Sociales
Mi amigo El Gato
Por Mario Botero B.
Profesor de Cirugía, U. de A.
Después de conseguir con relativa facilidad que el señor Clímaco Álvarez, un gigante bondadoso y humanitario, síndico de la Universidad de Antioquia por mucho tiempo, me permitiera pagar los doscientos pesos de la matrícula de medicina en el año 1956, en 10 cuotas mensuales, me presenté a la secretaria de la Facultad a matricularme. Lucía Correa, la secretaria (hermana del profesor fundador del servicio de Patología, doctor Alfredo Correa Henao), me exigió la presencia de un acudiente. Ante la imposibilidad de conseguir un familiar cercano, Lucía me sugirió que pidiera el favor al Gato, el librero que se encontraba en los pasillos cercanos. Lo encontré frente al ascensor, con una estantería que me pareció modesta, llena de libros con títulos médicos.
-Don Gato-, le dije en medio de mi ingenuidad, lo que provocó la risa de los presentes. –Si me quería servir de acudiente-.
-Con mucho gusto, mijo-. Me anotó en una lista en la que había más de diez nombres.
-Dígale a Lucía que más tarde paso a firmar; eso sí, tiene que ser muy buen estudiante y aquí le facilitamos los libros-. Así quedé matriculado, “acudido” y con los libros asegurados.
El simple acto de la matrícula me permitió conocer tres figuras que, para muchos, no significan nada, pero para los estudiantes de medicina de la época fueron definitivos en nuestra formación: Don Clímaco, el síndico de la universidad que durante todos los años académicos nos financió el pago diferido de la matrícula y, además, nos facilitó el carro de medicina, “una chiva de escalera”, que hacía el recorrido Plazuela Nutibara – Facultad de Medicina con los estudiantes, para diferentes actividades extracurriculares (paseos, traslados del quipo de fútbol, etc.).
Lucía: la eterna secretaria de medicina, manejaba la Facultad con simpleza y facilidad, era la encargada de darnos las buenas y las malas noticias, nos informaba sobre las diferentes actividades, nos conocía a todos por el nombre y nos hizo agradables los estudios médicos.
Y el Gato, sí, el Gato, el librero.
Don Clímaco, Lucía y el Gato, gente sencilla, con bondad y carisma, características de los antioqueños, nos facilitaron, tanto como nuestros profesores, nuestra formación profesional.
Y el Gato, don Gato, Rodrigo Uribe, quien apareció por la Facultad de Medicina en 1944, venido de Andes, suroeste antioqueño, como vendedor de lociones, corbatas y medias, a quien los estudiantes le solicitaban el favor que les consiguiera libros, se vinculó a la librería el Gato Negro (de ahí su apodo) como vendedor y al corto tiempo con la colaboración de los doctores Ignacio Vélez Escobar (decano de la Facultad de Medicina, rector de la Universidad de Antioquia, el constructor de la ciudad universitaria), y el doctor Hernando Echeverri Mejía (inolvidable profesor de Ortopedia y Traumatología, candidato presidencial), colocó su puesto de librero en los pasillos de la Facultad.
Ninguna persona, distinta a nuestros brillantes profesores, lastimosamente no todas, dejó tanta huella en el estudiantado de la facultad como el Gato. Amigo de todos los estudiantes, con un sistema de entregarnos los libros a crédito, sin exigirnos ninguna garantía, de recibirlos después de ganar la materia, de no acosarnos con los pagos, nos permitió estudiar con las mismas facilidades que nos ofreció la universidad. Muchos le cancelamos la deuda con los primeros sueldos del año rural y permanecimos como sus clientes habituales.
Lo recuerdo en su librería, “la de ahora es un lujo”, con unas tablas viejas, libros en el suelo, un modesto banquito, fumando y entregando libros a los estudiantes sin apuntar, fijando cuotas y formas de pago. Honrado como nuestros viejos, con una confianza absoluta en los estudiantes y en los médicos, aún en los últimos años, enfermo y anciano siguió con el mismo sistema…hoy, después de su muerte, me duele decirlo, algunos no quieren reconocer sus deudas.
Para los estudiantes de las décadas del 50 al 90, cuando no existía la comunicación global ni las comunicaciones fáciles por Internet, el Gato fue la solución para mantenernos actualizados, con sólo darle el título de lo que buscábamos, nos conseguía el libro o revista médica deseada; en mis charlas le decía que él era el médico de los libros de medicina.
Compañero de los estudiantes. Presente en las celebraciones de pasar las materias duras de la época (anatomía, bioquímica, patología) y presente en los fracasos. El Raudal, Las Dos Tortugas, tienen muchísimas historias de lágrimas y de alegrías, de allí salían fortalecidos los triunfadores: médicos, y los perdedores: aconsejados por el Gato, maravillosos abogados e ingenieros.
En la bohemia universitaria del siglo pasado, el Gato acompañaba a los profesores y con su malicia lograba sonsacar los temas de los exámenes y rápidamente nos informaba. Cuántos exámenes pasamos por su ayuda…En ese entonces, y ahora causa risa, los estudiantes enviábamos promesas religiosas si ganábamos las materias duras (anatomía, bioquímica y patología), la promesa triunfadora era caminar desde la Facultad hasta Girardota, donde El Milagroso, el Señor Caído. El Gato nos acompañaba. En cumplimiento de una de esas promesas, llegamos a Girardota, nos sentamos en el kiosco a celebrar y cuando recordamos el compromiso y quisimos entrar a la iglesia, ya estaba cerrada.
En los años setenta, las directivas de la Universidad de Antioquia neutralizaban las huelgas llamando a los estudiantes con sus acudientes para firmar un compromiso de no continuar en paro; en medicina fracasó la convocatoria porque a la citación en el auditorio se presentaron nueve padres de familia y el Gato, quien representaba a más de 100 estudiantes; desde ese entonces, se le prohibió al Gato servir de acudiente.
El Gato ayudó directamente a muchos estudiantes y, en forma discreta, calmó necesidades vitales. Surtía de uniformes el equipo de fútbol (equipo triunfador permanente, pero eso es otra historia), nos acompañaba a los partidos. Por su conocimiento del personal de la facultad, era el portero ad honorem de las fiestas. Informaba a los internos sobre los pueblos disponibles para el año rural, contaba las ventajas y desventajas, nos ponía en contacto con los médicos que habían trabajado en ellos. Cuántos médicos siguiendo sus consejos hicimos un inolvidable año rural.
Posteriormente, cuando yo fui residente, el Gato nos facilitaba los fines de semana libros y revistas que le pedían los profesores de cirugía, de manera que nosotros los leíamos primero que ellos, lo que nos mantenía igual de actualizados, y los sorprendíamos en las rondas y conferencias. Ya de profesores, el Gato nos informaba las inquietudes de los estudiantes y los comentarios que le hacían sobre los departamentos y la docencia; esto nos permitió corregir muchos defectos y enderezar programas.
Para el Gato no importaba el progreso ni el cargo ocupado por los médicos, seguían siendo Ricardo, Jaime, Alberto, Marty, Pacho, Juancho, Fidel, David, Federico, eran sus muchachos a los que había servido de acudientes y que, ahora, habían alcanzado puestos de avanzada.
Mi amigo el Gato falleció el 11 de abril de 2005, a la dad de 85 años, a causa de una neumonía. Tres días antes de su muerte, lo encontré, tuvimos un corto “raneo”, se paseaba por las avenidas del Hospital Universitario San Vicente de Paúl (donde siempre tuvo acogida) con su andar cansino, con el aspecto de un profesor jubilado, sonriendo y mirando la vida con la satisfacción del deber cumplido.
Interpretando el sentir universitario, afortunadamente durante la rectoría del doctor Jaime Restrepo Cuartas y el decanato del doctor Alberto Uribe Correa, se le rindió homenaje en vida, se le construyó el local de la librería a la entrada de la Facultad y se le entregó el 9 de octubre de 1997, en las jornadas universitarias y en acto solemne realizado en el auditorio de la facultad, un diploma de reconocimiento por los servicios prestados a la Universidad, a la Facultad y a todo el estudiantado durante seis décadas. Las lágrimas de alegría de un viejo luchador de la vida nos conmovieron a todos sus amigos que lo acompañábamos.
Descansa en paz, Gato. Numerosos médicos, agradecidos, siempre te recordaremos con cariño. Tu librería, ahora con María Eugenia tu hija, a la entrada de la Facultad, recordará tu nombre a las futuras generaciones. Tu vida de servicio y entrega a la medicina universitaria era legendaria. Con tu muerte, la leyenda continúa.
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