Las lágrimas inundan los ojos y el alma, a la mente vienen los recuerdos. Por aquellos tiempos los estudios médicos en la Universidad eran un verdadero “coladero”; la sola anatomía, tres libros gigantescos de Testut Latarjet que había que memorizar, era una barrera casi infranqueable para las aspiraciones de muchachos llenos de ilusiones, con miedo a los “muertos” y sin saber exactamente lo que queríamos. Al final de seis años y medio, en 1962, nos graduamos 34 compañeros, “de milagro”. Uno de ellos fue Fonso, como cariñosamente le decíamos, quien terminó con suficiencia y altas calificaciones académicas.

A nuestro grupo, los graduados en el 62, nos tocó el cambio de la docencia de la escuela francesa a la americana; nuestros primeros tres años de básica “francesa” y los últimos cuatro “gringos”. En esa confusión de escuelas, de términos, de cambios de conceptos y, en medio de esa crisis de conocimientos, el grupo estudiantil se compactó y, desde entonces, ha permanecido unido. Fue Luis Alfonso uno de sus líderes hasta el día de su muerte.

En la última reunión de compañeros, cuando proyectábamos el mosaico de grado y hacíamos el recuento de los que se nos han adelantado, con la conocida charla de que la ventanilla está cerca porque la fila se mueve muy rápido, al que veíamos más lejano era a Fonso, por su excelente estado físico, por su ejercicio profesional tan exitoso y por su dedicación en la búsqueda de la paz.

Recuerdo su aspecto, alto, blanco, desgarbado, de ojos claros, “cacheticolorado”, sonrisa permanente, mirada de niño bueno, mi amigo de toda la vida, compañero de residencia en el Hospital Universitario San Vicente de Paúl; también recuerdo los turnos en policlínica cuando recibíamos la asesoría de los profesores por teléfono (si se encontraban); los residentes de las diferentes especialidades nos ayudábamos para resolver los problemas desconocidos e inventábamos tratamientos y técnicas quirúrgicas. Profesor universitario, lúcido y preciso en la enseñanza, especial en la motivación a los estudiantes, cirujano delicado, de destreza manual y conocimientos permanentemente actualizados, bondadoso con los pacientes, soñador indeleble.

Luego de realizar su año rural en Segovia y su especialización en Ortopedia y Traumatología, Fonso viajó al exterior, Uruguay, Argentina, Chile, Estados Unidos, y se especializó en Cirugía de la mano. Fue fundador de la Clínica de Fracturas de Medellín, institución que revolucionó la atención de los pacientes de ortopedia en la ciudad y el país.

Golpeado por la violencia de nuestro país, integra los grupos civiles forjadores de paz, escribe en periódicos y revistas sus propuestas de armonía, su sueño era la Aldea Interactiva para la Convivencia Pacífica, monumental proyecto que recordará las muertes violentas en el país. Su muerte de regreso de un encuentro de paz, que recordaba el asesinato del doctor Gilberto Echeverri Mejía y el señor Gobernador Guillermo Gaviria Correa, colocó las bases para que el monumento a la paz se haga realidad.

Para Fonso nada era difícil, él todo lo simplificaba, era un soñador creativo, siempre andaba lleno de proyectos. Era un cirujano dedicado, certero en sus diagnósticos, claro y preciso en sus intervenciones y poseedor de una cualidad personal que rodea a escasos cirujanos: sin saberse por qué, siempre obtenía excelentes resultados en las intervenciones y muy pocas complicaciones.

Despedimos con dolor a nuestro querido colega e inolvidable amigo, ortopedista mío y de mi familia que, en este paso por la vida, hemos sufrido de múltiples fracturas, no sólo corporales sino también del alma, como esta que nos ocasiona su desaparición. Para Norckzia, su esposa, y sus hijos David, Ana María y Andrés, seguro les queda el consuelo de haber compartido la vida con un ser excepcional, con alguien fuera de serie, de esas personas que no volverán y que nos dejan a todos un recuerdo imborrable.

Paz en la tumba del doctor Luis Alfonso Navarro Ferrer. Sigue soñando, soñador.

 
 
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