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Mujer y Médica

1954-2004
50 años del voto femenino. Los retos actuales

 

Por Martha Lucía Correa E.
Secretaría de la Muejer, Asmedas Antioquia

Indiscutiblemente, la recuperación del derecho al voto por parte de las mujeres hace 50 años, representa un paso trascendental en la historia de la lucha por la ciudadanía plena de ellas.

“Recuperación” porque tanto en las sociedades primitivas estudiadas por Lewis H. Morgan como en la antigua Grecia vista por el historiador Marco Terencio Varrón, el derecho al voto lo ostentaban en igualdad de condiciones tanto hombres como mujeres y solamente se pierde para ellas con la iniciación de la dominación patriarcal en Grecia hace 5.000 años y en América con la invasión europea.

La primera etapa de los esfuerzos sufragistas se remonta en Colombia al extraordinario hecho de la aprobación -tal vez la primera en el mundo- del voto “sin distinción de sexo” por los constituyentes de la Provincia de Vélez en 1853 (antes que Suecia en 1866 y antes que el estado de Wyoming en 1869).

A partir de entonces, sólo en 1930 se da una lucha organizada a nivel nacional encabezada por mujeres antioqueñas como Susana Olózoga de Cabo, María Rojas Tejada y María Eastman y por Ofelia Uribe de Acosta desde Boyacá y Santander, obteniéndose en 1945 la ciudadanía pero sin derecho al voto. Más tarde, en 1954, durante el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, obtenemos finalmente el derecho al voto; en este período se destaca la labor de Esmeralda Arboleda de Uribe y Josefina Valencia y la lucha de las organizaciones de trabajadoras y maestras de Antioquia.

Con la caída del General Rojas el 10 de mayo de 1957, se plantea un nuevo reto, que el bipartidismo en el poder ratificara lo aprobado. En este punto cumple un papel destacado la Asociación de Mujeres Profesionales de Antioquia con Rosita Turizo a la cabeza, quienes obtuvieron el 16 de julio de 1957, en la ciudad de Medellín, el compromiso de Alberto Lleras Camargo y Guillermo León Valencia de incluir la ratificación de los derechos políticos de las mujeres en el plebiscito que se realizaría para la reforma constitucional.

El domingo primero de diciembre de 1957, las mujeres colombianas llegaron por primera vez a las urnas y votaron el plebiscito que creó el Frente Nacional, logrando así finalmente ejercer nuestro derecho al voto.

En la etapa actual se plantea un nuevo reto. Hasta ahora las mujeres hemos ejercido el derecho al voto, pero no aún la ciudadanía plena; continuamos siendo discriminadas en la participación, en la deliberación y, especialmente, en la toma de decisiones. Podemos votar en forma igualitaria y democrática pero no somos elegidas ni decidimos en forma igualitaria y representativa.

Las mujeres nos hemos apropiado en forma individual de este derecho, pero aún no lo hemos asumido como colectivo. No hemos logrado trascender de lo particular a lo general, de lo reivindicativo a lo político. No hemos logrado superar como colectivo la seguridad, la autoestima y valorarnos como capaces de construir un mundo mejor.

Si bien es cierto que algunas mujeres se han destacado en forma individual en el campo de lo público y lo privado, es bien claro que el accionar de las mujeres en su conjunto sigue estando encaminado a apoyar y a perpetuar al patriarcado dominante en todas las esferas del poder. No nos hemos apropiado como colectividad de la inmensa posibilidad que nos brinda ese derecho al voto, de acceder al poder, para transformar desde una visión femenina las actuales estructuras sociales patriarcales que nos sumergen cada vez con mayor fuerza en una espiral de violencia, desigualdad y miseria.

Lo cierto, aunque parezca doloroso, es que en estos 50 años de voto femenino sólo hemos convalidado –en general- la politiquería, la corrupción y el clientelismo del patriarcado dominante. Seguimos las mujeres creyendo en sus discursos, falacias y maquinaciones, mientras desconfiamos de nosotras mismas, de nuestra capacidad organizativa; no hemos asumido como colectivo el poder regenerador de vida y de sociedad de la mujer, mientras tanto, la dirigencia femenina continúa luchando por reivindicaciones particulares o aisladas en grupúsculos de supervivencia más que en activas creadoras de la gran y única alianza política que pueda llevarnos, como sector discriminado que somos, a las puertas del poder.

Por supuesto, muchas de ustedes podrán preguntarse: ¿Y EL PODER PARA QUÉ?
El poder para participar en forma efectiva. El poder para incidir en la toma de decisiones. El poder para TRANSFORMAR en realidad el sempiterno sueño de las mujeres de un mundo más amoroso, es decir más humano, más solidario y en paz.

 

 
 
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