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Si el sol alumbra a todos
Por Eduardo Cano G.
Médico Salubrista

Es un hecho científico que nuestro sistema solar, planetas y todo aquello que hay en éstos, es el resultado del proceso de producción y transformación de la energía del sol.
Es decir, la tierra, nuestro planeta, desde la litosfera, hasta la estratosfera, incluida, la eco-esfera, aquel estrato de nuestro planeta que dio nacimiento a la vida en sus diferentes manifestaciones, con sus mares, sus grandes extensiones de tierra firme, llamados continentes, sus diferentes nichos ecológicos, los reinos vegetal, animal y mineral y el último y más especializado resultado del proceso de la evolución: el ser humano; todos somos el fruto o el resultado del proceso de fusión y fisión de la energía del sol; y tan es así que cuando nuestro sol se convierta en una estrella enana roja y luego se apague, nuestro planeta tierra y los demás planetas que nos han acompañado durante miles de millones de años, desaparecerán y con él desaparecerá la vida y todas sus manifestaciones.
Esta energía transformadora y creadora nos llega a todos los habitantes del planeta durante las 24 horas del día, como una relación necesaria que el sistema provee a las partes que lo componen. Todo lo que hay sobre la tierra, desde los reinos mineral, animal y vegetal, que configuran la gran suma de los recursos naturales de la humanidad, son productos del Sol y de las reacciones físicas y químicas que llevaron a la aparición de la vida sobre el planeta. Por esto, se dice que el planeta está vivo y está vivo porque es una parte constitutiva, consustancial, de un sistema también vivo que es el sistema solar.
Si esta relación es real, objetiva e incontrovertible, si somos hijos del sol, algo que nosotros olvidamos con frecuencia, pero que nuestros aborígenes y los aborígenes de todas las regiones del mundo saben desde tiempos ancestrales y si ese sol nos llega a todos sin ninguna reserva, y con él nos llega la energía necesaria, sin ninguna restricción, sin ninguna condición y sin ninguna exclusión, ¿por qué razón los frutos de esa relación del sol con la tierra, no le llegan a todos los habitantes del planeta?
Si la energía del sol, es necesaria para la producción de alimentos, vegetales y animales, y para el equilibrio ecológico entre la tierra y sus fuentes de agua y oxígeno y para la producción de todo tipo de recursos para el desarrollo, y si el sol alumbra a todos, ¿por qué, entonces, algunos se vuelven obesos en medio de la abundancia y otros se mueren de hambre en medio de la escasez?
Estas sencillas preguntas no han podido ser resueltas por los más sabios economistas en el mundo, como tampoco han podido ser resultas las que se refieren a la posesión privada de los recursos naturales producidos por el fenómeno natural de la energía del sol sobre la tierra: ¿Qué hace la diferencia entre la energía que el sol le suministra a la tierra y la energía que realmente se consume? ¿Quién se queda con esta diferencia y qué se hace con ella? ¿Es posible que la tierra, el suelo convertido en productivo por la luz y la energía del sol, sea propiedad privada de alguien? Y a ese alguien, ¿quién le entregó esa propiedad privada sobre los resultados de la energía del sol sobre la tierra? ¿Quién hizo esa entrega y con qué derecho?
Estas mismas preguntas pueden hacerse de la misma manera sobre los recursos naturales del subsuelo: ¿De quién son, si su único dueño, el sol, nunca ha autorizado a que sean de tal o cual señor, compañía o corporación?
Este enfoque, que no es original, puesto que hace mucho tiempo que fue planteado por un filósofo y escritor francés, Georges Bataille, se trae a la memoria solamente porque hay momentos en los que es necesario ir hasta el origen más profundo de las cosas. Y este es uno de esos momentos, cuando los hombres se yerguen orgullosos por encima de sus mismos orígenes.
Occidente y sus valores, a pesar de que en apariencia algunos de sus ideólogos pretendan demostrar lo contrario, está en crisis; una crisis terrible de sus valores y concepciones en donde la forma común de proceder, no solamente por la mayoría de los países desarrollados como por las elites dirigentes de algunos países en desarrollo, está cada vez más caracterizada por la mentira, la violencia, la propaganda descarada, el saqueo y la falsificación de la realidad.
Los problemas derivados de la desigualdad entre ricos y pobres no pueden seguir resolviéndose con declaraciones rimbombantes y politiqueras, es decir, con mentiras; pero tampoco con limosnas provenientes del sector privado o subsidios del Estado.
Al respecto, dice la UNICEF que al mes mueren más de cien mil personas de hambre en el mundo, mientras el mundo, la tierra, este componente del sistema energético solar de que hablábamos al principio, bañada y fertilizada por la energía del sol, tiene capacidad para alimentar al doble de la población mundial.(¡)
En nuestro propio país murieron 17 niños por hambre y tuberculosis en la zona de la Sierra Nevada de Santa Marta en los últimos días, paradójicamente una de las zonas que más recursos producen por cuenta del gas y del carbón. En Antioquia, en el primer semestre de este año, murieron cerca de doce niños por desnutrición y se dice que en el país hay cerca de 6 millones de niños gravemente amenazados por este flagelo.
¿Cómo nos atrevemos a seguir hablando de derechos humanos mientras se viola ese primer derecho que tiene todo ser vivo, de alimentarse, de tener que comer, de disponer de la mejor forma de reintegrar a su organismo parte de esa energía que el sol le entrega a la tierra y a la cual tiene el más grande de los derechos, un derecho natural, para poder garantizar el estatus de ser vivo, es decir para nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse y acceder al bienestar y la convivencia con sus semejantes?
Nadie en absoluto se va a conmover con lo que en esta nota se ha dicho. Eso lo sabemos, pues los valores que llevarían a reaccionar ante esta situación han desaparecido hace bastante tiempo, han sido reemplazados por la cultura utilitarista y pragmática del capitalismo de mercado impulsada por la globalización en la actualidad. Cuanto más se dirá que hay que repartir más subsidios para la alimentación o que hay que buscar porque no funcionan los programas existentes de complementación alimentaria o que hay que reformar tal o cual ley de las muchas que tiene nuestro país.
Si se busca resaltar la situación anterior, no es más que para que, si bien es obligatorio aceptar que muchas de las teorías que la izquierda en un pasado remoto o próximo utilizó sobre la desigualdad y sus soluciones, y que han sido superadas por el peso de la historia, es más obligatorio que el capitalismo recalcitrante que gobierna nuestro mundo globalizado reconozca que el camino que está recorriendo, basado en una reinterpretación amañada de los valores tradicionales y obsoletos de su civilización, es también un camino que no conduce a ninguna parte y que, necesariamente, Occidente debe verse forzado a reflexionar sobre los fundamentos de su propia civilización.

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