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Perfiles

Violeta Parra

Por Mario Escobar Velásquez
Periodista y Literato
Profesor Taller de Escritores de Asmedas Antioquia

“El amor es un orgasmo entre dos lágrimas”.
Patricio Manns.

“Amor, que llegaste riendo.
Amor, que te vas llorando”.
De una canción.

Cuando el amor le llegó con sus alegrías y le encendió todas las lámparas interiores y ella destellaba, Violeta Parra escribió una de las canciones más bellas que pueda recordar quien esto escribe. En ella le daba gracias a la vida por todos sus dones: por el corazón que sabía amar, por el entendimiento que le hacía saber lo distantes que están el bueno y el malo, por el alfabeto y el habla que le permitían saber de lo anterior a la propia vida, por los pies cansados que la llevaron por montañas y desiertos, por la capacidad de comprender la grandeza del cerebro humano que ha creado la ciencia y que ella agradecía, y por la risa y el llanto que le permitían distinguir la dicha del quebranto. Agradecía tempranamente el llanto inconocido, que después cubriría de maldiciones.

Es una canción exultante. No lo son así todas las demás suyas. Su país, Chile, se ha distinguido desde hace mucho tiempo por una acentuada y a menudo violenta, despiadada, sangrante lucha de clases económicas, un obrerismo agresivo y una clase económica dominante de iguales disposiciones. Violeta estuvo siempre de parte de los menos favorecidos y sus canciones así lo expresaban sin tapujos. Por eso no era bienquista por lo explotadores. Escribió versos y los cantó luego de las condiciones mínimas de vida de los mineros de dos yacimientos: Chuqui y Santa Clara. En otra canción memorable invoca las figuras recias de los indios araucanos que lucharon contra los españoles, y así llama a Caupolicán y a Arauco, sus ancestros, para que ahora vuelvan a la misma lucha contra la explotación. Los indios lo hicieron contra los españoles ladrones que los conquistaron.

Es sabido que el amor se agota, como los filones. En algunas parejas el desamor llega primero a uno de los dos, y con ello hace la desgracia de la otra. Eso le ocurrió a Violeta, que llevó la parte peor. El amor que le llegó entre cánticos y flores y mieles se fue, dejando la desventura y el negror y los acíbares. La sensibilidad de la poeta no pudo soportarlos y en alguna tarde intentó el suicidio como único remedio para el mal que le era inseparable y que la ardía. Consiguieron reparar el intento y restaurarle los males amorosos. Pero su decisión de morir era firme como un acantilado de basalto, y tomando las precauciones debidas para no ser metida de nuevo en los dolores del alma consumó el suicidio.

Pero antes había escrito el poema-canción de las maldiciones: maldijo del alto cielo, y del fuego del horno familiar, y de las cordilleras de la patria, y de obispos y de predicandos, maldijo luna y paisaje, los valles y los desiertos. Todo lo maldijo, incluso al vocablo “amor, con toda su porquería”. Y justificaba el maldecir con el estribillo de que qué tan grande sería su dolor que le distorsionaba lo que antes bendijo. El desamor que se sufre cambia la antigua visión. Y todo por culpa de un traicionero que al irse con el amor dejó el llanto y la pesadumbre y los funerales que se avecinaban.

Violeta dejó, con letra y música, algo más de sesenta canciones, algunas fuera de serie por su hermosura, todas con un estilo muy propio. La suya fue una entrega a su arte. Lo tomaba como debe tomarse: toda dedicación para él. No entendía las cosas a medias, y por eso amaba u odiaba en los extremos.

Pero cuando el artista pasa queda su obra: es lo de siempre, gracias a Dios. Su obra, para contentamiento y admiración del alma de los que siguen con vida: eso es lo que hacemos con las canciones de Violeta Parra, y por ellas le damos gracias a ella y a la vida.

 

 

 
 
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