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Sobre mis antecedentes académicos

Reflexiones sobre el concepto de evolución (Parte I)

Por Alfredo De los Ríos De los Ríos
Médico Psiquiatra


Como muchos de los individuos de mi generación -terminé el bachillerato en 1965- el contacto con el término y más tardíamente con el concepto de evolución, se dio en la época de la secundaria, cuando estudiábamos en la materia llamada Ciencias, los aspectos elementales de la vida o los principios del reino animal que, si mal no recuerdo, luego se profundizaban un poco, cuando ya teníamos nociones de lo que eran las áreas de la Botánica y la Zoología.

En mi infancia y juventud estudié en un colegio de jesuitas, por lo que estoy casi seguro que, aunque el nombre de Darwin debió aparecer en algún momento del tercer o cuarto año del bachillerato antiguo, su teoría era considerada anti-cristiana y errónea porque negaba el creacionismo divino y, en el caso de los seres humanos, la implantación del alma inmortal en el momento de la fecundación. En estas materias recuerdo que tuvimos dos maestros en dos de las asignaturas que tenían que ver con las ciencias, especialmente esta parte de los temas biológicos.

El primero era un hombre mayor, sacerdote, muy ilustrado, que había estudiado en Francia y Alemania y, por tanto, manejaba con habilidad ambas lenguas, pero que en asuntos de doctrina católica era muy conservador y con facilidad utilizaba el término anatema, que al comienzo yo no entendía bien, pero luego comprendí como un equi-valente para decir que alguna idea o teoría era censurada por la iglesia. Cuando apareció el tema de que existían algunos científicos que aceptaban la teoría de la evolución de Darwin -¡horror!- porque dicho autor consideraba que la especie humana descendía de los micos y los gorilas (con seguridad el profesor no hacía una distinción muy exacta en las diferencias de las especies de simios), señalaba que la obra donde aparecían esas aseve-raciones, “El origen de las especies”, estaba en el Índice, que era, por decirlo así, la lista negra de todo aquello que la iglesia consideraba inmoral, herético o que atentaba contra el dogma cristiano. En esa misma época, en la clase de literatura, sabíamos que muchas novelas y obras literarias importantes como “Madame Bovary”, “El Amante de Lady Chatterley” y las del autor colombiano Vargas Vila, también estaban en esa terrible lista. En mi recuerdo pues, la primera obra de carácter científico que supe que estaba anatematizada por la Iglesia y en la funesta lista de los libros prohibidos, era la de Darwin. Y como estudiábamos en un colegio religioso y éramos cristianos fervientes, no podíamos de ninguna manera acceder a esas ideas peligrosas.

El segundo maestro era también un cura jesuita, pero más joven, y sólo llevaba poco tiempo en la docencia, que en esta orden religiosa es una etapa en la carrera sacerdotal después de un estricto período de formación académica y, por ello, estaba recién llegado de una especialización en teología y filosofía en la Universidad Gregoriana en Roma. En nuestro curso era el profesor encargado tanto de la asignatura de Filosofía, como del nivel de Ciencias más avanzado en aquel entonces, antes de llegar a la Física y la Química, que era donde se veía la anatomía y la fisiología humanas. Dicho sea de paso el interés y el agrado que tuve por la materia que nos introducía en el cuerpo humano, y no sé por qué recuerdo tan vivamente mi admiración por los procesos y mecanismos del aparato digestivo, los ácidos del estómago, la acción de la bilis y de las enzimas pancreáticas, los canales colédoco y cístico y la ampolla de Vater, todo eso y la exactitud y armonía como funcionaba, por lo menos en la teoría y en los esquemas, fue lo que prendió la llamita de interés por la Medicina, y nunca más dudé de que ése era mi destino; tal vez la otra pasión temprana era la filosofía, que en aquella época no parecía un atractivo camino profesional, y por eso tuve que dar un rodeo por la Psiquiatría; y sólo hasta ahora, en el comienzo de la declinación, cuando me acerco al campo de la Bioética, vuelvo a encontrarme con la Filosofía y con los mecanismos elementales de la vida.

Bueno, decía que este maestro más joven, que tenía ideas mucho más abiertas que el anterior, fue la fuente de dos ideas que abrieron nuevos senderos de inquietudes intelec-tuales, la una en el curso de filosofía: las ideas de Henri Bergson, especialmente su concepto sobre el origen de la vida y los elementos básicos de su obra mayor: “La Evolución creadora” (“L’ Evolution Creatrice”). Este cura que tenía una gran envergadura intelectual, recuerdo que había comentado que la obra del filósofo francés era el tema de su tesis de filosofía, ya que era un punto de conexión entre la filosofía católica, el mismo Bergson era católico, y los desarrollos de la ciencia, en particular los hallazgos de la biología moderna, vistos con una óptica que no quedaba atenazada al creacionismo tradicional, sino que, por acción del vitalismo bergsoniano, la vida era un desarrollo de la materia organizada, y esa energía especial, el élan vital, digámoslo así, era una interfase de la capacidad que provenía de la materia, y lo que podría ser en su origen, la consecuencia del acto creador de origen divino. Con otro compañero, que ahora es escritor y poeta prestigioso, y con el cual compartimos muchas de nuestras tempranas inquietudes por el conocimiento y por los libros, leímos también muchos apartes de otro texto magnífico de Bergson, quien era un filósofo que escribía con estilo literario y, por tanto, de lectura agradable, el volumen de “Materia y Memoria”, que nos introducía en las capacidades que la materia misma tenía para la producción de la conciencia.

Las discusiones que se generaron, promovidas por este maestro jesuita, en el segundo curso anotado, el de ciencias, nos llevaron a otra vertiente que, por lo menos para mí, fue de una importancia capital en mis intereses intelectuales durante algún tiempo y que duraron hasta bien adelantado en la carrera de Medicina. El maestro venía muy actualizado de las discusiones entre filosofía y ciencia en Europa, especialmente las que estaban conectadas con el pensamiento de la iglesia y de los mismos jesuitas. Hacía un tiempo había empezado a surgir la obra de un sabio jesuita, palenteólogo de formación, quien tenía trabajo de campo, por ejemplo en la China, en los hallazgos de los restos arqueológicos del que fue llamado el hombre de Pekín, y que había conmovido con su obra, una mezcla particular entre la ciencia, la teología y la poesía, a los pensadores y al público lector en Francia. Era Pierre Teilhard de Chardin, alguien de quien los mismos jesuitas hablaban en voz baja, porque la dirección de la Orden no quería que alguien, que para algunos era una especie de darwiniano y a la vez contaminado del marxismo, se mostrara como un valor intelectual de los jesuitas.

Por esa razón y sotto voce nuestro maestro nos confesó a mi compañero y a mí, que a él le parecía un pensador importante, pero que no podíamos hacer muy pública esa reco-mendación, porque en el seno de la compañía de Jesús en Colombia, existía la política de no hacerle promoción a ese personaje, que rayaba en la herejía. Sin embargo, a nosotros, mentes inquietas y audaces, inmediatamente nos abrió el interés, en especial a mí, porque a mi compañero le interesaba más la literatura, de conseguir algunas de esas polémicas obras y meterles el diente. Pese a que no era fácil conseguir sus libros, creo que fue en la Librería Continental donde obtuve su gran texto. “El Fenómeno Humano” de la editorial Taurus, recuerdo de tanto que lo acaricié y lo leí, que era traducido por un biólogo catalán: Claudio Tresmontant.

Teilhard poseía un estilo avasallador y este texto permitía tener una mirada global sobre la prodigiosa capacidad cósmica de ponerse en movimiento, por medio de los procesos de complejización crecientes, el autor le daba a la materia cierta capacidad de conciencia elemental, un cierto pansiquismo, no exento también de un hálito panteísta en el que actualmente reconozco la influencia del filósofo Spinoza, que permitía en organización creciente el ordenamiento de la materia que podría aparecer inanimada, y lograr luego la aparición y despliegue de la biosfera; fue la primera vez que leí esa denominación, y con el aumento de la complejidad, como fruto de esa potente energía ascendente (de hecho esos conceptos eran más fáciles de entender después de haber leído a Bergson) el surgimiento de la noosfera, el nivel por excelencia humano, de la conciencia y el conocimiento, que unido con todo el proceso cósmico llegaba a una portentosa síntesis final: el punto Omega, en el cual uno podía leer la aspiración escatológica y teleológica del final del proyecto divino, de la consolidación del cuerpo místico de Cristo y del final de los siglos.

Para una mente juvenil, de mediados de los años sesenta, en medio de una especie de secreto intelectual con su maestro de filosofía y biología, con ese estilo seductor y apocalíptico de un profeta mitad científico y mitad religioso, era encontrar la clave de muchas inquietudes del conocimiento. Por ejemplo, era lícito aceptar la evolución del cosmos y de la vida, pero permitida por Dios; era darle a la historia humana un proyecto trascendente; era ofrecerle a la ciencia (a la paleontología, a la arqueología, a la antropología, a la biología, a la historia, a la filosofía) el respaldo epistémico de que podían explorar los ancestros y que esto no se oponía a los proyectos divinos. Teilhard de Chardin era una especie de Darwin francés, católico, que no sacaba al ser humano de su contexto material y a la vez de criatura de la creación, y que facilitaba los puentes entre los hallazgos de la ciencia y los principios del catolicismo.

Por todo lo anterior, ahora entiendo de una forma más clara lo que escribe Jacques Monod, en el capítulo segundo (“Vitalismos y Animismos”), de su importante texto “El Azar y la Necesidad” (pp. 40-41): “La filosofía biológica de Teilhard de Chardin no merecería entretenernos, a no ser por el sorprendente éxito que ha encontrado hasta en los medios científicos. Éxito que da cuenta de la angustia, de la necesidad de renovar la alianza. Teilhard la renueva en efecto, sin rodeos. Su filosofía, como la de Bergson, está enteramente fundada sobre un postulado evolucionista inicial. Pero, contrariamente a Bergson, admite que la fuerza evolutiva opera en el universo entero, desde las partículas elementales a las galaxias: no hay materia “inerte” y, por lo tanto, ninguna distinción de esencia entre materia y vida. El deseo de presentar esta concepción como “científica” lleva a Teilhard a fundamentarla sobre una definición nueva de la energía”. Más adelante: “Aunque la lógica de Teilhard sea incierta y su estilo laborioso, algunos, incluso no aceptando enteramente su ideología, reconocen en ella una grandeza poética. Por mi parte estoy sorprendido por la falta de rigor y de austeridad intelectual de esta filosofía. Veo en ella, sobre todo, una sistemática complacencia en querer conciliar y transigir a cualquier precio”.

Aquí Monod plantea la condición que Teilhard representaba como renovador de la “alianza” animista, todo eso que se refería al pansiquismo de la materia y a esa especie de energía finalista, entre antropocéntrica y teocéntrica, que el evolucionismo moderno excluye abiertamente. En mi época, y para mi situación concreta, Teilhard era, por el contrario, algo totalmente novedoso y hasta peligroso. Monod señala cómo este autor tuvo eco incluso en los medios científicos. En las lecturas que hacíamos en aquellos años, en las cuales otros curas jesuitas que tenían que ver con la ciencia, especialmente en Francia: Henri de Lubac y Jean Danielou, o filósofos como Jean Rostand, quien también era biólogo y otros notables, que eran católicos, respaldaban las ideas de Teilhard...



 
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