Cátedra abierta
Un gran Golán
Por Eduardo Cano G.
Médico Salubrista
Por voluntad de un gran Golan, armado de un inmenso garrote, nos han redefinido todo. A partir de cierto momento en la historia del mundo 4+4 ya no suman ocho. El resultado puede ser 9 ó 10 ó 6 ó 7, pero nunca 8, como en la conocida caricatura de Quino.
Todo, absolutamente, ha sido redefinido. Desde la concepción del estado como eje del tejido social y elemento fundante de la igualdad entre los ciudadanos, la concepción del trabajo digno como un derecho de toda persona en edad laboral, el derecho laboral como la única defensa de las grandes masas trabajadoras frente a los patronos, hasta la posición existencial del hombre frente al otro y, en especial, frente al poder del otro, con el cual se podía estar o no de acuerdo y frente al cual se podía dar o no una confrontación directa como resultado de los conflictos sociales cada vez más graves. Todo esto ha sido redefinido en beneficio de fórmulas flexibles, oportunistas y de claro contenido clasista.
Desde el siglo XIX, los teóricos de la política y de la guerra como Clausewitz dijeron algo que causó sensación: que la guerra era otra forma de hacer política. Entonces los teóricos del gran Golan trataron, sin mucha convicción, de convencer al mundo de la necesidad de alcanzar sus fines a través de la política y nunca más recurrir a la guerra. Sin embargo, el siglo XX se encargó de desmentirlos con las grandes hecatombes de la humanidad durante su transcurso. Entonces se inventaron el cuento de que, si bien podía haber guerra, esta debería ser una guerra limpia, respetando los derechos humanos de toda la población.
Posteriormente, muchos otros estudiosos, entre ellos Michel Foucaul, demostraron con exhaustivos análisis históricos que también la política podría ser otra forma de hacer la guerra y que la política era la guerra, proseguida con otros medios, invirtiendo lo que ya en el siglo XIX había dicho Clausewitz. Para Foucaul, lo anterior significaba cuatro cosas:
A. Que las relaciones de poder, sobre las cuales se desarrolla la política, tal y como funcionan en nuestras sociedades, “…tienen necesariamente por punto de anclaje cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable por la guerra y en la guerra”.
Algo que resulta aplicable en mucho al caso colombiano. Por ejemplo, el problema de la tenencia de la tierra en nuestra patria, principal eje causal de nuestro viejo conflicto rural, ha gravitado sobre la política del país desde la guerra de la independencia, agravado por las subsecuentes guerras civiles y por la contrarreforma agraria de la época de la violencia liberal conservadora y, más recientemente, por la contrarreforma agraria ahora en marcha, del narcotráfico y de los paramilitares.
B. Que el poder político detiene la guerra e intenta hacer reinar la paz en la sociedad civil, pero que no lo hace para corregir los errores que quedaron de todas las guerras pasadas. Sobre esta hipótesis, dice Foucault: “…el papel del poder político sería reinscribir perpetuamente esa relación de fuerza, por medio de una guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje y hasta en los cuerpos de unos y otros”.
C. “…Que dentro de esta paz civil, las luchas políticas, los enfrentamientos con respecto al poder, con el poder, por el poder, las modificaciones de la relaciones de fuerza -acentuaciones de un lado, inversiones, etcétera-, todo eso en un sistema político no debería interpretarse sino como las secuelas de la guerra”.
Dejemos la cuarta conclusión de Foucault para luego y volvamos al tema de las redefiniciones.
Ahora bien, sucede en la actualidad que, desaparecido el bloque socialista, la voluntad del gran Golan, armado hasta los dientes con la última tecnología para la guerra, es que el poder, no es más que la expresión o voluntad de una sociedad pluralista y democrática, cuyos miembros luchan por el poder por medios pacíficos. Que los dueños del poder lo detentan y actúan en forma justificada, porque este poder les viene de su naturaleza de empresarios democráticos que cargan con la gran responsabilidad de crear trabajo para los pobres y de la incapacidad del sistema para darle gusto a todos ya que los recursos son escasos y, por tal motivo, tienen la patente de corso para hacer lo que les venga en gana con todos los demás. Por esta simple razón, todos los problemas de la sociedad deben resolverse a través del consenso democrático para que no se perturbe el clima de Pax Romana imperante, para no correr el riesgo de desembocar en una confrontación que lleve la sociedad al caos.
La paz, repiten, es el bien más preciado y necesario, y todos los ciudadanos tienen que poner su grano de arroz para conseguirla y, quien no esté de acuerdo, simplemente es redefinido como un terrorista, así las políticas de quienes detentan el poder, no hagan otra cosa, como lo demostró Foucaul, que continuar la guerra por otros medios.
Y pensar que la humanidad gastó tanto cacumen, tanto discurso, tanta teoría durante siglos, buscando la forma de cambiar el mundo, cuando sólo bastaba que un gran Golan se tomara el trabajo de redefinir con creatividad la realidad, como cínicamente lo dice Gianni Vatimo, así la nueva definición, sólo fuera un simulacro débil de la realidad. Entonces, el verbo flexibilizar se hizo carne y habitó entre nosotros.
Y además de redefinir la guerra y para “conservar la paz civil”, se redefinieron también el trabajo, el sindicalismo, la jornada laboral, los salarios, las prestaciones sociales, las profesiones, los oficios y la naturaleza y el contenido de las pensiones. Y se redefinió el respeto por las conquistas laborales y se dio carta blanca a los patronos para explotar y reprimir a la población laboral, como lo han sufrido en carne propia todos los trabajadores sin excepción, y los de la salud en especial, en nuestro país, particularmente los de los hospitales y demás empresas de prestación de servicios, mientras sus directivos devengan sueldos millonarios que sobrepasan en 50 y más veces el salario mínimo de quienes son pobres y que en la realidad trabajan y mueven las empresas.
Estrategia ésta adoptada por los dueños del poder para tener siempre directivos plegados a sus intereses y dispuestos a golpear al de abajo cuando tengan la oportunidad.
Ha sido tanta la represión laboral que nuestro país ostenta en la actualidad el discutible honor de estar entre los cinco primeros violadores de los derechos sindicales en el mundo, según informe reciente de la Organización Internacional del Trabajo: Camboya, Irán, Birmania, Zimbabwe y Colombia.
Y también se redefinió la Historia, con mayúscula, producto de un proceso histórico complejo de confrontación de contrarios y apareció la historia con minúscula como proceso entre “malos” y “buenos”, derivado de desajustes estructurales; y, por lo mismo, los conflictos armados entre grupos con ideologías y proyectos de sociedad diferentes se redefinieron como problemas de orden público y de policía y se justificó, entonces, seguir la guerra hasta sus últimas consecuencias y los actos de los “malos” se redefinieron entonces como terrorismo, y los actos de los “buenos” como defensa de la seguridad democrática.
Se redefinió también la política y se convirtió en el pragmatismo más descarado, cínico y mentiroso que raya permanentemente con el delito. Y la defensa a sangre y fuego del Estado neoliberal, de la propiedad privada y de los privilegios de las empresas, se redefinieron en forma pragmática, tecnocrática y cortoplacista, es decir flexible, en un simulacro de paz, como política de defensa de la democracia.
Se redefinió también la miseria de los que nada tienen, porque en esencia descienden secularmente de aquellos que nunca han tenido nada y, si lo llegaron a tener, nunca han tenido quién los defienda de los unos y de los otros y de los demás allá, y se convirtió la población miserable en población vulnerable, por obra y gracia del Espíritu Santo. Como quién dice: ¡Chupen por pobres!
Como consecuencia de lo anterior, se redefinió la desigualdad y el estado como instancia responsable de la justicia social y fundamentadora de oportunidades reales para alcanzar la igualdad, y apareció el estado regulador ó estado neoliberal, dispensador de limosnas, llamadas eufemísticamente subsidios, que tratan de evitar que la población se dé cuenta y se rebele contra las políticas del estado con las cuales sigue la guerra.
Entonces en el campo de los servicios de salud, se inventó el sistema de subsidios focalizados para aliviar los resultados de las desigualdades, como quien regala una limosna, redefinida como derecho Constitucional y proveniente del Estado, pero limosna de todas formas, y se dejaron intactas las causas de las desigualdades mismas, y al final también se redefinieron los subsidios focalizados, para sacar del cubilete del mago los subsidios parciales, con el único objetivo de tratar de alcanzar las coberturas que en la antigüedad tuvo el Sistema Nacional de Salud, con todas sus problemas y falencias.
Pero se redefinió también el concepto de salud integral y se convirtió en la aplicación descarada de la costosa tecnología de punta, en hospitales de tercer y cuarto nivel, en últimas y detrás de procesos oscuros y complejos, los verdaderos beneficiarios de esta nueva política.
Y se redefinió la autonomía de una profesión como la medicina para tomar decisiones y se convirtió en una tecnología apoyada en unos protocolos y en las decisiones de un auditor, vale decir, cínicamente fundada únicamente en los costos de la atención.
Y se redefinió, así, el cuidado médico como algo basado en la relación intersujetiva entre médico y paciente y apareció el Managed Cared ó cuidado gerenciado del paciente.
Pero se redefinió, también, la confianza del contrato implícito entre médico y paciente y entre el servicio de salud y el paciente, y apareció el contrato escrito entre los actores del negocio y apareció, también, la desconfianza y la paranoia entre todos aquellos dedicados al negocio de los servicios de salud.
Aparecieron, entonces, las burocracias para pensar, producir y controlar el cumplimiento de los contratos y para facturar y refacturar y contrarefacturar, eternamente dedicados a un proceso de costeo de la prestación de los servicios.
Y, con lo anterior, se redefinió la administración de los servicios de salud, en provecho de una gerencia cada vez más interesada sólo en el financiamiento de su empresa y en las utilidades obtenidas, porque de ellas depende su subsistencia.
Ahora, el gran privilegio, el único poder es el poder para conjugar el verbo flexibilizar y redefinir la realidad a favor de los intereses de unos pocos, una forma privilegiada de hacer política, es decir, de hacer la guerra por otros medios. Porque como dijo también Gianni Vatimo, los tiempos cambian y no podemos aferrarnos a conceptos obsoletos.
Haberlo sabido. Bastaba con sólo redefinir las cosas. Volverlas a nombrar en una parodia de “Cien años de soledad”, para que un gran Golan se convirtiera en el creador de un nuevo mundo, injusto, engañoso y aparente. Y toda la población se lo traga en medio de la alegría porque viene envuelto en el empaque engañoso de la publicidad, de las encuestas amañadas y de la vitrina electrónica de los medios. Y porque los pueblos no tienen memoria y no se acuerdan de los engaños del pasado. Medran a la orilla de la diversión, el entretenimiento y los subsidios y se olvidan que quien fue ponente en el Congreso de las leyes 50 del 90 sobre flexibilización laboral y 100 de 1993 sobre reforma del sistema general de seguridad social en salud, es la misma persona que en la actualidad quiere perpetuarse en el poder.
En parte estamos de acuerdo con Vatimo. Hay que redefinir muchas cosas que pasaron ya de moda. Entre otras, la fe ciega en la neutralidad de los medios y en la forma oscura de hacer política, con base en mentiras y simulacros de la realidad.
Pero, con lo que no podemos estar de acuerdo es con que la redefinición se haga siempre desde el poder y para el beneficio del poder de los más privilegiados y contra los intereses de las clases medias y contra aquellos que nada tienen.
Este es el gran problema. La gran limitación de la voluntad definidora de este Golan arbitrario: que las redefiniciones siempre se hayan hecho en beneficio de los que todo lo tienen, sacrificando siempre a las grandes mayorías, que nunca han tenido nada. Muestra de ello, según los informes de los organismos especializados a nivel internacional sobre el tema, la miseria en aumento tanto en nuestro país como en el mundo entero.
Y lo más grave es que, según Foucault, la inversión del aforismo de Clausewitz, según la cual la política es otra forma de hacer la guerra; lleva implícita una cuarta consideración.
La decisión final sólo podrá provenir de la guerra, esto es, de una prueba de fuerza en la que las armas en definitiva tendrán que ser los jueces. Es esta nuestra mayor desgracia y, lamentablemente para todos, a esto estaremos abocados a corto o a largo plazo, de seguir convirtiendo la política en otra forma de hacer la guerra.
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