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Perfiles
Carlos Coriolano Amador, o los Millones
Por Mario Escobar V.
Periodista y Escritor
"Fortuna no vi ninguna
Cual la de ese caballero
A quien hizo su ternero
La vaca de la Fortuna”.
Carlos Coriolano Amador tuvo una larga estatura de lanza. Tuvo su delgadez de línea. Tuvo longas las piernas. Siempre le pareció a las demás gentes pequeñas que andaba en zancos, como las garzas.
Tuvo cara afilada, con un mirar que partía como un filo. Una mirada de águila, que traspasaba. Siempre las gentes que apenas miraban al uso dulce de los gorriones le quitaban los ojos a los de él, porque reventaban.
Tuvo desde siempre mandona la voz, aunque no estuviera mandando. Las gentes comunes, al oírlo, querían salir prisientas a hacer cualquiera cosa: cualquiera, y rápido y bien.
Coriolano Amador no fue llamado con el nombre completo, sino apenas con el apócope de «Coro» por las gentes del Medellín de entonces, ésa del 1.860 al 1.920, porque el nombre entero se les enredaba en la lengua como un hilo largo. Coro nunca renegó del Medellín que lo acogió cuando llegó de las orillas de sal del mar Caribe, todavía sin nacer, empacado en su padre.
Acá brotó y creció y murió. Siempre estuvo la ciudad debiéndole, y está, porque aunque Coriolano se benefició con montones de billetes habidos de cada obra que emprendió, cada una de ellas, o casi todas, benefició antes que a él a la ciudad y a sus gentes.
Coriolano Amador tuvo durante toda su vida a la Buena Suerte consigo. Ella dormía con él, y en cada dormida se le daba como la más obsecuente de las amadas. Ella iba con él a los negocios, y los resolvía a su favor: el de Coro. Ella se sentaba en las rodillas de él en las mesas de juntas, y hablaba con la voz de él, y lo hacía mirar con su mirada de Buena Suerte, que no lo dejó jamás.
Cuando se casó, Coriolano traía a la unión de tálamos fortuna propia y sabiduría de manejarla. Pero tuvo a mujer con mucha más plata que la de él. Fue esposa sumisa, recatada, honrada, hermosa, que le dio los hijos suficientes, y que jamás tuvo oídos para oír lo que toda la ciudad en ciernes oía: esto es que Coro sabía hacer honor a su nombre apelativo, el de Amador, y que amaba a lindas mujeres de toda laya, que le fueron legión. Dígase si eso no es suerte.
Tuvo Coriolano el sentido exacto que tienen del dinero los ricos de verdad. Los espléndidos. Esos escasos que saben gastar con gracia y con gusto. Que compran muebles Chipendale. Alfombras de Aubusson. Porcelanas de Sévres. Que enlucen los pisos con mármoles de Carrara, y las paredes con maderas de teca. Esos así, que saben del fasto, naturalmente como Mozart supo de música. Los ricos de verdad, que saben que el dinero es para gastarlo.
Y por eso Coro tuvo palacios. Verdaderos en largura y anchura y altura. Y en lujos. Y varios. Uno de ellos en París. Para allá se iba en temporadas de siete meses a un año, con toda la familia: esposa, hijos, yernos, nueras, nietos, criadas, mayordomos, bauleros. Iba en trance de lo que era: multimillonario. En un tiempo en el cual un buen par de zapatos costaba por los cincuenta centavos, porque entonces la moneda valía, él se gastaba en un año y en un viaje a dos millones de pesos. (¡Hagan cuentas!).
“Coriolano” es un gentilicio, el de Coriolis. Allí nació un renegado de su imperio, el romano. El Senado le causó alguna injuria, y él se alió con los enemigos de Roma, y quiso destruirla. Acaso hubiera podido, si su mujer e hijas no le hubieran apilado muchísmos “no, y no, ¡y no! Les hizo caso. Shakespeare tiene un drama con ese nombre, y con esos hechos. Beethoven a una obertura.
Sus socios se arrancaban los pelos. Porque a ellos el dinero gastado no les volvía, como sí a Coriolano. Para él el dinero era como el saber de los buenos profesores, que lo entregan pero les queda. Que lo prodigan, pero se les acrecienta.
Un ejemplo de los cómo de ese volver sería la Mina de El Zancudo, que daba más oro en cada año que cualquiera otra mina del mundo, y lo daba más puro. A ese oro lo preferían en el orbe entero. De él decían que era de 28 quilates, cuando el más puro tenía 24. (Es decir que de cada 24 partes, 24 eran de oro). Pero el oro de Coriolano tenía 28 partes de oro por cada 24 partes físicas. Era una exageración para decir que no iba ligado ni con plata, ni con cobre del cual desaliarlo. Oro puro, con el amarillo mejor, pesado con la pesadez divina, sudor del sol como lo creían los indígenas americanos, bellamente, listo para el lingote o para el cuño. La Mina de El Zancudo era la empresa más grande de Colombia, y la más rentable, y la más valiosa del país: más que Bavaria, que ya envasaba cervezas.
(En alguna vez la entraña de roca de esta mina legendaria dejó de tener los oros múltiples, extraído hasta el último gramo, y los socavones se le enquistaron en silencios. Los cerraron. A su campana, la que daba los tañidos para laborar, se la trajeron para Medellín, mudo el badajo. Luego de avatares y de dueños varios acabó en el Liceo de Bachillerato de la Universidad de Medellín, por Miraflores arriba. Le fabricaron un alto campanario con techo y se olvidaron de ella. Nunca tañe, castrada del rejo, inmóvil el badajo que fue cantador y laborioso. Cree el cronista que la costumbre de verla la hizo invisible, y que pocos –si alguno- saben lo que fue: la que mandaba a peones por el oro.)
Pero para Coriolano Amador había otros oros. El comercio como de los mejores. El de ultramarinos: sedas, rasos, tisúes, faraláes, cintajos para las bellas. Licores costosos como oro embotellado, para la sed de los potentados. Joyas laboradas por laboriosos: para cuellos en donde van apareciendo bellas turgencias. Para muñecas frágiles, arriba de las manos. Para dedos impolutos, blancos, largos como deseos. Cosas así, vedadas a los miserables.
Pero también vendió el agua. Abajo la ciudad lavaba la sed con aguas de cisternas, aguas quietas, de esas hondas que magnifican los susurros y de cuyos fondos, en el día, puede verse a las estrellas. Había que extraerlas de a pocos, con baldes que fatigaban con su peso a los brazos que los subían. Pero Coriolano sabía que por arriba, por los orientes, por todo Miraflores que era una su posesión de inmensidad, las aguas corrían puras, sin uso. Coroliano las canalizó, las metió por la oscuridad cilíndrica de atanores empatados, y las llevó por debajo de las calles a las casas. Negocio fluido, redondo, casi sin gastos después de los iniciales, rentador más que el oro y casi inagotable.
Con un consorcio Coriolano construyó la carretera a Santa Helena. Una obra beneficiosa para miles de gentes, pero que era como una puerta retorcida y larga para fraccionar, habido el acceso, sus tierras inmensas. También las volvía oro. Antes baldías, barbechadas, no le servían para nada.
Cuando supo que la gente nueva iba prefiriendo los billetes al oro acuñado, pesado sumo, rompedor de bolsillos, puso banco y emitió billetes. Llevaban su efigie, de bigotico recortado y presumido. El cambio del oro por papeles impresos le rentaba. Por ahí quedan unos pocos, en colecciones. Aseveran que «La Sociedad El Zancudo» los respalda. A la izquierda se ve una labor de mineros. Al centro Coriolano, raya en el medio separándole la crin, boca cerrada con labios finos sin sonrisa.
Y también, por asuntos de minas, y de comercios, y de ganados, con otro consorcio construyó a Puente Iglesias, sobre el río Cauca, abajo de Fredonia y antes de Jericó. Como no sabía de los cálculos de los ingenieros, pero sí de asuntos pragmáticos, vibles, para darlo por recibido y sólido y capaz, de José María Villa quien fue el ingeniero que lo tendió suspenso de cables, ordenó que lo rellenaran de novillos gordos. Lo rellenaron, y relleno lo tuvieron todo un día. Cientos de miles de bifes en potencia. Cientos de cachos entrechocando, más miles de pezuñas agudas. Cuando la sed y la impaciencia de los animales se hicieron mugidos en rebaño, dio por bueno al puente y por recibido.
Él supo, desde antes de que el primero de los gruesos cables se retorciera de otros delgados, cuántos miles de pesos iría a rentarle cada uno de los invertidos en el puente. Tenía en el más allá de él pasturas, y ganados, y minas, y tierras de cultivo. Pero a esa obra pudiera llamársela típica de las suyas, porque también benefició a regiones enteras. A los municipios de Fredonia, Jericó, Tarso, Pueblo Rico, Támesis, Andes, Jardín, Buenos Aires, Caramanta, Valparaíso. Antes de él, el inmenso Río Cauca separaba a esas tierras, y a esos pueblos, de Medellín. El puente las soldó con las otras tierras de este lado, generó carreteras, las hizo cuerpo único con la capital. Obra de su propiedad, no podía no cumplir una función social. Como el acueducto que echó hacia la ciudad las aguas corridas desde Miraflores. Como la carretera que acabó en Rionegro. Como la plaza de mercado que erigió en plazonón de Guayaquil, que él construyó igual, y que también nació untado de beneficios colectivos.
La obra anterior, el complejo que fue la Plaza de Guayaquil con todas las proyecciones magnas, fue una obra maestra de rentabilidad. La construyó también sobre latifundios suyos: unos pantaneros dilatados, marjales a donde los patos migratorios llegaban por millones, y en donde los patos nativos eran millonadas. Paraíso de cazadores, a esos pantaneros los hacían las aguas que rodadas llegaban de las colinas, y que se acostaban en la llanura para dormir largamente. Coriolano avenó. No era difícil, con el río cercano. A él llevó a las aguas despertadas y las mandó para la porra. Abrió la calle de San Juan, y otras. Alzó edificios comerciales. Vendió tierras a precios que eran millones de veces los de adquisición, y de verdad-verdad que arreó a la ciudad de Medellín hacia occidente, explayándola. Medellín le debe eso, que es mucho deber.
La ciudadela de Guayaquil, con su corazón de plaza de mercado y su estación del ferrocarril, pasó a ser el centro de Medellín, desplazándolo del Parque de Berrío. El corazón trashumaba. En su nuevo sitial latió por docenas de años. Y cuando el ferrocarril se murió de carreteras que eran más veloces, Guayaquil se murió también. Ahora parece palpitar resurrecciones, con las sedes administrativas del municipio, el departamento y la nación sitas en terrenos que fueron patio de maniobras de las jadeantes locomotoras del Ferrocarril de Antioquia.
Guayaquil fue puerto. “Puerto” es apenas el nombre macho de puerta: es decir por donde se entra. Por él entraba toda la comida que consumía la ciudad. Y toda la gente, la más en tren. Pero también en mulas, y en automóviles, cuando los hubo. Y todo lo comercializable.
Y, quizá para evitar que acabaran llamándola Coro, en el trabajo de decir «Coriolano», llamaron «Amador» a una de las calles que él abrió. La llamaron con su apellido, en una nominación justísima. Todos los nombres de calles y carreras de Medellín honran a países, a próceres, a batallas. Menos Amador, que honra a un rico. Pensándolo bien, el cronista encuentra en su faltriquera de recordar apenas a otros dos nombres, al de “Moore” y al de “Gardel” para recordar a personajes: el de Moore, porque él regaló a la ciudad los terrenos para el Parque de Bolívar, y a la Curia los para la construcción de la Basílica Metropolitana. Y el de Gardel, que lleva la carrera 45, porque esa región de Manrique es muy aficionada al tango. Todos los otros nombres de calles y carreras de Medellín honran a países, a próceres, a batallas. Menos Amador, que honra a un rico, Moore, que lo hace con un donador, y Gardel que recuerda a un cantante.
Y no a cualesquiera naciones: A Colombia, como prototipo. Y a las hermanas: Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina. Y no a cualesquiera próceres: Bolívar, Sucre, Córdoba. Ni a cualesquiera batallas: a Junín, a Carabobo, a Ayacucho. Y se honra también a “La Paz”, que puede ser esa entelequia tan buscada y al parecer imposible para los humanos, o a esa ciudad de fríos.
No es, pues, una bagatela la distinción que se le hizo a Coriolano.
A don Pepe Sierra los lanudos bogotanos lo llamaron «El Becerro de Oro»: por ternero. Era brusco, basto, arduo, agrio. Y merecía en todo el mote, salvo en lo de ser un genio para hacer dinero. Se relacionaba, en los asuntos coloquiales, apenas con galleros y con arrieros, que no suelen ser pulidos. Es sabido que los apodos nombran mejor que los nombres, y que se quedan imborrables cuando alguna persona quedó mal bautizada. Suelen ser cortos, exactos, descriptivos y tenaces.
Pero cuando úno supo que a Carlos Coriolano Amador lo llamaron «El Burro de Oro», se sorprende. No le halla la justificación. Era viajado, muy mucho. Tenía un gusto excelente para tapices, muebles, vajillas, alfombras, cuadros, maderas. Nació en un ambiente culto, y lo extendió en todo lo suyo. En el sótano de uno de sus palacios tenía a una imprenta, y en ella, con sus manos, editaba libros: ¡de versos!, algunos. Eran ediciones reducidas, no comerciales, de papeles caros, encuadernaciones lucidas y caras: «bagatelas» joyosas, para su gusto exclusivo.
Entonces lo de «Burro» no da, salvo esto, picaresco: en la costa Atlántica los desenfadados llaman burro al varón bien dotado de órgano viril. Al fuera de serie en ese aspecto. Si por ese motivo fue que así lo llamaron, y él ciertamente era muy amador, apellido aparte, tenemos que convenir que la Vaca de la Fortuna, que se pasó la vida amamantándolo, fue más que generosa con Carlos Coriolano Amador.
A otra cosilla, como la de que muchos ricos no lo quisieran bien, entre ellos y al frente sus cuñados, las tuvo por baladíes. Eran naturales: ellos conservadores, y él liberal. Ellos camanduleros, y él harto anticlerical. Él manirroto con el dinero, y ellos puño cerrado sobre el centavo miserable. Él sin ocultarse, yendo con mujeres bellísimas a su finca de Miraflores, y ellos pecando lo mismo, pero a escondidas, hipocritones. Era de ellos, de sus iguales, de quienes estaba cansado cuando murió en 1919, de 84 años.
Apenas con un año de diferencia murieron él, El Burro de oro, y Pepe Sierra, el Becerro ídem. Dos polos en la manera de ser ricachones.
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