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Perfiles
 

José Eustacio Rivera

Por Mario Escobar Velásquez
Periodista y Literato

José Eustacio Rivera, un huilense, logró la hazaña portentosa de meter dentro de 168 sonetos y una novela toda la extensa región de los Llanos Orientales de Colombia, que por el año de l.925 se llamaban Casanare. La guardó con toda la esplendorosa belleza de tierras apenas conocidas y casi sin colonización, con sus bosques, sus animales, sus ríos caudalosos, sus cielos profundos y azules, y con sus rudas gentes. Las letras nos cuentan de una región que hoy está totalmente transformada.

Los 168 sonetos, publicados originalmente en un libro titulado “Tierra de Promisión”, con un título muy acertado, aparecen para el lector de hoy reducidos a unos 60. El libro es inhallable a 80 años de su publicación. Los 60 sonetos que sí nos estremecen de perfección subsisten gracias a que Simón Latino los seleccionó y publicó en sus Cuadernillos de Poesía.

José Eustacio fue maestro de escuela, pero después se doctoró en abogacía e incursionó en la política. Murió muy tempranamente, a los escasos 39 años de vida.

Su novela, “La Vorágine”, está plena de poesía y es amorosa y violenta. Rivera, como muy pocos otros autores colombianos, practicó la poesía y la novela, ambas con acierto. Una particularidad que proviene de un espíritu muy rico. Ordinariamente se cuenta con una sola de las aptitudes.

En los sonetos dice de un río grávido, de un guadual que murmura, del caimán en la playa, de la selva inmensa, del indio, de la gentil calentana, de una nativa llamada Riguey, del tigre, de la resaca de los ríos, de la nutria, de una jauría de perros cazadores, de una mariposa, de una serpiente tranquila, del crepúsculo inmenso de los llanos, de un farallón, del cóndor, del ocaso de mágicas luces, de un águila perínclita, de la paloma torcaz, del arcano, del loro, de los potros atropellados por la pampa suelta, de la palmera, de la brisa, de un sordo escarabajo esmeraldino, de un cementerio campesino, de la golondrina que torna, de la cigarra cantadora, del silencio del llano.

Para que se vea la exactitud al par que la belleza de sus descripciones, se transcribe el soneto la Calentana:

“La gentil calentana, vibradora y sumisa,
de cabellos que huelen a florido arrayán,
cuando danza bambucos se entristece la risa
y se alegra el susurro de sus faldas de olán.
Es más clara que el agua, más sutil que la brisa;
el ensueño la llena de romántico afán,
y en los llanos inmensos, a la luz imprecisa,
tras las garzas viajeras sus miradas se van.
Siempre el sol la persigue, la sonroja y la besa;
con el alma del río educó su tristeza
al teñir los palmares el postrer arrebol.
¡Oh, daré mis caricias a su boca sonriente,
y los vivos rubores borrarán de su frente
esa pálida huella de los besos del sol!”.

Cuando úno piensa en lo que hubiera producido Rivera en la literatura, en sus años mayores, de más de lo producido, entristece de súbito como ante la pérdida de un tesoro portentoso: porque los años mayores suelen ser los mejormente muníficos al artista para entregar las bellezas de la literatura, en verso o en prosa. Eso, a pesar de saber valorar bien lo mucho que entregó. Pero la Muerte, esa osatura vendimiadora, bajó la segur y tronchó su vida joven.

Al revés de lo que acontece con el sonetario de “Tierra de Promisión”, que no ha tenido re-ediciones, “La Vorágine” las alcanzó profusas y rápidamente en toda la América Latina, tal vez porque es más fácil captar en una novela su maestría, dado que la obra entretiene. Los sonetos son más difíciles de apreciar en la plenitud de su belleza.

Hoy Rivera está olvidado de las gentes actuales, por lo que toca a sus versos. La novela sigue editándose y estudiándose en colegios de bachillerato y en universidades. Pero algunos, como el que escribe, beben todavía la belleza en esa fuente de sonetos soberbios, lamentando el no poder conocer la totalidad de los 168. Ese lamento que es como un hambre que no se puede saciar.


 
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