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De Maquiavelo a Uribe Vélez (Parte III)





(Apartes del ensayo presentado por el doctor Luis Fernando Muñoz Ramírez –Médico y Cirujano; Especialista en Salud Ocupacional- a la Universidad Autónoma Latinoamericana para optar al título de Especialista en Cultura Política. Fuente bibliográfica: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo).

Para continuar con esta reflexión, es conveniente que recordemos las tres categorías conceptuales fundamentales de la obra EL PRÍNCIPE de Maquiavelo, como son la virtud, la fortuna y la razón de Estado.

“Concluyo, pues, si la fortuna varía, y los hombres permanecen obstinados en su modo natural de obrar, son felices mientras aquella y éste concuerdan, e infelices si no concuerdan” (Cap. XXV. El Príncipe).

El presidente Álvaro Uribe cuenta con una excelente fortuna, se encontró con la presidencia siendo el menos opcionado, a pesar de haber sido defensor en el parlamento, en su época de senador, de nefastas leyes como la Ley 50 -Reforma Laboral- y la Ley 100 –Reforma a la Seguridad Social- y otras que privatizaron las principales empresas del Estado y con las cuales miles de personas perdieron su empleo y su opción de vida digna. Jamás el Presidente se queda en palacio esperando a que las cosas le lleguen por azar; cuando son adversas las enfrenta valiéndose de todo tipo de argucias, y cuando son parte de su éxito las asume con arrogancia y en forma mediática.

“No es de poca importancia para un príncipe la elección de los ministros, los cuales son buenos o no según prudencia del príncipe. La primera conjetura que se hace sobre el talento de un príncipe es ver los hombres que tiene alrededor” (Cap. XXII. El Príncipe).

Si miramos el actual gabinete de gobierno, no nos queda la menor duda que está hecho para actuar de acuerdo con los intereses de su príncipe; eligió cómplices y amigos que creen profundamente en sus proyectos. Pero, cuando se trata de estar en desacuerdo con ellos, lo hace sin ninguna limitación, y ellos asumen el regaño en forma sumisa. Se movieron todos los argumentos, como la moción de censura, para hacer caer a algunos de sus ministros y al comisionado de la “ternura” y permaneció como si nada pasara, pues la mayoría del Parlamento le es proclive. Esa era su determinación y, como gobernante, estaba seguro de todos aquellos a quienes había nombrado aunque algunos hayan demostrado incompetencia, como el comerciante por vocación quien no tiene conocimientos de derecho y, sin embargo, dirige el Ministerio de la Justicia, y algunos otros de rectificación en rectificación a título personal.

“Nace de ello una disputa: si vale más ser temido que ser amado, o todo lo contrario. Se responde que se quiere ser las dos cosas; pero, como es difícil conseguir ambas a la vez, es mucho más seguro ser temido primero que ser amado, cuando se tiene que carecer de una de las dos cosas” (El Príncipe, Cap. XVII).

Hoy, todos somos sospechosos en un país que se llenó de informantes y estamos presos del temor. Hablar en cualquier espacio sobre política o Estado resulta peligroso. Existe una cacería de brujas y nadie está libre de perder su libertad o su tranquilidad. Los ciudadanos que no tienen simpatía por el gobierno están desde ya como sospechosos de terrorismo. Las fuerzas de choque ocultas atemorizan a tal punto que ser sindicalista, ciudadano de una comunidad de paz, artista o intelectual puede ser una razón suficiente para caer en la oscuridad policiva del Estado y, aún, perder la vida.

“Sin embargo, no tema incurrir en la infamia de aquellos vicios, sin los cuales difícilmente puede salvar el Estado; porque, si se pesa bien todo, se encontrará con que algunas cosas que parecen virtudes, si las observa, serán su ruina, y que otras que parecen vicios, siguiéndolas, le proporcionarán su seguridad y su bienestar” (El Príncipe, Cap. XVI).

La intolerancia a las ideas políticas contrarias podríamos ubicarla en nuestro imaginario social como una constante, un vicio que ha creado raíces en los manejos del Estado colombiano. Los hombres y mujeres que pensaron diferente a las opciones tradicionales están hoy bajo tumbas. El abogado Uribe Vélez, cuando fue gobernador de Antioquia, dedicó mucho tiempo a hablar de “pedagogía de la tolerancia”. En mi concepto, en su praxis política no se da esta aspiración. Creo que maneja elevados niveles de autoritarismo e intolerancia, quedando así en el mismo espacio de aquellos que están contra el terrorismo, pero que terminan siendo terroristas, como es el caso de los Estados Unidos. Nuestro Presidente no sale de su mano dura y se coloca al mismo nivel de un Estado que ha dirimido sus conflictos desde la relación enemigo absoluto, porque sencillamente cabe la opción: “borrar al que no piensa como yo”.

“Un príncipe, pues, no debe tener otro objeto ni otro pensamiento, ni cultivar otro arte más que la guerra, el orden y la disciplina de los ejércitos, porque este es el único arte que se espera ver ejercido por el que manda” (El Príncipe, Cap. XV).

Diariamente, el presidente Uribe nos recuerda que hay que tener mano dura ya que la savia de la Seguridad Democrática y del Plan Colombia es la guerra total; relacionándose con los militares, es más general que todos: regaña y pide renuncias, y les exige colocarse bien los pantalones. En los consejos de seguridad, da orientaciones para acciones contra la subversión y pasa revista con orgullo ante las tropas para recordarles que él es el comandante supremo. No se amilana ante las bombas de una guerra irregular planteada como estrategia guerrillera, los reta a que se enfrenten con su ejército. Es, en esencia, un presidente que se rodea de ejército leal y organizado para defender, a como dé lugar, los privilegios del puñado de potentados que dirigen el Estado colombiano, aunque con ello se violen los derechos humanos.

El poner en orden las cosas en un país que lleva más de cincuenta años en guerra y sin democracia real, no es tarea fácil ni algo que se logra con mano dura y menos con reelección; es una tarea para la inteligencia, la racionalidad, la justicia social y la solución política negociada al conflicto armado; así mismo, para la construcción de la democracia en Colombia.

Este escrito es, ante todo, un documento de análisis y un aporte al debate académico y político en momentos difíciles que vivimos y una forma de rescatar la vigencia histórica y política de El Príncipe de Nicolás Maquiavelo.


 
 
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