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Reminiscencias


Por Roberto López C.
Secretario Sociedad Antioqueña
de Historia de la Medicina

 
Después de muchos años quise volver al pequeño poblado, en donde transcurrieron los primeros años de mi niñez y de mi adolescencia, al lado de mi madre y de un par de viejos a quienes tuve por abuelos, sin que existiera ningún lazo de consanguinidad. Sólo su amor y sus delicadas manifestaciones de aprecio, me hicieron tenerlos como tales.

El verdor de las plataneras no es tan tupido y muchos claros se observan en medio de los cultivos, cuando trato de recorrer con la vista aquellos lugares que en otrora hube transitado en compañía del viejo “Lolo”, un hombre de raza negra, a quien conocimos mi familia y yo cuando nos hicimos sus vecinos.

Mientras viajo en el tren, que raudo recorre en medio de esa zona que antes fuera tan atractiva para el cultivo del banano, puedo observar poblaciones muy pequeñas, parcialmente abandonadas, cuyos ranchos sólo muestran sus paredes roídas por el tiempo y sus techumbres a punto de caer. Quizá en sus entrañas sólo guarden la nostalgia de haber albergado por un tiempo a una familia laboriosa y soñadora que, por la violencia inveterada, vio frustradas sus esperanzas.

La estación en donde descendí ya no es la misma que conociera en otros tiempos. Tiene visos de abandono y de tristeza, y en el rostro de sus habitantes se refleja el temor a los extraños. Soy uno de ellos. Se muestran esquivos y precavidos cuando me les acerco en busca de alguna información. Así han llegado los vándalos, queriendo descubrir a los supuestos informantes y sus posibles vínculos con las autoridades. Ya no se escucha el bullicio de otros días, cuando en domingo el pueblo se llenaba de campesinos que acudían en busca de víveres y artículos de labranza.

Con pesadumbre, recuerdo al abuelo, cuando en su potro zaino iba a recogerme a la estación. Una joven yegua, de color ceniza, casquiblanca, que él tiraba de la brida, le acompañaba. -¡Es para ti!– me decía, jovialmente, mostrando su blanca dentadura. –Es muy mansa y no tendrás dificultad en conducirla-.

Luego recorríamos el camino polvoriento que nos llevaba a su parcela, bajo un sol asfixiante que nos hacía sudar profusamente. Una pequeña cantimplora con agua fresca, asida a la cabeza de la silla, calmaba mi sed. De trecho en trecho, los robles frondosos, cargados de bellotas, nos protegían con sus sombras y amainaban el calor en nuestros cuerpos. Muy cercanos a la hacienda, el camino se convertía en un largo corredor, bordeado de acacias y tamarindos, cuyas exuberantes ramas se entrelazaban formando un techo protector, que apenas sí dejaba pasar la luz del sol.

Entonces, el galopar de los animales se convertía en un andar más lento y el abuelo y yo podíamos conversar amenamente. Él me hablaba de sus reses y de sus cultivos. También de alguna plaga que estuvo lacerando la platanera. Yo le hablaba de mis estudios y de los sueños que viajaban por mi mente, y él, muy comprensivo, me estimulaba para que yo siguiera elaborando mis fantasías juveniles.

Pero en ese día ya no estaba el abuelo. Había partido hacia otros mundos varios años atrás y hoy no tenía quién me llevara la yegua casquiblanca.

El calor era sofocante y caminé por la soleada plaza en busca de alguien que pudiera alquilarme un animal para llegar al sitio que tanto ansiaba volver a recorrer. En una esquina, un anciano ya octogenario, recostado en una mecedora, se protegía con la sombra de un almendro, cuyas ramas extendidas simulaban una gran sombrilla. Me le acerqué muy amigable. Un poco sordo, debí levantar el tono de mi voz para hacerme escuchar con claridad.

Le conté de mi pasado y de mi vida por esos lugares. Mencioné algunos personajes que él dijo haberlos conocido y, así, pude ganarme su confianza. Por sus gestiones, logré hallar un caballo que alquilé por unos pocos pesos y me llevó al lugar en donde antes existió la finca del abuelo y yo me divirtiera en mis vacaciones estudiantiles.

Todo era distinto. De la casa solariega sólo existen vestigios de paredes, enmohecidas por el tiempo y abrazadas por una verde enredadera, cuyas flores color malva apenas comienzan a brotar. Con nostalgia, recorro los restos de la casa, que ahora tiene un olor arcaico y recuerdos agradables de mi infancia y de mi adolescencia.

Por mi memoria cruzan las imágenes de ese par de viejos que yo tuviera por abuelos. Ella, zurciendo con cuidado las camisas ya gastadas, por el uso duradero bajo un sol canicular; él, picando la tierra resistente, haciéndola más dúctil a la labranza, mientras que gotas de sudor empapaban sus mejillas, ya surcadas por los años.

El riachuelo cercano a la vivienda no ha cambiado su curso. Ha disminuido su caudal, pero aún conserva el sonoro murmullo de las aguas descendiendo entre las rocas.

Evoco aquellas tardes, cuando, junto con mis hermanos, solía retozar alegremente saltando entre las peñas del arroyo y empapando nuestras ropas con las frescas aguas que bajaban de la montaña.

Las acacias, que tanto engalanaron el frente de la casa con sus manojos de flores amarillas y rojas, hoy se muestran desnudas y agotadas, como si presintieran su final cercano. En una de sus ramas, un nido en forma de mochila se balancea suavemente por efectos del viento que ahora sopla apacible. Dos menudas cabezas amarillas abren sus picos, con insistencia, clamando el alimento de la madre, que no demora en llegar para saciar sus apetitos. Es el único aliento de vida que persiste en la enjuta acacia. Donde antes la tierra se cubría de un césped muy verdoso, ahora luce agrietada, transpirando su calor sofocante.

Sentado en un viejo tronco, por mi memoria transitan recuerdos imborrables de mi infancia y de mi adolescencia. Entristecido, consciente de que el pasado no volverá, monto al caballo y retorno al poblado, por el viejo camino que tantas veces recorrí en compañía del anciano. Camino de la estación, me parece escuchar el sonar de los cascos del potro zaino, conduciendo al abuelo y marchando a mi lado. Debo tomar el tren de las cuatro.
Medellín, 29/04/04

 

 
 
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