Editorial
Veinte años de formación médica
El Congreso Nacional de Medicina General y Social que realiza Asmedas Antioquia llegó a su vigésima edición. Es una hazaña en tiempos como los actuales en los que los administradores del sistema de salud valoran en horas de trabajo perdidas la asistencia de los colegas. En los que existe una consigna internacional –seguida al pie de la letra por el actual gobierno- de que hay que torcerle el espinazo a los sindicatos. Y en los que avanza aceleradamente la obsesión del presidente Uribe de acabar con las plantas de personal en las instituciones de salud.
Para la muestra, en el tiempo en el que se desarrolla el congreso pesa sobre los hombros de los funcionarios del Seguro Social una propuesta de retiro compensado al que adhirió desengañada una tercera parte de los funcionarios a quienes se lo ofrecieron. Sobre los trabajadores de Metrosalud recae la amenaza de despido colectivo fundamentado en un estudio de reestructuración. Y los atribulados trabajadores de la ESE Rafael Uribe Uribe esperan en ascuas que salga la lista de los desvinculados. El momento no podría ser peor.
En cualquier circunstancia, siempre ha llamado la atención la enorme pasión que los médicos tenemos por el estudio, de la que nadie escapa como víctima. Siendo que hay muchos legados de la profesión médica que se han diluido con el transcurrir de las reformas a la salud, la pasión por el estudio se conserva. La transmiten las facultades de medicina. La expresión “no tengo tiempo, tengo que estudiar” sale frecuentemente de los labios de médicos y estudiantes de medicina. Esta manifestación la lamentan las novias y los novios, la cantaletean las esposas y se duelen de ella los hijos. Los esposos de las médicas se impacientan…
De lo anterior se consolida una convicción según la cual entre más estudie el médico, mientras más dedicado sea, mientras más conocimientos científicos tenga, mejor le irá a sus pacientes, le irá mejor a la salud.
Curiosamente, ese ideal que nadie controvierte es motivo de pláceme para los administradores de la salud, para los negociantes de la enfermedad, para los inversionistas de la seguridad social, para el Estado como intermediario, no de los servicios -que de eso hay poco-, sino de las ganancias, que son jugosas.
El motivo es que la pasión por el estudio produce, en la mayoría de los casos, un analfabetismo social, una abulia política y una consigna: la ciencia y la política son dos polos opuestos. El resultado es un médico desinformado en lo relacionado con los derechos que se derivan de su trabajo, sin capacidad de resistencia, resignado con respecto a su destino, dispuesto a deponer los ideales y en plan de supervivencia.
Esta observación, que podríamos llamar la enfermedad actual de los médicos, coincide con lo que el filosofo español Josep Ramoneda describe como la enfermedad de la sociedad contemporánea que se desencadenó en 1968, fecha que marca el principio del fin del período en el que la política se vivió como una pasión por el cumplimiento del destino racional de la humanidad cuyos síntomas principales son la pérdida de la pasión por la política, el desinterés por lo público, la configuración de un cierto individualismo, la delegación de la participación y la deliberación, el hombre considerado como un objeto económico, las decisiones que nos conciernen a todos son tomadas en los despachos de los especialistas…
Si sumamos la enfermedad de la profesión a la enfermedad de la sociedad, podemos concluir que el pronóstico es reservado. El autor llama a un cambio que reclama el retorno de la política, para impedir la muerte por inanición de la democracia en manos de un dios menor: el dinero, y desde esta publicación llamamos al despertar de la pasión política en el médico si no queremos ver expirar las posibilidades de un ejercicio digno de la profesión en manos de la tendencia que entronizó la salud como una mercancía.
|
|