El día que mataron a don Horacio, no hubo ningún signo premonitorio de la tragedia que ocurriría. Todo había empezado tan rutinariamente como siempre. A las 7 de la mañana, los alumnos formaron en grupos, como lo hacían habitualmente a esta hora, en el patio de la escuela. Don Gustavo, el profesor ogro, hizo cantar los himnos nacional y regional y luego la señorita Matilde rezó el padrenuestro y el avemaría acompañada por todos los alumnos. Nadie en la escuela notó la ausencia de Calonga en la formación del grupo del grado tercero.
Una hora después, todos nos encontrábamos en nuestros respectivos salones de clase; avanzada la jornada, yo ya me imaginaba la media mañana que, sin falta, me llevaban mis hermanas para el momento del descanso. Faltaban aproximadamente 10 minutos para que sonara la campana que daba inicio al recreo, cuando escuchamos los gritos desesperados de auxilio de don Horacio, los cuales provenían de la calle. Todos los alumnos de la escuela salimos rápidamente, en desorden, sin pedir permiso a nadie; yo vi que don Horacio corría en línea paralela a la carrilera del tren que estaba en la parte posterior de la vieja escuela, y detrás de él avanzaba un hombre mucho más joven y ágil; el profesor se veía intensamente pálido, tenía la mirada desorbitada y perdida, como mirando al más allá que seguramente ya sentía próximo.
De repente, don Horacio resbaló en el piso de carbón triturado que bordeaba la carrilera, al girar y quedar de cara al firmamento, la última imagen en sus ojos fue el resplandor del sol en el afilado cuchillo de su agresor. Éste lo hundió varias veces en el vientre protuberante de su víctima, hasta lograr que los intestinos quedaran expuestos al aire, luego buscó el pecho perforándolo también en varias ocasiones, haciendo que la sangre brotara por varios orificios de manera simultánea, de la misma manera que brota el agua en las fuentes de los parques. Don Horacio sintió como un punzón incandescente penetrando y saliendo repetidamente en su piel. También percibió cómo la vida se le escapaba a borbotones por cada uno de los orificios que abría el arma homicida.
El cadáver quedó tendido con la cara al sol y contiguo a la carrilera; era curioso que, a pesar de que el cuerpo y su vestido estaban completamente cubiertos de sangre, en el piso no se notaba ni una sola mancha pues el carbón triturado había absorbido hasta la última gota.
La tragedia se había gestado el día anterior: don Horacio era el profesor del tercer grado y a la vez dirigía la banda de guerra de la escuela localizada en el área semiurbana. Al finalizar la jornada, los alumnos que conformaban la agrupación, esperaban al director en el salón de ensayos. A los diez minutos, apareció el director con su sonrisa y jovialidad de siempre; llevaba la batuta en su mano derecha y la giraba con movimientos rápidos hacia delante; de repente, ésta salió disparada con tal fuerza que al golpear en la cabeza del alumno que se encontraba en primera línea de formación, brotó sangre en tal cantidad que empapó totalmente la cara y la camisa del niño. Para mala fortuna de don Horacio, su víctima involuntaria fue Calonga; se trataba del hijo menor del carnicero que trabajaba en la plaza principal del municipio quien, al ver llegar a Calonga en estas condiciones le interrogó por el causante de su estado; el muchacho respondió que había sido su profesor y al escuchar tal respuesta aquel montó en cólera y sin oír más explicaciones juró venganza.
Al día siguiente, el padre de Calonga madrugó a su negocio, buscó entre sus herramientas el cuchillo más largo y filoso, lo probó cortando diferentes carnes y finalmente volvió a afilarlo de manera intensa, casi perversa; terminado esto, envolvió el arma en un papel grueso de color café que le servía para empacar las carnes y la guardó dentro del pantalón en el borde externo del muslo derecho; de allí, el arma homicida no saldría sino para lograr su cometido. El enfurecido carnicero se dirigió a la escuela, y al llegar, hizo llamar a don Horacio a la puerta con el fin de quejarse por el maltrato que había sufrido Calonga. Sin embargo, cuando don Horacio salió ofreciendo la mano en señal de saludo, el visitante extrajo de súbito el filoso cuchillo de su pantalón; al verlo, don Horacio emprendió su última carrera que lo conduciría a morir a la orilla de la carrilera.
A las 11 de la de la mañana, como todos los días, el tren cargado de carbón, llegó hasta la estación; detrás de la locomotora de color negro, había una larga fila de vagones rebosantes del oscuro mineral en polvo que con el viento caía a cada lado del enrielado. Aunque en ese momento don Horacio tenía los ojos bien abiertos, no pudo apreciar la llegada de la máquina a la hora exacta; tampoco sintió el brillo deslumbrante del sol que caía casi perpendicular sobre sus pupilas; no vio las lágrimas que brotaron de los ojos azules de la señorita Matilde; no escuchó el pito característico y rítmico de la locomotora ni el chasquido de las ruedas metálicas al desplazarse sobre los rieles.
Aquel día, los niños de la escuela no jugamos a convertir las tapas metálicas de las gaseosas en afiladas láminas para partir frutas, lo cual hacíamos colocándolas sobre la carrilera al paso del tren; tampoco jugamos a escondernos entre los vagones y los vericuetos de la antigua estación. El día que mataron a don Horacio, no tuvimos recreo.
