Perfiles
El pensador de Envigado
Por Mario Escobar V.
Periodista y Literato
Lo más a que aspiró desde siempre Fernando González fue a "estarse por ahí, pensando". Si úno se detiene a meditar en ese postulado, halla necesariamente que esa su aspiración fue la más justificada que pueda darse para enaltecer a la vida humana. El pensamiento, como la persistencia de la gota de agua que va perforando el basalto, acaba por dilucidar las múltiples caras del universo. A todas: a las de la ética. A las de la moral. A las de la física. A las de los astros. A las de los hombres. Y a esa que parece inalcanzable, la de la belleza.
Tal vez estas dos últimas, las de los hombres y la caras de la belleza, las más difíciles de esclarecer de todas las posibles, sáxeas representaciones del Dios que nos hizo. Difíciles porque se enmascaran, casi todas queriendo aparecer lo que anhelan y no son.
Lo que Fernando González quería exactamente era saber como sabe Dios, si es que llegaba a pensar correctamente. Tal vez ésta es una posibilidad que no debe descartarse, a la cual es posible aspirar. Mientras que más lejos y más profundamente se llegue a dilucidar en las cosas de los hombres y en las de la belleza más cerca ha de estarse, necesariamente, de Dios.
Los oficios de estudiante, y de abogado, y de periodista, y de cónsul, y más de abogado y de prestamista de dineros, que ejerció conspicuamente por turnos, le entrababan el deseo de pensar con holgura y profundidad y claridad que solamente ejercía en los ratos de descanso. Pero cuando se retiró de los negocios públicos ejerció el anhelado, el de pensar largamente, abstraído, lejano lo que lo rodeaba, metido en sí mismo más hondo que el caracol en su concha. Con los oficios públicos abandonó el traje obligado de paño oscuro, los zapatos brillantes como cuchillos de espadachín, la corbata engorrosa, la blanca camisa de pechera almidonada, y ejerció una gorra que le tapara el cráneo ya destapado de pelos, los zapatones de baqueta, la camisa informal y los pantalones arrugados, y el tercer pie de los más viejos, de lustrosa empuñadura. Bastoneaba por cualquier rumbo de los de su pueblo, ojos atentos a las cosas que discurren el suelo: palitos, hojas, hormigas, un papel servido. Y ojos atentos a las cosas hermosas que deambulaban: la cara digna de una anciana victoriosa, trabajada por las derrotas que le dio a los años y que los alargó, y la estampa de la muchacha que en los quince años parecía una copia de la Venus de Citeres y que iba entre la indecisión del paso y el vuelo. Todas esas hermosuras lo engolosinaban, y les buscaba los asuntos comunes: la belleza era una sola, pero nosotros la vemos fragmentada. Él trataba de unirla.
De vestido de cónsul me pareció siempre pequeño de estatura. Pero en el traje informal lo veía crecido. Seguramente, pensaba yo, los pensamientos lo enormizan, lo vuelven otro. Me parecía natural.
Por los años cincuenta, los automotores que unían a Medellín y a Envigado eran del tipo "escalera ", y no salía uno sino cada tres cuartos de hora, y con más de la mitad de los asientos vacíos. Los horarios de los dos coincidían, el suyo y el mío, y cuando yo iba a abordar el aparato buscaba sus enormes orejas rosadas y su cabeza que siempre me pareció de un cuerpo mayor. Si hallaba esas marcas le buscaba el arrimo, y las pláticas, y le aprendía en enormidad, porque en la parla no le sobraba ni una palabra, ni le faltaba, ni le disonaba ningún adjetivo. Sabía hablar tanto tan bien como escribía, y esa es una virtud de que muy pocos pueden hacer galas. Pero tampoco en la cara y en las manos le sobraba ni un gesto: tenía los suficientes, acordes con la parla. A más, algo broncíneo iba con él, algo de estatua o de busto, que hacía que úno le mirara de para arriba, así la cara la tuviera más baja que la propia. De la boca suya le oí, antes de leerlos en sus libros, muchos de sus conceptos.
Pero no es que fuera muy amigo de las parlas. Casi diría que úno lo obligaba a responder.
A poco de graduarse escandalizó a la nación entera fustigando a los poderosos. Le respondieron llamándolo impío, heteróclito, heterodoxo, usador de un lenguaje "de arriero". Cínico, dijo de él un presidente gafufo y de maneras de lord, que trajo desde Londres, y que ejercía en saraos y había ejercido en oficios de banquero. Fernando, con su lenguaje, parecía empeñado en demostrar que las palabras no son ni groseras ni pulidas, sino que definen. Ese modo suyo de decir las cosas es el correcto. Los circunloquios, los rodeos, los eufemismos, no son vigorosos y disfrazan y diluyen lo que se quiere expresar. Son usados por quienes carecen de vigor moral. Fernando señaló con ese "lenguaje de arriero" las hipocresías, las trapisondas, los manejos arteros. Los de presidentes y de ministros y los de la Compañía de Jesús, a la cual menospreciaba desde sus tiempos de estudiante en los colegios que regentaban los jesuítas. Hacía galas de un valor enorme para ser distinto de los obsecuentes, de los lame-nalgas. Para ser como quería ser, y nunca como las formalidades exigen. Decía que las palabras no eran groseras, pero que sí los manejos torvos. Que la honradez no consiste en hablar pulidamente y con gambitos, sino en no engañar, no robar, no ser hipócrita, no ocultar, no mentir. Que de nada vale predicar humildades y pobrezas y resignaciones, si es que no se las practica. Que esto es hipocresía, y que los hipócritas son despreciables. Y, además, que los goces de la carne no son pecaminosos sino naturales. El sexo, y sus dichas y desdichas, aparece de continuo en su obra literaria y filosófica.
Amó, o admiró, a un déspota que ejercía un gobierno fuerte, de imposición. Un tirano venezolano llamado Juan Vicente Gómez, que traidoramente le robó el poder a otro que igual lo había robado traidoramente, y que se perpetuó en el poder hasta que murió ejerciéndolo. Muchos no entendimos jamás esa admiración por el déspota. Él, el capitoste, le sacó de pila bautismal a uno de los hijos de Fernando, y éste escribió sobre él un libro que se titula "Mi Compadre". El libro no le gustó al calanchín del mandamás, un su ministro de gobierno, y tampoco al dictador, y no dejaron que se publicara en Venezuela, ni que, publicado en otra parte, entrara fronteras. Fernando tenía la virtud de no gustar con sus escritos a los poderosos, aunque en esta vez quería gustar.
En Europa ejerció el oficio de Cónsul de Colombia, y muchos de sus libros fueron escritos allá, o le dieron motivos para escribirlos acá. Como "El Remordimiento", que es quizá su obra mejor: algo que oscila continuamente entre novela y tratado de filosofía, y que destaca en el campo dúplice por una y otra de las maneras. Pero de ese oficio lo hizo destituir Benito Mussolini, el aciago dictador italiano que al involucrar a su país en la Segunda Guerra Mundial le sacrificó a miles de los hijos de la nación, acumulando quejas en la Cancillería Colombiana, porque González había escrito y publicado un libro, "El Hermafrodita Dormido", en el que trataba del dictador, y éste se sintió ofendido. Lo curioso es que Fernando González al escribir el libro había creído alabar al déspota, algunas de cuyas maneras de gobernar con mano dura admiraba el de Envigado. El esmirriado cabezón no tuvo fortuna con los dictadores, ni con los poderosos.
Por el año de l946 fue postulado para el Premio Nobel de Literatura por nadie menos que por Jean Paul Sartre, con quien comparte el modo de escribir novela y filosofía entremezcladas, y por Thornton Wilder, un escritor inglés. Pero como el Nobel de Literatura es también dúplice, y su cara peor es la política, y para ser otorgado requiere de la anuencia del gobierno del país natal del nominado, acá le negaron la anuencia, entre políticos y arzobispos.
Creyó y predicó que la perfección de las formas y de la gracia en los movimientos estaba en las jovenzuelas, y multitud de frases suyas admirativas acumulan mieles para decir de ellas. Tenía razón. Cuando una joven hermosa desfila va oscilando entre el paso y el vuelo, entre la catadura de la estatura bien tallada y la levedad de la mariposa.
Uno solo de sus libros, que es la recompilación de muchas de sus cartas, es todo un tratado de entereza moral, de rectitud, de valor social, de mostrar cómo úno puede ser úno mismo haciendo caso omiso de las sociedades fariseas. Pero es también un archipiélago de injurias ingeniosas. Se trata de "Cartas a Estanislao". A ese libro lo admira quien esto escribe, más que a todos los demás. Es un libro en donde el valor de Fernando González para decir las cosas con entereza y con exactitud, sin prolegómenos ni rodeos, sin temor a apilar sobre sí fardos de enemistades de los que usan el poder y suelen tomar venganzas innobles porque se les dijo la verdad.
Por los últimos años de su vida fue buscado por la admiración de los Nadaístas, unos rebeldes a ultranza que le oyeron las parlas al pensador y le contaron sus asuntos de insumisión. Fernando los acogió, y de nuevo escandalizó a una sociedad, por eso de la acogida, que ya estaba suficientemente escandalizada y escaldada por los insumisos, que a todo trance querían hacer saber de sí mismos, una mitad con obras y otra mitad con desplantes, muchos de ellos groseros y de acrecentado mal gusto.
Algunos años después de muerto, del osario respectivo la calavera que fue de Fernando González fue robada, no se sabe todavía por quién o quiénes, ni para qué. Muchos dijeron que había sido cosa de los Nadaístas, que querían hacerla reliquia. Otros que por alguno de esos que creen en la frenología, que es el estudio del carácter del sér humano, de su bondad o maldad, sus inclinaciones, virtudes, etc., por la forma misma del cráneo y por sus protuberancias. El cráneo del pensador, desde en vida, había sido calificado por uno de esos adictos a la ciencia dicha, como "perfecto".
Pasados otros años de su desaparición, reapareció tan misteriosamente como se había perdido: en Europa alguien lo entregó a la custodia y remisión a Colombia por la Iglesia Católica, que cumplió el cometido con rapidez y eficacia. El cráneo grande y perfecto fue unido a los otros huesos permanecidos, pero ahora su lugar de descanso eterno, aguardando el polvo a que han de llegar con los siglos, es desconocido salvo por la familia del pensador, que ahora es cauta, no sea que la dura experiencia se repita.
Parece cosa más de novela que de la vida real. La vida real inventa mejor que los novelistas, que la copiamos malamente.
La mejor enseñanza que Fernando González, El Pensador, dejó en sus tratados es, para quien escribe, más que de sus asuntos filosóficos que no alcanzaron a integrar doctrina, la de la entereza de que hay qué hacer gala. Cada quién debe ser él mismo, haciendo omisión de quienes quieren moldearlo, de las prédicas que van contra su conciencia. Para ser así, como él fue, se requiere de mucho valor. Fernando González lo tuvo por arrobas, y supo demostrarlo.
¡Loor a su memoria! 
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