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Perfiles

Arturo Echeverri Mejía
(Rionegro 1919 - Medellín 1964)








Por Mario Escobar V.
Periodista y Literaro

Hay escritores que maduran pronto: son escasos. De muy pocos años inician su carrera con una obra que siempre aparece como escrita por alguien que les lleva mucha experiencia, y la continúan: un libro tras de otro, siempre ascendente la parábola. Manuel Mejía Vallejo sería el ejemplo entre nosotros, y Truman Capote un otro ejemplar más lejano. Nadie puede explicar esas antinomias porque escribir bien es, como quiera que se lo mire, una madurez. Lo usual es que los escritores alcancen sus logros mejores cuando han vivido mucho: requieren de la madurez de su propia vida para la madurez de su literatura. Por la cuarentena de los años van llegando a la cabalidad, no jóvenes ni viejos.

Tampoco Arturo Echeverri Mejía fue escritor temprano. Si bien es cierto que a una edad temprana publicó «Antares», (usando el nombre de la estrella que lo guió en más de una noche), una obra en la cual narró su propia gigantesca aventura, también lo es que en ella no intentaba reflejar ningunos caracteres de personajes, ni sus interacciones entre sí o con el entorno. Narró de un viaje; de sus antecedentes; de su agitada, recia, devota realización. De pronto aparecía el escritor que bucea en las almas y los hechos como cuando escribió de las tragedias de un colono ribereño, pero no era esa la constante de la obra.

La suya, por demás, fue una verdadera epopeya: en una canoa pequeña descendió desde una base naval colombiana por el Amazonas hasta el Atlántico, y remontó toda la luenga costa continental doblando por la península de la Guajira hasta dar por fin con sus húmedos huesos en Cartagena de Indias. No sabemos si su récord se conserve sin ser homologado o superado, pero él recorrió con otro compañero la mayor distancia a vela que se hubiera cumplido hasta entonces, y así lo reconoció alguna docta y solemne entidad inglesa que acreditó con todos los pergaminos y honores de rigor, su hazaña.

Después de ella, Echeverri Mejía continuó con su carrera de marino y, luego de su retiro, se fue a las extensiones baldías del Bajo Cauca a hacerse una hacienda y un patrimonio, derribando selva. «El Colorado» fue el nombre que puso a su fundo, del cual no disfrutó demasiado porque la violencia política se enseñoreaba del país y, puesta a precio su cabeza, tuvo que dejar el resultado de sus esfuerzos y refugiarse en Medellín. Se le había perseguido por no transigir. Su hombría de bien le impidió cohonestar la política sucia y otra sucia cosa económica que quería aparecer como política. De esa época retoñaron grandes fortunas de quienes compraban por naderías haciendas y ganados de perseguidos y acosados y victimados. Por eso, tuvo que abandonar lo que había edificado y amaba.

Había ya empezado a escribir en forma: no la lineal narración de un viaje en apenas un esquife, en la cual los aconteceres simples del arribo o salida de un puerto, de los embrollos con cónsules y capitostes de aduanas, de las averías o resabios de un motor auxiliar para los arribos y las partidas, o de los vientos que se tenían favorables, o de las calmas chichas. No eso, que fue modular en «Antares», sino ahora de los hombres y de sus actos, y del clima que los envuelve o los motiva, el espiritual, digo, no el de la naturaleza.

Era un novelista. El único relato corto suyo que puede calificarse de cuento y no de mera anécdota tiende más a los novelístico, lleno de personajes y con más de una argumentación, y es el escogido para estas páginas de antología. Es un relato de mar y de puertos y de marineros a los cuales conocía tanto tan bien. Un cuento en el cual el manejo del tiempo lo hace ciencia-ficción: alguien zarpa de un puerto hacia otro un día (martes, digamos) y tras unas horas de navegar atraca el día anterior, es decir lunes. En el cuento el tiempo es un espacio y se supone que puede ser recorrido hacia adelante o hacia atrás. No sabemos hacerlo sino hacia el futuro. Pero a veces se desanda, por accidente.

Escribió tres novelas, todas ellas vitales, extraídas de lo que tuvo en la selva y de lo que supo de la violencia. Cada una mejor que la anterior. El dominio de la literatura se logra ejerciéndola. La maestría se escala, peldaño tras peldaño. Se nace con la disposición y el talento, pero todo lo demás, incluida la disciplina estricta de dar fin a cuatrocientas o más páginas, es adquirido practicándolo. En «El Hombre de Talara» ya Echeverri Mejía iba siendo maestro.

Después lo tomó entre sus múltiples patas y garras el cáncer que lo acabó. Supo que se moría, apenas de cuarenta y cinco años, y no pensaba en sí mismo sino en la obra que tenía consigo y que sería mejor que la que tenía cumplida: se dolía de no poder llevarla a culminación, no de morir meramente. Supo perfectamente que apenas había estado dominando lo de su oficio, aprendiéndolo, y estaba ya considerándose maduro para la obra excelsa: no pudo escribirla. Tal vez no haya dolor más hondo que el de esa frustración que sustrae al artista de lo suyo cuando ya cree tenerlo al alcance de la mano y no ha dado todavía lo que podía dar, que se le anunciaba además.

Fue, al par que un escritor, un hombre de acción. No se da mucho esa combinación de hombres capaces de dominar un río y sus reciales; de ir por la mar en un cascarón, y vencerlo; de entrar en la selva húmeda, oscura, palúdica, inhóspita, agresiva, sola, y mudarla en pastizales y en plantíos. El hombre de letras y el de acción parecen vaciarse en moldes diferenciados. Pero cuando las dos características se dan en uno solo aparece un Jack London. Aparece un Arturo Echeverri Mejía que no nos entregó más porque su tiempo de estar acá era muy corto.

Hoy el navegante-escritor está, lastimosamente, olvidado. Sus obras no se re-editan, y es desconocido por las nuevas generaciones. Es lo que ocurre casi siempre: la fama, esa impía, es transitoria, tiene mala memoria. Pero la obra queda: la de Echeverri está en las bibliotecas. Es lo que importa: la obra, no el hombre.

Obras: Antares, Marea de Ratas, Bajo Cauca, El Hombre de Talara.

 

 
 
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