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Jubilados

Los presagios de Simón
(Segunda parte)




Por Roberto López C.
Vicepresidente Fondo Social Médico de AMDA


—¿Cuándo regresas a Medellín? –preguntó Julián al viejo.
—Pasado mañana, jueves, me iré. En el vuelo nocturno –agregó. Debo estar en el aeropuerto a las siete, ya que el avión sale a las ocho.

Julián miró, sorprendido, al viejo y le interpeló: —¿Por qué viajas de noche y no de día?
El viejo Simón, llevándose la mano al mentón e inclinando un poco su cabeza, como si quisiera analizar su respuesta, le dijo: —¡No hay cupo en los vuelos diurnos, hasta el próximo lunes! Además, el vuelo nocturno del jueves va directo a Medellín. Otros deben ir primero a Bogotá.

Cambiando el tema de conversación, Julián preguntó a su padre sobre su estado de salud.
—¡Tú mismo puedes comprobarlo! En estos días he caminado mucho y no me he fatigado – le dijo, con aire satisfecho y cierto tono jactancioso.

Ambos festejaron la observación del padre. Súbitamente, el rostro del anciano se tornó muy serio y mirando fijamente a Julián, le dijo:

—¡Quiero contarte un asunto!
—¿De qué se trata, papá? –le interrogó Julián.

Con una sonrisa, un poco forzada, el anciano le respondió: —¡Es una tontería! ... pero te la contaré.

Con actitud muy solemne, el viejo empezó a relatarle acerca de un sueño que había tenido.

—Hace algunas noches, ya era de madrugada, soñé con mi padre –le dijo.
—Sabes bien que él murió hace muchos años, en Manizales –agregó, a su relato.
—¿Y qué soñaste?
—Vestía una bata larga, de un azul intenso. Su pelo, abundante y casi blanco, lucía desordenado, cubriéndole parcialmente sus orejas. Durante largo rato me pareció ver su figura, que recorría un largo corredor adornado con geranios rojos sembrados en varias canastillas que colgaban del alero de la casa.

—Muy serio y en tono imperioso me dijo:—¡Pronto vendré por ti!
—¿Cuándo será eso? –le preguntó.
—¡Antes del veinte! –fue su respuesta.
—¿Del veinte de qué mes?—volvió a preguntarle.
—Del veinte de enero —dijo, con una sonrisa burlesca. ¡No te preocupes, que el final será tranquilo! –agregó, haciendo un gesto con sus manos.
—¿Y... entonces, qué pasó? –le preguntó, impresionado Julián, ante la descripción tan detallada del sueño del anciano.
—Luego, desapareció. Yo desperté, muy perturbado y algo confuso.
—¡No hay razón para que estés preocupado! Fue sólo un sueño y... como dice el adagio :»los sueños ...sólo sueños son»,–Dijo Julián, sonriendo. Quería restarle importancia al asunto, cuando comprendió que a su padre le había impresionado el sueño referido.

El viejo Simón asintió con la cabeza, como si aceptara la realidad del dicho popular y la opinión del hijo.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Lo recuerdo muy bien! Pero...ese sueño fue tan real...
—En fin, cambiemos de tema –dijo, con una leve sonrisa.
María Teresa y Eloisa volvieron a hacerles compañía y a participar activamente en la conversación.

Degustaban un par de wiskys, cuando el reloj de pared señaló las once de la noche. Ambos se mostraban eufóricos. No faltaron las anécdotas y aún los chistes que todos festejaron, hilarantes.

Un poco antes de la media noche, María Teresa y Julián se despidieron de Eloisa y Simón.

—El miércoles vendré por ti para llevarte al aeropuerto –le dijo Julián a su padre.
—¡Estaré aquí a las seis en punto! –le aseguró.
—¡Muchas gracias! ¡Te esperaré! – Le dijo el anciano, con voz quebrada, por efecto de los tragos.

En su automóvil, Julián y María Teresa partieron hacia El Rodadero. A pesar de la hora, la agitación allí era patente. Muchos jóvenes, algunos de ellos bajo los efectos del alcohol, formaban corrillos y escuchaban música estridente. Escasos restaurantes permanecían abiertos, atiborrados de turistas que departían al calor de unos tragos. En la playa también se veían grupos de muchachos que charlaban alegremente, alrededor de unas fogatas. Pero María Teresa y Julián deseaban dormir y se dirigieron a su apartamento.

El verano había imperado durante varios días; pero el jueves 3 de enero por la tarde el cielo comenzó a tornarse gris. Cúmulo de nubes se desplazaban lentamente hacia el sur y una leve brisa fría modificó la temperatura. Tal como lo había prometido, Julián llegó un poco antes de las 6 a casa de Eloisa; le acompañaba María Teresa. Ya su padre tenía ordenadas las maletas y la pequeña Rosario, su nieta, lucía bien acicalada y contenta por la cercanía del viaje. Una tenue llovizna caía sobre el poblado, cuando el grupo familiar partió hacia el aeropuerto, situado a menos de veinte minutos del poblado.

La lluvia arreció y cuando llegaron al aeródromo el descenso se hizo dificultoso. Un mozo les facilitó un gran paraguas y llevó sus maletas hasta la recepción. Mientras esperaban la salida del avión, conversaron sobre temas diversos. El sueño con el padre volvió a surgir durante la charla, pero Julián le restó importancia y, a propósito, cambió el tema de la conversación. No le cupo la menor duda de que, la imagen del abuelo rondaba por la mente de su padre.

Cuando llamaron para abordar la nave, llovía con menor intensidad. Protegido por un paraguas, Julián acompañó a su padre y a la niña hasta el avión, en donde les recibió una azafata vestida de un elegante uniforme azul turquí. El viejo subió la escalerilla con cierta dificultad. Se despidieron con un abrazo.

—¡Gracias, por todo! –le dijo, cuando cruzaba el umbral de la portezuela del avión.
—¡Adiós! ¡Nos veremos pronto, allá en Medellín! —dijo Julián, con una amplia sonrisa. Trataba de disimular su preocupación por el estado de salud de su padre.

Eran las ocho y diez minutos cuando el avión avanzó hacia la pista, para iniciar su vuelo hacia Medellín. El viaje, hasta el aeropuerto de Rionegro, tendría una duración aproximada de hora y media. Fue la última vez que Julián y su padre tuvieron la oportunidad de conversar.

A principios de la segunda semana del mes de enero, Julián y María Teresa regresaron a la ciudad de Medellín. Deberían comenzar sus labores profesionales, luego del descanso vacacional.

Dos semanas después de haberse despedido de Julián en el aeropuerto, el viejo Simón festejaba, en familia, el cumpleaños de una nieta. Conversaba, muy entusiasmado con los allí presentes, cuando súbitamente sintió un mareo y, sin fuerzas, se reclinó en un sofá. En principio creyeron que era efectos de unos pocos tragos que había tomado, pero cuando notaron que el anciano convulsionaba, resolvieron llevarle a una clínica cercana. Eran las 9 de la noche del 20 de enero.

Cuando llegaron a la clínica, no fue capaz de responder a las preguntas que le hacía el joven médico que le atendió; estaba confuso y desorientado. El profesional comprendió, desde un principio, la gravedad del viejo y dispuso su traslado al hospital, donde existían mejores recursos. Cuando lo ingresaron al sanatorio, ya había perdido el conocimiento.

Lo llenaron de tubos: por la nariz, mediante un catéter, recibía oxígeno; una sonda vesical facilitaba la eliminación de los orines; por las venas de sus brazos le transfundían líquidos y medicamentos. Permanecía inmóvil, con su mirada fija, como si estuviera observando y reconociendo a quienes le rodeaban, sin poder comunicarse con ellos. El neurólogo lo examinó en la madrugada. La radiografía del cráneo reveló un extenso derrame que ocupaba el hemisferio cerebral izquierdo, causa principal de su estado crítico.

Un neurocirujano opinó sobre las posibilidades de un drenaje craneal sin garantizar su recuperación. Su médico de cabecera y amigo personal, más comprensible, tomó la decisión de no intervenirlo quirúrgicamente. Tres días más tarde, una bronconeumonía complicó su estado de salud, ya deteriorado, y acabó con su vida.

El padre de Simón había cumplido su promesa.

 
 
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