Semblanza de Carlos Gaviria Díaz
¿Podrá este profesor y constitucionalista convertir al polo en la segunda fuerza electoral del país?

El radical
El radicalismo, tal como lo entiendo, es tan bueno que nunca renunciaría a él -le dijo a CAMBIO-. Soy radical en la defensa de la autonomía personal, en la defensa de la igualdad, en la defensa de la justicia. La gente suele confundir el concepto de radical con el de extremista. No sólo son diferentes. En cierta medida son contrarios. Un radical es un civilista, un defensor de los derechos individuales y de la búsqueda de la equidad.
(Tomado de revista Cambio. Semana del 27 de marzo al 3 de abril de 2006)
Como si no hubiera sentido el peso de la responsabilidad que cayó sobre sus hombros la víspera, cuando se alzó con la candidatura única del Polo Democrático Alternativo (PDA) a la Presidencia de la República, pasadas las 6:00 p.m. del lunes 13 de marzo, Carlos Gaviria Díaz ingresó con su esposa, María Cristina Gómez, a una de las salas de Cinemanía, en el norte de Bogotá, para ver una película. Después de intercambiar cortos saludos con espontáneos espectadores, Gaviria Díaz se sumergió en los bellos paisajes japoneses de Memorias de una geisha y, durante un par de horas, se olvidó del conteo de votos y del compromiso que tiene de, cuanto menos, convertir a la izquierda colombiana en la segunda fuerza electoral del país.
Siempre reflexivo, el ex presidente de la Corte Constitucional que sacudió la jurisprudencia mediante sentencias con frecuencia polémicas pero muy bien fundamentadas, se metió a la política electoral hace cuatro años cuando resultó elegido senador con la quinta votación más alta del país: 114.886 sufragios. Igual que entonces, en esta oportunidad y tras derrotar a Antonio Navarro, Gaviria tomó sin angustias el reto que tiene por delante para fortalecer la más importante opción histórica que ha tenido la izquierda en el país, y lleva varios días siendo el mismo que era cuando dictaba cátedra en la Universidad de Antioquia, cuando ocupaba una de las nueve sillas de la Corte Constitucional o cuando se desempeñaba como senador.
Cada vez que habla, ya sea en un debate o en una entrevista, sus interlocutores sienten que están frente a un profesor. Su vocación de pedagogo no la ha dejado extraviar a pesar de las tentaciones que conlleva el ir adquiriendo reconocimiento y poder político. Aunque utiliza términos fuertes para calificar a sus contradictores, en especial al presidente Álvaro Uribe, de quien dice que es «autoritario y ambicioso», la suavidad de su voz amaina el mensaje.
En un país donde la mayoría dice inclinarse por el consenso y rechazar los extremos, es extraño que un hombre que se define a sí mismo como radical esté experimentando un ascenso tan rápido en las encuestas. Algo similar sucedió con Álvaro Uribe hace cuatro años, a pesar de que representaba la propuesta más dura de todos los candidatos. Y es que ahora que Gaviria enfrenta el desafío de convertirse en el más votado de los antiuribistas, su mensaje radical, contrastado siempre con su bonachona imagen de Papá Noel, puede resultarle de gran utilidad.
De hecho, ya ha logrado bastante. No sólo pasó en cuestión de pocas semanas de intenciones de voto del 1% y el 2%, a una de casi 10% en la última entrega de La encuesta de los medios, encargada a Invamer Gallup por un grupo de medios de comunicación del que hace parte CAMBIO. En el mismo sondeo, Gaviria sale bien librado en materia de imagen negativa. Mientras Horacio Serpa tiene 45.5% y Antanas Mockus 44%, el candidato del Polo sólo llega a 24.4%, unos puntos negativos por encima del presidente Uribe (19%). En pocas palabras, Gaviria no genera mayores resistencias y eso puede ser definitivo en esta campaña.
De profesor a político
«El radicalismo, tal como lo entiendo, es tan bueno que nunca renunciaría a él -le dijo a CAMBIO-. Soy radical en la defensa de la autonomía personal, en la defensa de la igualdad, en la defensa de la justicia». La gente suele confundir el concepto de radical con el de extremista. No sólo son diferentes. En cierta medida son contrarios. Un radical es un civilista, un defensor de los derechos individuales y de la búsqueda de la equidad.
Pero por cuenta de esa confusión, presentarse como radical puede generar malas interpretaciones o rechazos. El ex ministro del Interior Fernando Londoño, con quien sostiene una controversia pública desde cuando coincidían en debates en el Senado, escribió en su columna del martes 21 de marzo en El Colombiano de Medellín: «Todas las dictaduras del mundo se disfrazaron de demócratas, desde las bolcheviques y maoístas, hasta las castristas y las del Pol Pot o Chávez, y todos los seudodemócratas se pretenden socialistas, como (Carlos) Gaviria y (Horacio) Serpa. Tipos aburridos».
Gaviria no tiene ningún reato en presentarse como la antípoda política del Presidente y en afirmar, sin que el tono de voz suba siquiera un poco, que en Colombia no hay democracia. Para este hombre, nacido en Sopetrán, Antioquia, el 8 de mayo de 1937, es inconcebible que «si la democracia es el gobierno de las mayorías y representa el triunfo del interés general, ¿cómo es posible que esas mayorías hayan decretado el infortunio en que se encuentran? Y ¿cómo es posible entonces que pueda hacer parte del interés general el que en Colombia haya pobres, haya miserables y que la riqueza esté tan mal distribuida?».
Y aquí radica una de las grandes diferencias entre Gaviria y Serpa, los dos hombres que batallan por ganar más adeptos antiuribistas. Mientras el tres veces candidato oficial del liberalismo ha limitado hasta ahora su discurso a vagas propuestas sobre «lo social» y a tachar a Uribe de candidato de los paramilitares, en vez de frases que alguna vez fueron efectistas, Gaviria prefiere, con sus dotes profesorales, elaborar tesis y demostrarlas.
Por eso mismo, la impresión que se forman quienes lo escuchan es que tiene fondo. Claro, cuando a mediados del año pasado arrancó su campaña en pos de la nominación de la izquierda, ese tono de catedrático parecía más bien un obstáculo. Lo cierto es que lo fue morigerando hasta hacerlo más directo y fácil para las multitudes, todo ello sin perder la carga de contenido del intelectual que es.
Renovador de 69 años
Lo interesante de las tesis de Carlos Gaviria es que, aún si en muchos casos han sido trabajadas con las herramientas marxistas, lo que traducen a las claras es el pensamiento liberal de avanzada que, como el propio Gaviria lo ha dicho en repetidas ocasiones, «el liberalismo abandonó». Gustavo Petro, ex guerrillero convertido desde hace años en combativo y agudo crítico del sistema y de los gobiernos de turno, lo tiene claro.
«Carlos Gaviria es un liberal radical por sus conceptos filosóficos. Sus tesis constitucionales son de un liberalismo profundo, y un liberalismo profundo es radical, cosa que los liberales de hoy olvidaron», asegura Petro, quien sostiene, además, que Gaviria es uno de los mejores candidatos que ha tenido la izquierda colombiana en la historia.
En el PDA es visto, comparado con el presidente Uribe y Horacio Serpa, como muy superior por sus calidades intelectuales y personales. Pero también reconocen, como lo hizo la bancada parlamentaria el miércoles 22 de marzo, cuando se reunió para escuchar a Gaviria y a su fórmula a la Vicepresidencia, Patricia Lara, que no tiene experiencia electoral y que es percibido como alejado de la gente.
Otros, en cambio, ven en eso una virtud. No hay que olvidar que Gaviria no es un hombre de organización sino un individuo que quiere ser libre -como todo liberal radical- y que ve en el Polo no la posibilidad de forjar un partido cerrado en torno a una sola idea, sino una oportunidad de expresar sus ideas y de pelear por ellas. Ese aprecio por cierto tipo de individualismo si se quiere hedonista se confirma en su debilidad por la buena mesa, la música de Beethoven, la poesía y los idiomas que domina: inglés, francés, alemán e italiano. Nada valora más que una velada privada con sus amigos más cercanos, con aguardiente, tango y mucha poesía.
Su esposa, María Cristina, es bastante franca al respecto: «Carlos tiene méritos personales e intelectuales que le permiten desempeñarse dignamente, pero creo que no es una persona para tener la vida pública que obliga la política». Ella, con quien en diciembre va a cumplir 40 años de matrimonio -tienen cuatro hijos- asegura que, «por su introversión, le gusta vivir su privacidad y le cuesta mucho mostrar la intimidad de su ser, que está reservada para muy pocos».
Al Carlos Gaviria constitucionalista, al académico, al intelectual, se le suma hoy el Carlos Gaviria político. Con la firmeza de su carácter sostiene que él representa la novedad en la política, así sea mayor que todos los demás candidatos: a punto de cumplir 69 años, le lleva 15 al presidente Uribe y a Antanas Mockus, seis a Horacio Serpa y cinco a Álvaro Leyva.
Lo que viene
Que él sea una novedad en la izquierda habla sobre todo mal de la izquierda. Y aún así, habrá que ver si Gaviria logra romper el viejo molde de la «personalidad democrática» -como Hernando Echeverri en 1974 y Gerardo Molina en 1982- que por décadas el Partido Comunista buscó en Colombia para suavizar su rostro. Clave en este punto es su rechazo radical a la lucha armada y a la combinación de la formas de lucha que el PC -que hace parte de la coalición del Polo- sigue defendiendo, pero que el Polo como tal rechaza en un debate que, según Gaviria, «se está dando dentro del propio Partido Comunista, lo cual es muy sano».
Como lo ha señalado por años otro profesor, el ex ministro Fernando Cepeda, la verdadera vocación de la izquierda colombiana -incluida la guerrilla- ha sido la de sustituir al Partido Liberal. En esa medida, y ante la reiterada evidencia de las encuestas sobre lo difícil que va a resultar derrotar a Álvaro Uribe, todo indica que la gran batalla que Carlos Gaviria puede librar en los dos meses que vienen, debe ser por ganarle a Horacio Serpa y convertirse en el primer candidato de la izquierda que alcance el segundo lugar en una elección presidencial.
Aunque todavía Serpa dobla a Gaviria en intención de voto (ver La encuesta de los medios), lo cierto es que mientras Serpa creció un tercio, el ex magistrado multiplicó esa intención por cinco. Si Serpa se empeña en competir con Gaviria por ver quién es más de izquierda, es posible que termine de perder a los pocos centristas liberales que aún no están del lado de Uribe.
En ese caso, las posibilidades de que Gaviria -que resulta mucho más creíble para los votantes de izquierda- llegue más lejos que el ex ministro liberal, son grandes. Y pondrían al país en el mismo escenario que presentan muchas democracias en el mundo de hoy: una coalición de centro-derecha de un lado, y al frente una coalición de centro-izquierda. Si esto se da. Si en efecto Gaviria queda segundo detrás de Uribe, le habrá propinado de paso, y de manera paradójica, una gran derrota a la guerrilla, que siempre ha sostenido que la izquierda no puede alcanzar la disputa del poder sino por la vía de las armas. Algo de eso ya sucedió con el triunfo de Lucho Garzón en Bogotá hace dos años y medio. Pero se consolidaría si el candidato del Polo se impone al candidato del Partido Liberal. ¿Lo logrará?

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