Escalofrío
Por Luis Alberto Cruz V. 
(Finalista en el concurso de cuento Humberto Chávez Villa, segunda versión año 2003. Realizado por la Universidad Autónoma Latinoamericana).
En una mañana fría y pintada de niebla, en la sala de espera, cabizbajo y enmudecido, esperaba Antonio a que se abriera la puerta del consultorio para poder dar rienda suelta a su problemática que de niño se aferró como rémora y que, con el correr del tiempo y la ayuda de la gente, le fue imposible superar.
-Antonio Zuluaga Toro-, fue llamado al consultorio.
Como una saeta y hablando incoherencias, se sentó acompañado de su hermana frente a mi escritorio; su aspecto inspiraba tristeza. Se trataba de una leyenda de hombre: retraído, de rostro oligofrénico y de un vestir escaso; desorientado en tiempo y espacio, aunque a veces por su discurso daba la impresión de estar cuerdo.
-Sí, yo lo maté…sí, yo lo maté … castañeteaba entre dientes. La policía y su hijo Ernesto, el cual es abogado, me perdonaron y a los pocos días salí de la cárcel.
Estaba impresionado por la escena que este personaje trataba de narrarme. No comprendía nada. De repente, mi pensamiento fue interrumpido … Sí, yo lo maté … por salvar mi honor, que de niño mis padres me enseñaron.
-Duré dos días en el tejado con los trofeos, hasta que la policía me bajó.
Mi hermano y yo, interrumpió ella, nacimos en las laderas de Enciso. Mis padres, aunque pobres e ignorantes, nos enseñaron principios morales. Nos llevaron a la escuela María Cano y allí hicimos la primaria. Pero un día pasó lo que nosotros no esperábamos: Mi padre murió.
Desde entonces, trabajo en el servicio doméstico y Antonio dio rienda suelta a su adolescencia y las calles de Medellín fueron mudas testigos de sus ires y venires.
Como paria atravesaba las calles de la ciudad, reclamando comida y amor. Yo, en el atardecer, oteaba a través de la ventana de mi casa una sombra de mendigo en movimiento, cargado de ilusiones y con la esperanza transformada en corceles de fuego. Era él: sucio, atristado, lleno de hambre y de frío.
-¿Qué trajiste?
-Nada. En este pueblo no hay gente generosa ni empleo ni comida. Sabe … hermanita … lo único que hay es vicio. Pero esté tranquila que yo no me voy a torcer, se lo juro por mi viejo que está en el cielo.
Antonio siguió narrando su historia con voz temblorosa. Les contaré su aventura, cruda, sin alterar los hechos:
Pero un día, cinco cuadras abajo, conoció al jurista Mario Posada Botero, hombre ilustre e importante de la ciudad, que vivía en un barrio suntuoso. Su casa era bella y grande con sala, comedor varias piezas y un gran solar con árboles frutales. Sobresalía el mango por su follaje y su color verde esperanza pero, a partir de ese fatídico día en que Antonio se trepó, como tratando de amansar una bestia y de imprimir con espolazos el néctar rojo de los trofeos de Don Mario para saltar más tarde al tejado, el arbusto se tornó apenado, taciturno; y, cuando solía aparecer un torbellino, berreaba como un niño desamparado. De un momento a otro se secó, sus hojas cayeron al suelo como caen los ideales en el ocaso. Pareciera que el fantasma de Don Mario hubiera abrazado el mango con sus largos brazos y devorado su savia. La parentela estaba formada por su esposa Doña Petra, su pequeña Osiris, y Ernesto que, con su tesón, perseguía las huellas del jurisconsulto. Parecía que todo fuera color de rosa al interior de esta familia, pero nuestro letrado de turno era un beodo desde la vida universitaria. Culminó su vida profesional alcoholizado y muy pronto terminó solo en su aposento. Pasaba semanas enteras sin salir de su cuarto. Osiris era la encargada de colocarle las viandas en todos los días a un lado de la puerta. Salía cada mes a cobrar su pensión. Su aspecto daba lástima, parecía un mendicante, despedía a su paso en el sudor y en el aliento un olor a alcohol.
Antonio había llegado a esta familia por casualidad y Don Mario, en un principio, lo utilizó para lavar su carro. Luego, para menesteres sencillos. El hombrecito no era normal, de comportamiento lunático, unas veces atristado y otras eufórico.
Doña Petra nunca estuvo de acuerdo con la presencia de Antonio en su casa y con su andar muy repicado volteaba su cabeza y le gritaba a Don Mario: “No abras demasiado las puertas de tu casa, no sea que por ellas entre la miseria”.
A palabras necias, oídos sordos –respondía el borracho.
El tiempo fue testigo de cómo esta pareja en ese pequeño aposento realizó múltiples jaranas, mezclando licor con milongas y tangos. Su pieza, sitio de reunión, era todo un caos, libros sueltos por doquier, herramientas, entre ellas el martillo y las tijeras para uso en el jardín, botellas de licor vacías y un olor nauseabundo, mezcla de meados y alcohol.
Nadie entendió por qué el mal trato para Antonio de parte de Don Mario.
-No sirves para nada, huevón. Cuando haces las cosas, las haces a medias y todo te sale mal. ¡Maldito, sarasa!- repostaba Don Mario.
A pesar del mal trato, la relación entre estas dos criaturas incomprendidas se estabilizó y fueron muchos los años de convivencia. La salud de los dos empeoraba, Don Mario se tornaba inquieto, perdía la memoria por tiempos, atristado, su andar era como la luz de u a vela, todo trémulo y sus ojos marchitos y tristes reflejaban muchas noches de insomnio. Antonio, de su parte, se volvió violento, con ideas delirantes y alucinaciones. Su afecto era plano.
Una tarde en medio de la melopea, Don Mario convirtió el cuerpo de Antonio en una jaca y montado sobre éste se contorneaba hacia delante y hacia atrás como tratando de amansarlo y convertirlo en un palafrén. La escena se repitió durante muchos años y terminaba con jadeo moribundo.
¡Cómo duele ser enfermo mental! ¡Cómo duele la sodomía! ¡Cómo duele que el más fuerte se aproveche del inhábil! Se recriminaba a sí mismo Antonio frente al psiquiatra.
El comportamiento de Antonio cambió. No volvió a salir de la casa. Muy callado y pasivo. Pensativo. Con alteración en el sueño. No volvió a casa de Don Mario a hacer los menesteres. No dormía, decía cosas raras. Caminaba todo el día. Tomaba muchas pastillas. Oía voces. Lloraba. Corría por la casa. En medio de su delirio, llamaba a gritos a su progenitor.
-¡Aquí estoy, hijo!
Era un hombre enjuto, frío y con un halo glacial. Platicaron largo rato. Le recriminaba su comportamiento social y sexual. Antonio se lo agradeció y se comprometió que su vida iba a cambiar.
Cuando la tarde caía, decidieron dar un paseo por el centro de la ciudad y, sin querer, al pasar por la casa de Don Mario, éste lo saludó y le dijo:
-Antonio, ¿cómo estás? ¿Qué te habías hecho? Te invito a un trago y a un juego de cartas.
Doña Petra, que caminaba parsimoniosa y engreída como gallo de cortijo, replicó: “No te juntes con pecadores”.
Antonio lo agradeció y con su cabeza asintió.
Era domingo y la noche se aproximaba, hacía frío, afuera empezaba a arreciar la lluvia y un fuerte viento como endemoniado mecía los árboles frutales y un frío helado calaba los huesos de esta infernal pareja.
Antonio alzó la mirada a la ventana y vio cómo caían gotas de lluvia sobre los vidrios. Quiso levantarse a cerrarla, pero el fuerte viento le ahorró la acción. Con un brindis y un acetato de 45, cuyo registro decía: “Mi Buenos Aires querido”, se dio comienzo a una infernal jarana.
Carta va…carta viene. Codo que se alza…codo que se baja. Se brindó por la vida, por las mujeres, por las flores y, por supuesto, por ese amor que existía entre los dos.
En medio de la curda, bailaron y cantaron, y hasta lloraron por lo malo y por lo bueno que la vida les había deparado. La noche se adentraba y era más oscura, un silencio tenebroso los envolvía, llovía a borbotones. Centelleos de luces, acompañados de diferentes tonalidades, engalanaban la fiesta y, de pronto, fuertes ruidos de truenos amedrentaban sus cuerpos.
De repente, todo quedó a oscuras, en silencio. La luz eléctrica se había cortado.
-Mario, ¿hay velas?- Dijo Antonio.
-Sí, sí, como en la segunda gaveta del armario.
-¿Y fósforos?
-Tranquilo muchacho, búscalos en mi faltriquera.
A la luz de la vela continuaron la juerga, tarareando porros y cumbias, sus cuerpos abrazados se proyectaban como sombras fantasmales sobre las paredes del recinto, advirtiendo que lo próximo era fatalidad.
Mario inició su faena, deslizó sus manos sobre la nuca, para luego llevarlas a los glúteos de Antonio.
-HP…no me toque, respete por favor, le dijo Antonio.
Como una bestia se abalanzó contra Antonio y se formó la reyerta. Puño va…puño viene. Cada golpe que hacía blanco en la humanidad de éstos beodos despertaba gemidos. Se abrazaban, formando un nudo humano, y sus rodillas se elevaban para terminar en la boca del estómago. Se caían, parecía que no pudieran levantarse, sin embargo, sacaban ánimo de donde no lo tenían y la riña continuaba. En derredor, todo era un caos, botellas vacías, agua por el suelo y sillas desparramadas. Antonio, en el desespero, corrió a una esquina y su padre le dijo: “Toma este martillo, acábalo, haz valer tus principios”.
Antonio no lo creía, en medio de la borrachera, tomó el martillo, lo guardó en el bolsillo de su pantalón. De pronto, recibió un puño en su cara, el mundo se acabó, creía perder el conocimiento, instante que aprovechó Mario para cabalgar sobre Antonio. Sus brazos y piernas perdieron fuerzas, convertido en un muñeco de trapo, se daba ya por vencido y, cuando iba a ser penetrado, descargó el martillo: una, dos, tres, n…veces sobre la testa de Don Mario. Luego abrió su cráneo, extrajo sus sesos y los colocó en la mesa de centro. Tomó las tijeras del jardín y, con su andar trémulo, ojos desorbitados, faz de maníaco, le amputó sus genitales.
Era la estocada final de su faena. Muy erguido, empuñando los trofeos, inició su Paseíllo fúnebre. Se los brindaba al cielo. Cuando estuvo seguro de que el cuerpo de Don Mario estaba inánime, danzaba alegre y en forma macabra sobre él. Tuvo el valor y el impulso animal de llevar sus brazos y entrecruzarlos en el pecho, de cerrar sus piernas y rociar alcohol sobre su oquedad. Luego procedió a colocarle cuatro veladoras en los extremos, abrió la puerta que daba al interior de la casa, como un fantasma en medio de la oscuridad se desplazó por el corredor al solar y como ardilla endemoniada se trepó al mango, luego saltó al tejado exhibiendo en sus manos los trofeos.
Osiris, en esa noche, no pudo conciliar el sueño, oía ruidos, el viento silbaba y llevaba mensajes fatídicos. Osiris se sentó en la cama y oía los sollozos de su padre. No tuvo el valor de salir de su cuarto. Al amanecer, cuando mermó la lluvia, salió de su cuarto, se dirigió al de su mamá y le contó que había pasado una noche de miedo, que su padre la llamaba y que lo había sentido llorar.
-No te preocupes, hija, que borracho que se respete, llora y jura que no vuelve a beber. –Ripostó Doña Petra.
Al día siguiente, en el atardecer, la muchedumbre llegaba a casa de Doña Petra. El Inspector, acompañado del Secretario y la Policía, hizo abrir la habitación de Don Mario. De inmediato, un escalofrío, acompañado de olor sulfuroso y a carne manida, contaminó el ambiente.
La gente en la calle se divertía pues en el tejado un loco danzaba alegremente empuñando en sus manos los trofeos de una faena macabra.

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Nostalgia, bonanza, historia y plegaria (III)
Por: Bernardo Ochoa A.
22 de diciembre de 2003
Historia (Moderna)
Y cuando el agua podrida
nos llega a la misma nuca
y amenaza con ahogarnos
en posición tan maluca,
surge de nuevo el gordito
del norte, que sin ambages,
con arrogancia y sin pena,
se proclama como el dueño
de la democracia buena
y dice que es su deber
imponerla en tierra ajena.
Y para hacerlo a su amaño
invita a sus rodillones
y fabrica coaliciones
y organiza como antaño
las viejas nuevas cruzadas,
que ya no tienen espadas
sino sus fieros cañones.
Y bombardea sin tregua
y destruye las naciones.
Y pegadito a la letra
de los derechos humanos,
bombardea los hospitales,
y viejos, niños y ancianos.
¡¿Cuál cultura milenaria?!!
Qué museos, cuál biblioteca
ni yerbas de esa calaña
que en “la bolsa” no se ven.
Todo aquello es terrorismo.
Qué hospitales ni que niños,
qué viejas boquifruncidas
reclamando tiro a tiro
libertades prometidas.
Al Diablo con esas vainas!!!
Vamos a lo convenido.
Y llegaron y mataron
y no contaron por yertos
del otro lado los muertos
pues su labor era otra:
acabar con el tirano
que en antes habían armado
y le habían encomendado
acabar con el Irán.
Pero ahora el tal mugroso,
sin mirar al qué dirán,
niega las puercas migajas
del oro negro en el pozo.
Y para adobar el cuento,
se inventan lo de las armas
de la destrucción masiva
sobre las cuales juraban
el Blair, el Bush y el Aznar
que el Sadam tenia a montones.
Y en llegándose la hora
resultó todo mentira,
pero eso qué importa ahora,
la prensa se manipula,
y la verdad se aniquila.
Ahora nos sale el Bush,
con que esos pueblos sufridos
son tan malagradecidos,
que han resuelto echarles tacos
y tumbarles los aviones
que siembran la democracia
con tremendas explosiones.
Pero que no se preocupen
dice el Bush a sus muchachos
que les enviaré el Virrey:
una demócrata sin tachos
elegido libremente
por la coalición de fachos.
Plegaria
En esta Navidad Santa
Oh Niñito Dios del alma,
Oh Santa Madre María
Acordate de este pueblo
del norte que es tan sufrido
y mandá este presidente
a cuidar todos sus cachos
en compañía de sus fachos,
a ese Texas caliente
y dale otro chancecito
a un demócrata decente.
Protégenos de las garras
de quien se tomo en tu nombre
el gran imperio del norte,
e invocándote a traición,
masacra la población
y destruye de la historia
sus más preciados tesoros,
que en su elocuente silencio
contaban el nacimiento
de la misma humanidad.
Y completa el genocidio,
desconociendo a ultranza
la Corte Internacional,
y dañando el medio ambiente,
y sembrando aquellas minas
de corte antipersonal.
Y pedimos con amor
a la Gran Madre María
y al bueno de San José
a quienes hoy recordamos
con tanto agrado y cariño,
que en compañía de su Niño
nos hagan el gran favor
de mandar los rodillones
que rezan en Bush confío,
a calentarse en el horno
que alimentan con el crudo
Cheney y sus conmilitones.
Y a la Colombia buen Niño
mírala con compasión,
líbrala de los políticos
corruptos y sin vergüenza,
y de aquellos empresarios
y de los profesionales
que no cuidan del país,
simplemente siendo justos
con eso de los salarios,
la salud, la educación,
de quienes dependen de ellos
casi todos proletarios.
Y a guerrillos y paracos
y a los violentos de todas
las pelambres conocidas,
dales arrepentimiento,
y que vuelvan al redil,
a mejorar entre todos
de Colombia su perfil.
Y permite que esta vez
la mano negra escondida
no les arranque la vida
como lo hizo la otra vez
que jugaron la partida.
Amén.
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