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Terrorismo
 

Por Bernardo César Posada S.
Médico Internista

Bajo el reinado de Alejandro II de Rusia, aparecieron los nihilistas. Tomaron su nombre de una palabra creada por Iván Turgueniev en “Padres e Hijos”. Eran jóvenes influenciados por las ideas de occidente. Rechazaban valores conven-cionales de orden religioso, político, económico y social. Esta posición intelectual estaba a un paso del anarquismo, y con este se confundió en sus actuaciones. El principio fundamental del anarquismo es la abolición del Estado, de toda autoridad, con lo cual se suponía que el hombre alcanzaría la libertad.

El grupo de los Narodniki, “hombres del pueblo”, ya se alzaba en forma activa y violenta contra el orden establecido. El ataque armado contra la burocracia era el primer objetivo.

La violencia ha acompañado al hombre desde sus orígenes. Ha convivido con la compasión, el amor, la nobleza, el espíritu constructivo como conductas del ser humano a través de su historia.

Definir el terrorismo en relación con la violencia no es fácil. Desde el principio de la historia, estas dos mani-festaciones pudieron estar en el jefe que lanza a su tribu contra otra, por motivos de ambición, de odio o por sentimientos de superioridad. Y dentro de una guerra convencional abundan las oportunidades de practicar terrorismo contra la población civil, en acciones que desde el punto de vista militar no estén encaminadas a derrotar al enemigo y, aún así, las ha habido que por razones políticas o de venganza, provocan destruc-ciones masivas, indis-criminadas, genocidas y hecatombes. Recordemos a Rótterdam, Dresde, Leipzig, Hiroshima, Nagasaki.

De pronto pensamos que terrorismo es un término muy asociado con la vida moderna. En realidad, desde que el hombre dispone de medios muy superiores a los que existían hace 130 años, han aparecido manifestaciones de violencia encaminadas al asesinato de los jefes de Estado, de sus altos funcionarios, y finalmente, hasta de sus más humildes servidores.

El poder de las armas personales, su eficacia, de las bombas, de los cañones, se incrementó de manera aplastante.

A ideas anarquistas nihilistas se debió el asesinato de personajes como Alejandro II, zar de Rusia; de Sadi Carnot, presidente de Francia; de James Garfield y William McKinley, presidentes de Estados Unidos; de Elizabeth, emperatriz de Austria; de Humberto I, rey de Italia; de la pareja real Alejandro y Draga de Servia, al grave atentado contra el rey Alfonso XIII en el día de su boda; los asesinatos de Antonio Cánovas, José Canalejas, Eduardo Dato, primeros ministros de España. El polvorín de los Balcanes, fuente candente de violencia antes de la primera guerra mundial, ocasionado espe-cialmente por el fanatismo nacionalista, culminó con el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa en Sarajevo.

Los propios estados no han desdeñado el terrorismo. Lenin manifestó su aprobación a este, y Hittler y Stalin lo desarrollaron profusamente. En 1934 fue asesinado Alejandro I de Yugoeslavia a su llegada a Marsella. Pereció también por hacerle reci-bimiento de honor el ministro de relaciones exteriores de Francia Louis Barthou, y fue gravemente herido el general Georges, quien participó en la segunda guerra mundial contra la invasión nazi. Este fue un crimen programado por el gobierno italiano. La CIA también tiene un historial tormentoso, sangriento.

A los motivos políticos para la violencia y el terrorismo, no escapa ningún país del mundo. Apenas es necesario recordar a Pol-Pot en Cambodia. Las acciones armadas del IRA y de sus rivales han sido de gran resonancia. Todos estamos enterados de la historia terrorista de la ETA.

Las prácticas suicidas y terroristas del grupo de Ben Laden, del grupo Hamas, de los nacionalistas iraquíes, son pan de cada día. Han sido respuesta a la política de Israel y a la invasión gringa contra Afganistán e Irak.

Los fanatismos religiosos son causa de violencia contra grupos de población, por lo cual sufren los conciudadanos y los correligionarios, como ha ocurrido en países Islámicos. Otro ejemplo muy famoso de fanatismo católico contra hugonotes fue la matanza de la noche de San Bartolomé.

Colombia ha sido víctima de acciones terroristas, que a todos nos duelen. En el origen del terrorismo colombiano tienen mayor implicación los intereses económicos del narcotráfico y, mientras este no desaparezca, el terrorismo prevalecerá.

Las discordias políticas son negociables, pero las fuerzas enfrentadas en una guerra civil no se vencen sólo por la fuerza militar, sino por el agotamiento económico del enemigo. Madrid cayó cuando las reservas del oro español se esfumaron, y la potencia industrial de Cataluña pereció.

Si un grupo subversivo tiene recursos económicos inago-tables que provengan del consumo de drogas de los países ricos, no habrá motivación para rendirse. El narcotráfico, con su organi-zación llamada mafia, cuyos cerebros fueron sicilianos, prosperó ferazmente en los Estados Unidos durante el siglo XX. No importa que hayan desaparecido los grandes capos, que dejaron estela de muerte y corrupción. Mientras exista el consumo de heroína y cocaína por millones de personas, el floreciente negocio no cesará, con su odiosa consecuencia del tráfico de armas y destrucción.

Un ejército rebelde con finanzas pujantes no negociará, no se rendirá. Si el problema colombiano fuera exclusiva-mente nuestro, y no sustentado por la demanda mundial, desde hace muchos años estaríamos en paz.

 

 
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