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Discusiones en torno a la educación

Por Luis Norberto Betancur O.
Ex docente

Hasta finales de la década del 60, presenciamos una educación centrada en el libro, la memoria, la cátedra magistral; los maestros y profesores poseían poca formación académica y nula en los aspectos pedagógico y didáctico. Sin embargo, había que rescatar la responsabilidad de los mismos y la seriedad en su trabajo educativo. Para la década del 70, se va incorporando personal calificado de la educación, lo que brinda a esta profesión mayor respeto y dignidad, una profesión acostumbrada a ver llenar sus cupos con recomendaciones de politiqueros de oficio, hecho éste que la había convertido en un acampadero de ineptos y facilistas.

Desde 1974 y años subsiguientes, empieza una flexibilización en la educación que remata con la promoción automática que, en nuestro medio, es un completo fracaso a tal punto que, hoy por hoy, estamos graduando bachilleres que, en el fondo, no son sino analfabetas funcionales.

Por presión o imitación de modelos de otros países que nada tienen que ver con nuestro entorno, hemos dado un paso atrás en la calidad de la educación, hecho bastante significativo; pero lo que no tenemos en cuenta es que la mayoría de estos países –caso España- han borrado al instante ese paso tan negativo.

Los alumnos se sientan en las sillas con la seguridad anticipada que trabajen o no serán promovidos. Los profesores, desmotivados al saber que sus alumnos desconocen las bases de su materia o área, y que deben retomar conceptos de años anteriores, se dedican más bien a enseñar lo básico. Pero esto no es todo; la desmotivación de esta profesión tiene todavía raíces más profundas: los alumnos saben que, se estudie o no, no hay empleo, que el acceso a la universidad privada es prohibitivo para el pobre y la universidad pública tiene exceso de demanda o los padres no tiene con qué sostenerlo. La única alternativa es la informalidad en el trabajo o la vinculación a una de tantas bandas delincuenciales que abundan a su alrededor.

El profesorado trabaja con integrantes de bandas, muchos de los cuales llegan armados a las aulas y, por lo tanto, se debe tener exceso de cuidado. La zona de trabajo está llena de todo tipo de peligros; las amenazas, porque el profesor no se acomoda a los caprichos de quienes quieren ganar el área a como dé lugar, están al orden del día. Y, ¿para qué se estudia si el dinero todo lo llena y hay vías más fáciles que el trabajo para acceder a él, aunque estén llenas de peligros?

A este vía crucis, que soporta el maestro diariamente, se agrega la pérdida de derechos adquiridos en limpia lucha, incluyendo muertos, que están convirtiendo esta profesión en la cenicienta y limosnera del gobierno, como lo fue en sus inicios.

Vivimos los tiempos de la decadencia, del periclitar de una civilización que se denomina Capitalista, cuyas manifestaciones más visibles son la pérdida del sentido de la vida, un relajamiento profundo de las costumbres, carencia de ideales, un apego obsesivo por lo material; es una época en la que la vida, en su sentido moral y espiritual, carece de importancia, en la que a la persona se le despoja de su dignidad y se le convierte en una simple mercancía…el dinero todo lo suple, todo lo explica, es el máximo ideal.

¿Qué hacer? Desde luego, la Educación no puede enfrentar todo un problema macro que corresponde a un momento histórico, pero sí lo que a ella corresponde: abandonar los destartalados edificios que ayer fueron acomodados como colegios y escuelas y construir verdaderos recintos con infraestructura para instituciones educativas, dotarlos con material pedagógico y didáctico. Es necesario un maestro con una buena cultura general, que domine su área, que conozca la pedagogía, la didáctica y la metodología para transmitir el conocimiento; que conozca, además, la psicología, al menos en sus rasgos fundamentales; que posea un perfil de líder y que no tenga trastornos o desajustes en la personalidad, sino que su mundo sea emocionalmente equilibrado. Claro que conseguir un trabajador de la educación con estas expectativas, con los salarios actuales, perdiendo los derechos justamente conquistados, sin estabilidad laboral, no pasa de ser un acto de buenas intenciones.

Es necesario, también, abandonar la promoción automática y el facilismo académico cuanto antes. El niño debe aprender desde temprana edad que las cosas se adquieren con esfuerzo, tenacidad, constancia, dedicación; además el estudio es secuencial, es decir, nadie puede aspirar a un curso superior si desconoce los fundamentos y aspectos básicos del que está cursando. En síntesis, necesitamos un Estado que proporcione una infraestructura adecuada que consiste en locales funcionales, material pedagógico y didáctico, salones de laboratorio y experimentación, un profesorado idóneo, capacitado y con conocimientos plenos de lo que va a hacer; un alumnado que responda a lo que se le entrega.

 

 
 
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