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Perfiles

El "Barón" de la Tagua

Por Mario Escobar V.
Periodista y literato

 

Don Eusebio Campillo, a quien se puede llamar «El Barón» de la Tagua, dado que tuvo todas las excentricidades que han tenido en posterioridad los «Barones» de la droga, más parece sacado de alguna novela fantástica que de la vida real. Sin duda fue quien en Colombia disfrutó primero de riquezas a manos llenas, habidas de una manera fácil, riquezas increíbles, aladinescas, y a las que empleó aladinescamente, derrochando a manos llenas. La vida le amasaba riquezas, y él se encargaba de desamasarlas, pródigo como el que más.

Cuando los plásticos no habían sido todavía concretados en sus almireces y en sus retortas por los químicos, lo utilizado para hacer botones resistentes, y hebillas, y peinetas, era La Tagua. Se llama así a una palma y a sus frutos, muy propia de la región de Urabá, con sus aires húmedos y sus tierras anegadas por el entonces de 1928. Produce unos grandes carozos de una carne dura, maciza, de un lustre divino muy parecido al del marfil de que son la hechura los colmillos de elefantes y de morsas. Un color que entona bien con casi todo color de tela, y que, al ser lavada la prenda que los usaba, no la manchaba con óxidos. A la Tagua se la llamaba «marfil vegetal». Al producto terminado con sus carnes se le veía por años su inmutabilidad. Como el marfil proboscidio, tenía la rara belleza exótica de haber estado vivo y de perdurar sin cambios. La producción mundial de los carozos era de unas ocho mil toneladas al año, pero la demanda era de unas veinte mil. En esa forma el producto, escaso, único, sin reemplazo, era sumamente apetecido y el productor podía darse el lujo casi increíble de fijar los precios como a bien lo tuviera.

Uno de ellos fue don Eusebio Campillo. A él, que la solicitó debidamente, el gobierno nacional le concedió el beneficio de la explotación de la tagua en una inmensa región que estaba bañada por los ríos León, Guapá, Chigorodó y Carepa. Tan importante era la economía de la tagua para toda la región, que el concesionario podía impedir en su concesión todo cultivo que alguien quisiera intentar. Los concesionarios hacían respetar duramente las disposiciones que los favorecían. A tal punto que la recolección de la tagua llegó a interferir con la colonización de Urabá, en la cual andaban muy empeñadas las autoridades de Antioquia. La palma se extendía de tal modo irregular que era imposible establecer ningún cultivo mediano, o algún terreno de pastura, sin talarla. Más colonizadora la palma que los antioqueños, y eso sí es mucho decir. Porque nadie la había sembrado. Nativa, soltaba a sus carozos-semillas, y ellos con la humedad retoñaban calcando a la madre. En esa región de ríos inmensos, de inundaciones periódicas y monstruosas, la semilla era arrastrada y se desperdigaba, naciendo la palma al mero azar. Cada palma produciendo centenares de pepas.

Don Eusebio sacaba a Cartagena en una vez al año su cosecha. Fletaba barcos que llegaban a la desembocadura del río León. Se cargaban con las bolsas que canoas numerosas habían bajado desde donde el León recoge a las barrosas aguas del Guapá. Allá tenía su sede el Barón, y el cepo múltiple en donde purgaban sus penas los infractores: deudores insolutos de don Eusebio, algunos, porque éste, en sus dominios, como los barones feudales de antes, imponía a sus propias leyes, y tenía a sus propios policías cancerberos. Y aún algunos otros que, habiendo contraído nupcias, bendecidas o no por la iglesia, se habían opuesto al derecho del Barón a la pernada, es decir a que él durmiera con la novia la noche primera de las bodas y despetalara a la dormida flor de la entrepierna, si no habían sido despetalados ya. Pero de todos modos.... Los cepos, al sol y al agua, sin la piedad de un alero, permitían que el sol implacable tostara con sus flechazos a los encepados. Que los picotearan las tachuelas de la lluvia. Que en las madrugadas sin término los esculcaran, fríos, los largos dedos del viento.

Él, don Eusebio, encabezaba en el barco baronesco a la flotilla. Con él las cuatro mujeres que lo habían acompañado durante el año, contratadas para esa permanencia, vacantes ahora: de toda índole. O bien pandemas que lo supieron complacer debidamente durante su estancia en la amurallada ciudad, o mujeres no públicas que se ofrecieron y que mediante ese contrato se aseguraban una fortunita para los inciertos días por venir. Como era de rigor, ellas cuatro sacaban en anda, desde los aposentos, a don Eusebio, y lo depositaban en la canoa. Era una especie de ritual, para asegurar su dominio, para resaltarlo, mostrado. En Cartagena harían igual: lo bajarían en andas. La flotilla de regreso era tan numerosa como la de ida. En las bodegas, en vez del marfil lustroso de la tagua, vendido ya, el rancho comprado para todo el año. Carnes de Dinamarca enlatadas, por toneladas. Jamones ahumados. Licores como no los cató Noé. Arroces. Maíces. Harinas. Municiones para las múltiples escopetas del feudo. Ropas para suministrar a los recolectores. Herramientas. Aguardientes y rones baratos para las gargantas baratas de los recolectores. En Cartagena habían esperado, pacientes con su retardo, los compradores extranjeros, principalmente estirados ingleses. Rogaban, aprendiendo a rogar, no acostumbrados. Ofrecían, acostumbrados a que les ofrecieran. Agasajaban, acostumbrados a ser agasajados.

En andas, a la nave de regreso, lo subían las cuatro nuevas mujeres que había contratado para otro año.

Cuando se aburría de las mujeres quería divertirse tirando al blanco. Se dijo de él que era con el revólver del 38 un tirador como no hubo otro. Como había sabido de las del mítico Guillermo Tell, que flechaba a una manzana puesta sobre la cabeza del hijo, obligado por un tirano, y lograba ensartar a ella y no a la cabeza del hijo, don Eusebio ponía a una naranja, a falta de la manzana, en la cabeza de alguno de los que purgaban cepo, y la deshacía de un tiro disparado desde diez metros. Se dice que siempre deshizo a la naranja, y nunca a la cabeza. Pero, ¡vaya usted a saber!

Don Eusebio no pensaba nunca en el tagüero recolector: a él no le gustaban las molestias. Nosotros lo haremos por él: el tagüero raso era la base de la pirámide. No tenía concesiones, y trabajaba al destajo para el concesionario. Iba por los ríos y los caños en alguna canoa, impulsada a remo o palanca, llevando provisiones medidas para unos días. Se metía por algún caño que parecía un túnel entre la vegetación, oloroso a barros oscuros, negros el agua, las murallas de a los lados y el techo porque donde apenas caían algunas hebras de sol, y en cualquiera playita, allá en la hondura vegetal, en el estómago de la selva, varaba a la canoa.

A los carozos los recolectaba en su mayoría del suelo húmedo, de entre la profusa hojarasca en pudrición. En el que recolectaba banqueteaban los zancudos: a millares. Cada uno procuraba robarle una gota de sangre. Volaban detrás de él, en nubecillas. Zumbaban cantos palúdicos. Casi siempre estaba el recolector húmedo debajo de las ropas. Y tenía constante a la amenaza de la jeta pánica de la culebra venenosa. Si llegaba a picarlo, el tagüero no tenía escape: sencillamente no volvía al sitio en donde se desposan barrosamente el Guapá y el León. A veces, después, se encontraba a la larga pudrición de la canoa varada, y el estropeado marfil de los marfiles redondos. A veces no. A veces el esqueleto. Blanco, después de una muerte roja: la sangre del picado se sale por cada poro de la piel. A esa muerte la llaman “púrpura”, muy bien llamada.

De miles de esfuerzos como los del tagüero común y raso se hacían las farras del concesionario. Sus pernadas. Sus cuatro concubinas serrallescas. Sus licores de pachá. Sus jamones enlatados. Como el caucho del Amazonas, la tagua partía untada de sudores miserables, y de penalidades miserables, y de muertes miserables.

La demanda de la tagua cayó de una, como un carozo de su palma. De los laboratorios salió la larga familia de los plásticos de largas cadenas moleculares. Versátiles, moldeables, suplidores de cualquier demanda, cercenaron los ruegos de los ingleses, que no volvieron, y los desdenes de don Eusebio, a quien se le quedaron muchos barcos cargados que no servían para nada, y cuya carga tiraron al mar. No había guardado ni a un peso. El feudo valía nada sin el valor de la tagua. Entonces él y el hijo se vinieron para Turbo. El muchacho puso una tienda de esas de medio pelo, con estanterías muecas, y sostenía al ex-pachá. Éste se pasaba los días enteros, en el solar inmenso que daba contra un manglar, mirando a las miríadas de cangrejos que correteaban, peleaban, hacían socavones. Comía del arroz con cangrejo que le regalaban. No sabía ser sino pachá, o morir como ex-pachá miserable. Y así murió, sin un peso. Solo, sin una mujer.

Al cronista le ha gustado gastarse medias horas pensando qué pensaría don Eusebio, en el solarón de la casa de su hijo, vientre ya sumido, pies ya descalzos, pantalón ya remendado, mirando las carreras transversales, las disputas, los enamoramientos que tenían los millares de cangrejos morados que por allí discurrían. Le hubiera gustado estar en esa sesera siquiera por una semana, y después de eso escribir con sabiduría de las glorias de las riquezas tenidas y evaporadas.

Hoy el fruto de la tagua es una curiosidad para artistas de la miniatura: en su córneo fruto marfilino tallan preciosuras. Pero no acaban de contar de las dificultades infinitas que tienen para adquirir unos cuantos de esos carozos, que en antes existían por millones.

 

 
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