Ágape
El derecho a la utopía
La utopía es lo que le falta a la ética, a la justicia y a la verdad para enseñorearse del mundo. Un realista es quien dice: eso no es posible; es decir, confiéselo o no, es aquél que se ha resignado a vivir en un mundo feo, incoherente, explotador, injusto. El utopista, al menos como yo lo concibo, no es ingenuo: sabe que entre la teoría de la justicia y la justicia que se practica en el mundo, hay una distancia abismal.
Es escéptico, en el sentido moderno, piensa que por más que se haga, jamás la eticidad de la vida corriente alcanzará la eticidad construida en el discurso. Utopista es quien no se deja arredrar por esa evidencia: sabe que la teoría es normativa, que es una propuesta abierta, que no apela a la coerción y que por eso no puede imponerse; pero sabe igualmente que la razón, la sensibilidad y la imaginación son honestas y que, por tanto, muchos individuos, los mejores, pueden libremente acogerla. Vivimos en una época saturada de violencia, en la cual se confunde la efectividad de una teoría social con la capacidad de coerción para imponerla.
La superficialidad dominante ignora que nada que deba imponerse merece subsistir. Sólo aquello que apunta a la eticidad y a la libertad del individuo y que, en consecuencia, puede ser acogido o rechazado, tiene la virtualidad eventualmente de conquistar la imaginación y la conciencia de los individuos y, en esa medida, construir una nueva realidad. La utopía para mí es el rechazo de una realidad alienada y brutal y la posibilidad de construir una realidad nueva.
La Utopía no es en manera alguna la irrealidad, sino la realidad posible que no hemos tenido todavía la imaginación o el coraje de construir.
Darío Botero Uribe
Ecoe ediciones, Santafé de Bogotá, 1994
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