Jubilados
Las quejas de un caballo
Por Gustavo Molina R.
Miembro Fondo Social Médico de AMDA
Por fin me concedieron la palabra.
Hablaré de la vida, como rocín o caballejo. Fui consciente cuando oí que a mi madre le gritaban “yegua” y a mis compañeritos “potros” y a sus amiguitas “potrancas”.
Mi madre me mostró las ancas, cuando ya grandecito pretendí prolongar mis gustos lácteos. Ya poseía cuatro dientes cuadrados para masticar paja y pienso:
Entre mis dientes y muelas quedó un espacio que ese SER HUMANO aprovechó para ponerme algo metálico, frío y fuerte que, pisoteando mi lengua, me obligaba a obedecer.
Fuimos encerrados en talanqueras, primera prueba de la pérdida de nuestra libertad. Meditamos que la esclavitud sería nuestra total vida… peor que vida de perro.
Presencié lo que le hacían a mi madre en cascos, cuello, cola, mientras me embozaban… Y peor le ocurrió a mi padre, le arrancaron órganos reproductores sin anestesia.
Algo sí me alegraba, y era escuchar que éramos preciosos, bellos, fuertes. Pero vivó muy triste cuando escuché que serviríamos para ir al frente de sus guerras a poner el pecho frente a armas destructoras mientras gritaban… “carga de caballería”.
Cuentan mis abuelas equinas que algún día tuvimos dedos con uñas para hacer huequitos pero, a fuerza de trabajo, aquellos dedos se cornificaron y quedamos con “cascos cornificados” y ya para rascarnos necesitábamos la cola o los dientes del vecino… pero también nos cortaron la cola marta-moscas y nos dejaron una brocha gigante inútil y afeadora… colimochos de Hipódromos. Y esos zapatos córneos naturales que impidieron trepar, tienen entre los hombres, quienes los corten, martillen, claven y pongan unos hierros… se llaman herradores y ponen herraduras cerca al corvejón. Esos martillazos duelen en todas nuestras coyunturas y no podemos huir porque estamos atados con rejos… ¡Ah, si los hombres probaran estos martillazos en los talones, de pie y con las manos atadas…!
Cuentan que en las campañas libertadoras se fundieron cuchillos, llaves y sables para hacer las tales “herraduras” que malgastadas son reponibles periódicamente para tormento consecutivo. Pero ellos se cuidan… con aguas tibias ablandan sus uñas, para que las damas las pinten en el proceso de “pedicure”. ¿Quién calentaría las herraduras del caballo de Atila para que al pisar se secase la hierba?
Aún jóvenes, recibimos el “bocado” lengüeta metálica o frío pisa-lengua, que nos hace obedecer direcciones cual bozal.
El AMOR HUMANO hacia nosotros obedece a nuestra sumisión. Obediencia y servicio físico agotador. Ni siquiera agradece que fuimos y somos el mejor medio de transporte. Tenemos diferentes verdugos humanos: los “chalanes” que nos corretean, los “Jockeys” que nos agotan en sus CARRERAS con apuestas, los “maromeros” de circo, parados en nuestro raquis y, en fin, los “arrieros” que a más de fuetazos con viril de toro, nos apostrofan con soeces expresiones, gritos y apodos… estos al menos nos calman con sus trozos de panela negra… endulzadota de la fatiga por excesivas cargas de transporte.
“Freno” quiere decir “espíritu”: con ello nos dominan. Es que los humanos padecen “frenología” cuando entre su cerebro el alma se les distorsiona hablando.
Ahora: si nuestros miembros delanteros son rectos, hay aprobación. Pero si como ellos poseemos Piernas en “o” o en “x” , ganamos más insulto: “caballo pechi ancho”, “pati abierto”, “pati zambo”, “estevado”…
Poco reconocen que tenemos caracteres de sus mujeres: bellas cabelleras; ojos grandes; hermosos pechos; caderas anchas, lisas y redondas… y sobre todo diferentes pasos al marchar… trotadores, galoperos, bailarines, ritmo colombiano, ritmo peruano y, en fin, paso de ganso, o bien un zapateo rítmico como bailarina española.
Pero nos afean: el pelo de la nuca es recortado “a la brocha” y jamás podemos rascarnos el cuello. Cortan la cola y dejan un muñón como una gigante brocha, para que se rían las moscas y los tábanos.
Los caballos somos inteligentes. Durante la domada somos tolerantes y entonces se dotan de aperos, fuetes, sillas, alfombras, zamarros, botas, calzones de cuero, corazas. Y nos visten para unas “justas” en las que mueren estúpidamente descabezados… para complacer a cualquier mujer cortesana.
Dormimos en celdas o caballerizas sobre paja que nos comemos y de sobremesa recibimos un “aguarras vinagre”. Corremos si nos aprietan talones contra las costillas, pero lo hacemos para evitar las tales espuelas agresivas y sanguinarias (una rodela con puntas) para desgarrar el vientre. Con suficiente valor penetramos en sus guerras, de frente a lanzas, alambradas, tanques, llamas y la MUERTE.
La malicia del hombre también nos escalafonó en “clases“: los de monta, los de carga, los de carrera, los de arrastre, los de carreta; tenemos que mirar con los lados tapados y así otros vehículos pueden atropellar.
Y no suspiramos y no nos quejamos teniendo sólo como defensa nuestros remos traseros para una coz.
Ciertos países idearon CIRCO con espectáculos en que padecemos a más no poder. Son corridas con algo llamado suerte de varas… allí nos ponen almohadas y enjalmas por los lados, y nos vendan los ojos. Así parados y al descuido, debemos soportar un empujón del toro de 600 kilos, y todo mientras soportamos un torpe jinete quien a veces permite que el cuerpo del toro rompa nuestra barriga y esparza nuestras vísceras, y todo ello con sonido de clarín y gritos de embriagados que aplauden el juego sanguinario.
En su vanidad, el hombre conformó sociedades que llamó órdenes de caballería. Cristianos católicos idearon Caballeros de Malta, Caballeros Cruzados, Caballeros de Cruzadas, Caballeros de Santiago, Caballeros del Santo Sepulcro, Caballeros de Calatrava, Caballeros de Alcantara. Todo por reyes sanguinarios, guerreros y locos.
Y en esta destrucción, también han participado animales de mi sangre como mulos y borricos con la cara frente a la espada y el alfanje.
Los hombres son ingratos que han vivido entre nuestro estiércol amasado y endurecido con barro, para los ranchos y edificaciones “emboñigadas”, y la forma como nos honran difiere: Un honor fue vestir capa de Cónsul a uno de nuestros congéneres, pero ello lo hizo un tal loco Emperador de Roma a quien llamaron Calígula. Hubo un par de locos que en enflaquecimiento mantuvieron un rocín que impulsaban hacia molinos de viento. Parece que lo apelaban “caballero andante”, cuando el andante era el caballo.
Cuando llegamos a viejos, con las apófisis espinosas vertebrales ulceradas y ennegrecidas, demuestran su piedad regalándonos un balazo en la frente. Lo mismo hacen si nos fracturamos un miembro, por no pagar hospitalización o ortopedista.
Un canto mexicano recuerda la marcha moribunda de un cuasifamiliar por todos los estados hasta llegar a Sonora, en donde cayó muerto sin auxilios, exequias ni agradecimientos.
Por haber tenido trepados los grandes matones de la Historia, son célebres algunos equinos: el del Cid, el del Caballero sin tacha, el feo Bucéfalo que con un incendiario desde los 20 años asoló ciudades de Asia Menor. El “palomo” de El Libertador, más flaco que Rocinante.
Los hombres artistas han logrado fraguarnos para lo que llaman “estatuas ecuestres” públicas, pero también allí va encaramado el hombre para eternizar su vanidad: premio por haber matado congéneres.
Hay acierto al dar nuestro nombre a la medida de Fuerza: “Caballo de Fuerza”, máquina de x caballos. Y también hay acierto cuando a los ladrones les dijeron “Caballero de Industria”.
Para las damas, muy poco recuerdo. Tal vez desde orina de yegua extraigan el calmante de los calores del Climaterio…
En España murió una yegua del Reino y en su feo embalsamamiento, contrahecho y barrigón, montaron, para retratos, a Reyes y delfines, también decadentes por lo feos y por lo locos.
Ya el hombre progresista del año 2000 aprendió a degustar nuestra carne y competimos con viejos burros en las salchicherías.

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