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El Invisible

Por Luis Ernesto Pérez O.
Médico Jubilado
Miembro del Taller de Escritores
Asmedas Antioquia

 
Se amistó con la noche. En muchas noches los pensamientos revoloteaban por su insomnio, como los zancudos por sus oídos. Molestos, invencibles, de pertinacia vencedora. Era amigo de la noche desde cuando los cristales transparentaron las luces de las luciérnagas en su ventana y las chicharras lamían sus alas para música de su desvelo. El encanto de la noche era esa inmensa negrura que hacía todo invisible, interminable y silencioso. Solo la luna, cuando desnuda de nubes, inmodesta y curiosa, penetraba su luz hasta la piel descubierta del insomne.

La palidez de su luz le impregnó hasta las fibras interiores. Pero amaba las noches sin luna. El encanto del viento frío sobre su piel, las gotas del rocío naciendo en su ventana, insectos chocando suicidas, gatos encelados en furiosos conciertos de cópulas sin fin. En las noches nada se veía hacia afuera. Por su ventana, los techos quietos, los árboles dormidos, los murciélagos revoloteando augurios cercanos. Las noches morían cuando el sueño apagaba sus ojos y los monólogos no decían más. En las noches sólo se veía hacia adentro.

De tanto amar a la noche, de tanto dibujar su desnudez en las sombras, su piel se tiñó de la transparencia de los cristales y aprendió a caminar viendo sin ser visto, pasar sin apercibirlo nadie, rozando apenas sus codos en la multitud. A veces, alguien preguntaba:

-¿Quién me tocó que sentí como una energía que saliera de mí?

Él lo sabía. Sin embargo, no entendía el asombro de los demás puesto que él estaba allí, presencia encarnada, voz callada, transparencia en sus ojos.

De joven, anhelaba saber las notas del pentagrama y golpearlas contra las teclas del armonio, viejo armatoste en su salón de clase, que en las noches, lloraba silencioso penas antiguas como canciones de ánimas. Sus compañeros mayores daban notas cálidas en sus clases. Él sería uno más el año entrante, con remifasoles en su garganta, con dedos ligeros sobre imaginadas teclas. Narices aplastadas sobre los vidrios de las aulas, de la capilla, del oratorio para ver a los cantores del coro, de polifonías de primavera. Las nubes de la noche, los fríos de lunas solitarias cobijaban sus ilusiones.

Llegó el año entrante como un cántico mañanero, pero las clases de solfeo las trasladaron para otros cursos. Nadie le dijo un por qué. Nadie vio sus dedos maltrechos ni las notas destempladas en tonos menores de las cuerdas de su corazón.

Le preguntó a la noche. Había lunas de blanco intenso que no respondían. La luna sólo tenía para darle su palidez y la noche su negrura para vestirlo. En alguna noche, traslúcida su piel, le pareció verse sus entrañas, y quiso tomarse el corazón con sus manos para preguntarle si su palpitar era sincero.

-¿Por qué cuando yo soñaba con robarle la música a mis dedos, tú te agitabas? Y, ¿por qué cuando el sueño se deshace tú destemplas tus cuerdas, sin agitarte?

En el fondo azul oscuro de la noche, resonaban dos notas fúnebres: lub-dub repetidas con respuestas que nada le decían.

Oía de su padre las promesas, las bienaventuranzas de los que se comportan tras los cánones y pulía sus vestidos, adornaba sus palabras, moderaba sus ímpetus. Su hermano menor incumplía mandatos, no eran con él las asepsias, las órdenes, las reglas. Tampoco los premios. Eran, confiaba en ello, para los hombres de la disciplina. La tan anhelada bicicleta verde y de brillantes radios en sus ruedas tenía el nombre de su hermano en la tarjeta que el fantasma del reno que venía del frío traía a los niños buenos del mundo, para que siguieran siéndolo en el año entrante. Para él, en la caja que decía su nombre, una cobija para sus noches insomnes. Volvía a la noche, de donde había venido. Noches de paz, noches de amor, con estrellas guiando a los magos de oriente y oriónidas en las manos de los ángeles, mientras en las suyas, las chispas, los volcanes, los truenos, la pólvora de Diciembre.

En Enero, los vientos venían del norte levantando las cometas, numerosas, con su viveza de colores, largas colas escribiendo avisos desde lo alto, infantes que sonreían a los cielos y desafiaban a las nubes. La suya, la más colorida. Penacho en su cola con refuerzos de tela, resonadores en su frente, brazos fuertes para sus hilos. Se fue con mensajes a la tarde y al sol y al viento. Alegre, con movimientos gráciles, veloz, lejana, agotó el cordel y serenó su figura en presencia del arrebol. Allí bordeó a las luces de la noche que venía detrás del ocaso. Éolo celoso infló sus cachetes y con furia lanzó a la invasora más allá de la vista, hasta donde una nube la volvió un punto negro insignificante. De nuevo, manos vacías, ojos lluviosos, transparencia de su palidez recordándole su sino fatal. En esta vez, nadie vio la desaparición de su joya voladora y se alejó desolado, con los restos del hilo enredándosele en el alma.

La noche translució el infinito de estrellas fugaces y de nubecitas desveladas. Los ululares de los búhos daban su concierto nocturno. Los zancudos serenateaban en los oídos. La luna no vino a vestir de transparencia a su piel.

Cuando lo alumbraron los albores de los cristales de su ventana, palpó su desnudez de laguna. No veía nada de sí. Su aliento frío penetraba a su interior y solo escuchaba el lub-dub negando una respuesta. Sintió la liviandad de sus pasos. Sobre el piso sus huellas húmedas. En el espejo como un celofán que se movía. Oyó una voz que le decía desde allá:

-Es un buen día para los hombres como tú, cuyo aire llena sus pulmones y el día colma sus esperanzas...

Vio moverse el celofán y comprendió que su figura no se reflejaba y que hoy era él mismo quien no veía su palidez transparente, la nada metida en sus vísceras.

-¡Debo estar alucinando!

Y con voces de refunfuño, tomó los hilos de la rutina. Su madre lo besó en la frente y cubrió su frío, lo bendijo y lo vio partir.

Las calles soleadas. Sus pasos sin sombras. Su frente sin sudor. Los transeúntes rozándolo al pasar. Maldijo cuando tropezó con un tronco en el suelo. Algunas risas se burlaron lejos. Aún sentía la liviandad de sus pasos. No había esperanza. Hoy no se veía a sí mismo y quería vivirlo como si fuera un juego. No lo podía creer y así era, sin embargo.

Una anciana al frente de la puerta de una casa insistía en alcanzar el timbre, colocado en la parte alta, lejos de su alcance. Al acercarse, él responde a su ruego y suena repetido el timbre y, pensando en que era un buen momento para el humor, le dice a la mujer:

-Y, ¿ahora qué? - ¿Corremos para que no nos tiren agua?

Ella, inmediata, responde:

-¡Esté tranquilo que a usted no lo ve nadie!

 

 
 
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