A comienzos de los sesenta cuando yo cursaba, en el antiguo sistema educativo, el cuarto de bachillerato, apenas tenía algunas amigas, de las que podrían clasificarse entre las fáciles o numeritos como se les decía en aquel entonces. Sólo cuando estreché mi amistad con Hernán Lorenzo Rico, pude conocer ese medio a mis anchas, porque mi nuevo amigo, era el equivalente de un príncipe entre plebeyas. Este éxito no sólo se debía a su encanto o simpatía personal, que poseía de uno y otra, sino a un instrumento de gran atractivo en esa época: un poderoso Ford 56 Fairlane, rojo y blanco, de dos puertas sin parales y con exosto de doble salida. En el grupo del colegio regido por jesuitas, pocos tenían auto propio, por lo cual Hernán Lorenzo, quien no era propiamente un adonis, ni tampoco un notable estudiante, se destacaba por este poder adicional que le confería una aureola especial y más entre las amigas con las cuales se podían armar programas especiales. Solamente hasta un año más tarde, en mi familia compraron un Chevrolet Bel- Air, modelo 54, que me sirvió para los propósitos que aprendí, a partir de mi amistad con Hernán Lorenzo.
Con mi compañero en su poderoso Ford Fairlane recorrimos todos los suburbios de la ciudad, unas veces repasando sus numerosas amigas, que con uno o dos pitazos salían presurosas a los balcones, abrían las ventanas o venían corriendo y se apoyaban en la puerta del lado de Hernán Lorenzo, con sonrisas y suspiros. En otras ocasiones hacíamos nuevas amistades, producto de las ya conocidas, o utilizando el efecto del auto, en grupos de muchachas que caminaban por las calles de los barrios o que departían en las aceras y en las entradas de las casas y que saludándolas con simpatía y desenfado, devolvían sonrisas y se miraban entre sí, y al final siempre aceptaban alguna invitación para “dar una vuelta”. En esos años se utilizaba el apelativo de “gasolineras” con las muchachas que, más que por los conductores, se dejaban tentar por los autos.
Yo todavía no estaba acostumbrado a ese trato de excesiva confianza y tampoco con el uso de ciertos códigos particulares. Hernán Lorenzo se comportaba con todas como un amigo especial o como una suerte de novio, que tenía derechos para tomarles las manos por ratos prolongados, les daba besos fáciles incluso en la boca y a veces prodigaba caricias que nunca en mi vida me habían autorizado mis pocas amigas. El les decía sin vacilar todo tipo de giros cariñosos y aún de doble sentido, con los cuales las muchachas reían o emitían grititos emocionadas; o respondían en clave, sobre asuntos ya familiares para ellos: una salida anterior, una amiga común, una noche deliciosa…
Los paseos nocturnos en el Ford Fairlane tenían siempre un cierto orden: saludar a las amigas más especiales, pasar enfrente de las casas de otras -eran las que ya tenían novios o eran casadas- y, de acuerdo a ciertas señales, se podía saber si estaban ocupadas y finalmente ir donde alguna que tenía una amiga segura, para poder formar las dos parejas. Hernán Lorenzo, sin decirlo abiertamente, me hacía entender que la primera amiga era la suya, y la amiga de ésta, que no siempre él conocía, era la que me correspondía. Era un albur, porque así como resultaba ser una chica atractiva y simpática, podía también ser desagradable y pesada y, en esos casos, mi amigo era solidario y con gran habilidad cancelaba el programa y hacíamos una nueva ronda hasta quedar satisfechos.
Con las numeritos, a quienes en versión más actualizada se les llama grillas, se podía emplear ciertas conductas que con las mujeres corrientes no era posible. Cuando se montaban en el carro, sin apenas conocerlas, se les podía tomar la mano sin muchos preámbulos o poner la propia sobre sus piernas y, con seguridad, no existiría repulsa alguna. Era aceptable pasarles el brazo por encima de los hombros y estrecharlas ,y aunque podía existir alguna tensión y falta de confianza, se esperaba que ésa fuera la conducta previsible. El primer beso era rápido, sin necesidad de mediar palabra, pese a que al principio era sin deseos y con cierto desgano, pero si los labios eran jugosos y la mujer abría su boca y permitía un primer juego con la lengua y se empezaba a sentir el sabor, la función había comenzado. Era necesario superar este umbral, había que ser considerado, no apurarse demasiado pero tampoco quedarse como una estatua, y después de los primeros besos, era muy conveniente mostrar agrado o decir frases estimulantes como “que ricos son tus besos” o “si seguimos así, ojalá no pase el tiempo” y el efecto era casi que inmediato. La muchacha empezaba a sonreír, se podía apretar suavemente su mano o su hombro y era el momento para iniciar alguna charla insustancial, una broma suave que la hiciera reír con más intensidad o comenzar a definir un lugar para tomar algunas cervezas –con servicio en el carro- o en el mejor de los casos para bailar.
Después del nivel de los besos, era recomendable socializar la relación hasta el siguiente avance, cuando ya ambos memorizáramos los nombres y hubiéramos relatado mutuamente los aspectos formales de la identidad, salvo que se quisiera por anticipado ocultar la verdadera y hacer una especie de falsa relación para no ser reconocidos posteriormente, debido a imaginarios temores con la familia, la novia o las amigas de la misma posición social.
Aquí es necesario recalcar que estas relaciones se daban entre diferentes sectores sociales y, en esa época, esta diferencia no era un problema ideológico tan sensible, ni los grupos feministas tenían la influencia que ahora ejercen en nuestro medio; era una forma de machismo espontánea y aceptada por las mujeres, y los códigos se aprendían por medio de los ya iniciados o de nuestros compañeros y amigos un poco mayores. Era, para decirlo sin ambages, una forma de iniciación en la vida afectiva y sexual, de ciertos sectores masculinos, pero también de sectores femeninos –pese a que no se correspondían en la misma clase social-, tolerada en general, en la que cada cual sabía que tenía ciertos derechos y deberes, algunas opciones y también beneficios respectivos.
Los tres grupos de mujeres con las que, en aquellos años, un muchacho de clase media tenía alguna forma de relación diferente a la familiar, especialmente al final de la secundaria y al comienzo de la vida universitaria eran: primero, las amigas o novias de igual nivel social, de las cuales se esperaba, a largo plazo, que se escogiera la futura esposa. Luego, las numeritos, muchachas de barrios más populares, de colegios de menor categoría o que estudiaban secretariado u oficios técnicos, o simplemente las que se quedaban “en la casa”, que colaboraban con el inicio de las caricias, la sensualidad y los contactos sin amor, en los cuales las retribuciones, fuera de un cierto agrado mutuo, eran las invitaciones a salir por las noches, a bailar en grilles y discotecas más populares; los regalos de baratijas y perfumes en promoción; rara vez se llegaba a las relaciones sexuales o al enamoramiento, y en muy contadas ocasiones una relación de éstas terminaba en matrimonio. Ellas se casaban luego con los hombres de su condición social. Por último, estaban las prostitutas, con las cuales nuestra generación todavía tenía la verdadera iniciación sexual, casi siempre dramática y dolorosa o contaminada con enfermedades venéreas. Muy pocas veces se tenía acceso a una prostituta joven y bella, antigua numerito o que se había metido a esta vida a causa de un embarazo indeseado. En ciertos momentos podía existir una especie de enamoramiento, más bien un “encoñamiento” que podría ser una estupenda entrada a la vida sexual; o, por desgracia, a una contaminación venérea y a un gran sufrimiento a causa de los celos adolescentes, ya que la putica tierna y hermosa, tenía que seguir con su trabajo, mientras el varón soñaba despierto con que había encontrado la mujer más deliciosa de su vida.
La experiencia de la prostitución se volvía, no obstante, ineludible para casi cualquier joven, que tarde que temprano, con familiares, amigos o por sí mismo tenía que pasar por este trance, angustiante casi siempre, pero finalmente iniciático como un bautismo de sangre y microorganismos. Habitualmente, con licor y aletargamiento de la conciencia, con sensación de pecado y temor a la gonorrea. Era una pérdida brutal de la ignorancia mas no de la inocencia y otorgaba la sensación de ser portador de un heroísmo barato por haber mantenido dignamente una erección y recibir en premio alguna frase de cajón como “eres un gran polvo y lo que vas a llegar a ser”. Después de la experiencia era frecuente la autopromesa de nunca reincidir, hasta la siguiente farra en que, bajo los efectos del licor y el estímulo de un grupo de jóvenes hormonados, se volvía a lo que oscuramente había sido ya iniciado, en algún antro parecido y había dejado una huella de goce imborrable que siempre se anhelaba superar o un deseo inconfesado de toparse con la amante ideal.
En el estrato de las numeritos se encontraban mujeres que marcaron la vida sexual de muchos de los de mi generación y que luego se perdieron en una vida quizás anónima y mediocre. Quiero evocar aquí a Maria Nubia, número por excelencia y única en su género, herencia de mi amigo Hernán Lorenzo, quien, cuando me la presentó, ya llevaba varios meses visitándola.
Mi amigo me explicó: -Te voy a presentar una amiga muy especial, que no vas a olvidar fácilmente. No es de las que les gusta salir y tomarse unos tragos, ni tampoco bailar o trasnochar. Con ella todo se desarrolla en las escaleras de su casa, que quedan en el lugar más discreto y oscuro, y como ella ya tiene amaestrada a su mamá y a su hermanita, nadie los va a molestar. Si le gustas te puede enseñar lo que quieras, menos acostarse, porque lo que más valora es su virginidad, ya que quiere darse el gusto de llegar así al matrimonio cuando le toque y desea tener muchos hijos-. Todo esto lo recitó como en un sermón de una cruzada moral, entornando los ojos y con actitud de extraña seriedad…
