Perfiles
Carlos Castro Saavedra
Inmensamente poeta
Por Mario Escobar V.
Periodista y Literato
Profesor Taller de Escritores Asmedas
Úno le conoció y amó y admiró a su poesía antes que a él. Devoto de esa poesía, con el fervor mismo de un fanático por un ícono, del avaro por las monedas de oro, de las hojas de las plantas por el verdor.
Cuando delante de los ojos tuvo a la imagen vera del poeta, magro de estatura y parco de carnes, úno se preguntó cómo acomodaba a las moles de su sensibilidad poética en la poquedad de su materia corpórea. Se preguntó por qué él no resplandecía como un dios, y encandilaba la mirada, sabiendo como sabía que su poesía, como toda buena poesía, más parece cosa de dioses que de humanos. Tanto como parecen hechura de dioses las mariposas que llevan a la belleza inmensa en las alas, que son un poco más que seda y colores. Un poco como el oro, que no se oxida nunca, es hechura también de dioses, y el diamante que fulgura luces inmarcesibles es también hechura de dioses.
Empezó a escribir desde muy temprano, y a su vocación la ejerció sin menguas, siempre excelsamente, hasta su última semana. Hasta donde lo sabe este que escribe, ningún poeta colombiano, ni ningún escritor de prosa, ha alcanzado el número de sus libros, que son treinta y cuatro. Lo anterior, porque puede haber alguno o algunos inéditos. Ningún poeta colombiano parió de su númen inagotable más poemas. Y si se amplía la visión al continente americano, todo él desde la tierra fueguina hasta el boreal Canadá, lo anterior sigue siendo válido. Pablo Neruda, tan buen poeta como Carlos, o al revés, no tiene una obra tan dilatada, y eso que se le ha considerado prolífico.
Tampoco en él, como sí en muchos otros, decayó con la edad la excelsitud del verso: él lo extraía de canteras suyas inagotables y puras. Y empezó a extraer de esa cantera a muy temprana edad: los diez y seis años. Casi de inmediato obtuvo una notoriedad, precoz como él mismo. Tuvo desde los primeros versos la calidad alta-pura de los mejores. De esos que son eternos, aunque vivan poco. Tenía desde entonces un sello personal inconfundible, el matiz que no está calcado, la visión fresca: eso que se ve a las primeras, y que destaca. Carlos Castro Saavedra no fue haciéndose y puliéndose de a pocos en cada poema, sino que irrumpió de una. Nacido grande, terminó con grandeza.
Creyó siempre que el poeta debería vivir de su poesía, tanto como un cantor de sus canciones y su voz. Por eso, solamente se empleó en una sola vez en su vida, por un lapso corto. En ese lapso estuvo a punto de enloquecer, totalmente desadaptada su hiperestésica sensibilidad al trato burdo y cruel que suele haber entre los muchos empleados de una gran empresa, en donde abundan los poetillas de un quinto de folleto con poemas, y son envidiosos de oficio, que obtienen grado de maestranza en la envidia, y que son cloróticos y cáusticos como la cal: con ellos se pudiera enjalbegar. Aprendió los rencores inmerecidos, pero recios como pedradas, las confabulaciones, las zancadillas matreras, las “roscas”. En algunas veces, antes de salir para su trabajo, aullaba en su hogar, con aullidos verdaderos, de miedo de las incomprensiones y de las lesiones graves que le llovían. Fue después de casado, cuando sobrellevó una pobreza franciscana y honesta, si bien cualquier franciscano tenía seguramente mucha mayor holganza que él. Con todo, como pocos, con el tiempo pudo vivir anchamente cómodo de su trabajo intelectual, y hasta aseguró una fortunita.
Cuando le cantó a Colombia tan bellamente como le cantó a su amada de toda la vida, la Patria estaba ensangrecida por la violencia fraterna, que es la más enconada de las violencias. Cantó diciendo que la patria sólo será patria cuando se pueda dejar, para andar por ella, al ángel de la guardia en su empíreo. Entonces el sátrapa de turno lo amenazó de muerte, por tercería, y le dijeron que se fuera.
Se fue a la errancia del viento y de las nubes. Se fue a donde pudiera ir. Él sólo quería volver a su patria y a su amada, pero esos eran los dos únicos caminos que no podía seguir. En esa errancia que le era más dura porque no estaba con él la amada, la volvió versos y versos en catarata. Después, vuelto, siguió en las mismas, y a la misma amada que lo fue hasta su último aliento. Con la patria, lo mismo. Se sentía tan tierra colombiana que podía sentir cómo en el pecho le pastaban caballos y terneros, cómo en él se petrificaban las mariposas verdes y se volvían esmeraldas de Muzo, cómo le crecían los pinos y las hierbas.
La suya fue una errancia paupérrima. Conoció al frío, que es azul, y que muerde con dientecillos de sierra hasta que llega a aposentarse en los huesos, y entonces es difícil sacarlo. Y al hambre, que es amarillo y seco como el yeso, y duro como el yeso duro. Y a la soledad, que es negra como la medianoche, y amarga. Supo de zahurdas, zaquizamíes, tabucos, y, peores que éstos, los parques nocturnos con bancos helados que le robaban el calor de los huesos magros.
Cuando participó en un Festival Internacional de la Paz, que se celebró en Moscú, los que lo hicieron exiliar aprovecharon para alquitarar infamias y lo injuriaron de “comunista”. Pero el poeta creía en Dios fervorosamente, y lo pregonaba si era del caso, y LO veía en la belleza, y LO cantaba en sus cantos. ¿Cómo no creer en Él, si estaba en el ritmo, y en la euritmia, y en la cadencia de las palabras que Carlos ordenaba?
En su paso por la Dirección de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia descubrió y lanzó a la publicidad del ámbito poético a un poeta singular que se llama Helí Ramírez, con su libro “Ausencia del Descanso”.
La columna de prosa poética que publicó por años en la prensa escrita de Medellín se intitulaba “La Voz del Viento”. Y cuando, con dineros que le produjeron sus libros y otros trabajos literarios, se compró un lote de terreno en una zona de ricachos, muy exclusiva, y en él construyó su casa magnífica, la nombró igual.
Ese su amor por el viento era amor agradecido. ¿Cómo no saber que el viento trae jardines? ¿Cómo ignorar que tiene voces barítonas cuando calmo, y de terremoto cuando huracán? ¿Cómo ignorar que llega friolento desde el mismo Polo Norte, todo boreal? ¿O desde el océano, azul y salado? Carlos Castro oía a toda esa sinfonía de voces. Es fácil oírla si no se está pensando a toda hora en negocios y dineros, y sí en el poema. Fácil, cuando se quiere ser y no tener.
Mereció el Premio Nobel de Literatura, iteradamente. Lo mereció por la calidad sostenida de su obra poética. Pero no esperó nunca nada de esa su obra. Como todo gran artista tenía sabido que al Arte se le da todo, y que no se le espera nada. Lo mereció al Nobel como lo merecieron Porfirio Barba Jacob, el que parecía un caballo. Y como lo merecieron Eduardo Castillo, y Eduardo Carranza, y León de Greiff. Pero nunca a ninguno de ellos lo promocionó en Estocolmo el gobierno colombiano. No los tradujo, ni los publicó para que se les conociera allá, en donde es la sede del Premio. Los gobiernos de Colombia, los “buenos”, suelen ignorar a sus artistas, y hasta los toleran. Los que no son buenos los mandan a exiliar, so pena de matarlos. Acá se admira a las patadas de los futbolistas, y se publican proliferadas loas para ellas, y a los pedalazos de los ciclistas. Acá se admira a todo lo que no requiera de entendimientos para ser admirado. Acá somos raseros, pedestres, tontolos.
Carlos Castro Saavedra se murió de centenas de miles de cigarrillos fumados. Tenía tabaquienta la voz y el aliento, y tal vez al tacto de la mano delicada. Pero sigue estando ahí. Cuando úno abre uno de sus libros de poesía lo ve que salta de las páginas con su catadura conocida, vivaracho el rostro y brillantes los ojos. Recita con úno los versos que úno lee.
Y en el ámbito huele a poesía de la mejor, y a humo de cigarrillo.

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