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Las Reflexiones de Asclepio

De funcionarios, usuarios y sistemas











Por médico Jesús Dapena B.
Psiquiatra y Psicoanalista

Debemos clamar y proclamar que la degradación del acto médico conlleva inexorablemente a la desvalorización de la salud, de la vida y, por ende, de la propia dignidad humana.
Juan Francisco Jiménez Borreguero

En estos tiempos neoliberales, en los cuales las empresas prestadoras de servicios han hipertrofiado la función de la Administración, clínicos y pacientes hemos devenido en mercancías, tal vez de una forma más brutal que cuando Carlos Marx miraba al mundo y lo encontraba lleno de mercaderías, sometidos a toda suerte de procesos kafkianos donde, como en la novela El Castillo, no podemos acceder al señor del alcázar para establecer un diálogo que parta de la experiencia clínica para hacer una integración más o menos feliz con el cuerpo de administradores, que redunde en la producción de una buena clínica; de esa forma se detiene el espiral dialéctico, que iría de la clínica a la administración y de allí nuevamente a la clínica para crear condiciones para una atención científica de los pacientes que, en términos funcionalistas, han dejado de serlo para constituirse en usuarios, atendidos por simples funcionarios, tal vez grises como las piedras del desierto, para evocar el verso de La defensa de Violeta Parra, realizada por el poeta Nicanor Parra, con lo cual una visión fría quita calidez y cientificidad al acto médico y su instrumento fundamental, la relación médico-paciente.

Tratar de revivirla nos devuelve al poema de Nicanor pues cualquier acto de rebeldía trófica, al servicio de la salud y la vitalidad del vínculo entre el doctor y su paciente, ocasiona la ira de la Administración y podría ser que nos tuviésemos que aplicar la siguiente estrofa de La defensa de Violeta:

Pero los secretarios no te quieren
y te cierran la puerta de tu casa
y te declaran una guerra a muerte,
Viola doliente.

La rigidez del tiempo dedicado al paciente, la mayoría de las veces de quince minutos o a lo sumo veinte, la frecuencia esporádica de las citas y la limitación en el uso de los recursos de laboratorio nos hace más peluqueros que motilan locos que médicos que atienden cuerpos y almas, organismos y subjetividades de tal forma que quedamos coartados para desenterrar pájaros cautivos por el dolor, el sufrimiento y la enfermedad puesto que pareciera que hay una cláusula tácita en los contratos, que nos impide preocuparnos siempre de los otros.

Para comprobarlo, traeré una viñeta clínica:

Una mañana, María, una mujer septuagenaria, se aproxima a la taquilla de una institución para solicitar una consulta urgente por psiquiatría. Me solicitan que autorice la entrevista y ¿cómo voy a negarme? Estoy ante una anciana famélica, casi caquéctica, con una mirada de una tristeza infinita, de esas que yo llamo la tristeza de América Latina; doy por sabido que voy a atenderla y lo informo al taquillero. Cuando ya ha pagado su ficho, surge un problema: debe pagar veinticinco mil pesos por una consulta a la que no asistió. Desde la Administración se prohíbe que vea a la paciente hasta que no cancele su deuda. La mujer, en su pobreza económica, no puede hacerlo y solicita que le devuelvan los dos mil pesos que ha pagado para entrar a consulta pero desde el punto de vista administrativo no es posible. La mujer se pone a llorar, desvalida, pues no tiene dinero para pagar los pasajes y volver a su casa. Me compadezco y saco esa suma de mi billetera.

Cuando salgo al porche del edificio para fumarme un cigarrillo, la mujer cabizbaja todavía está allí y mis orejas de psicoanalista, que no requieren de consultorio para ejercer su función, se aprestan a la tarea de escucharla. Me siento a su lado y oigo a esta mujer deprimida ante unas condiciones adversas, abandonada del esposo por una mujer más joven, vive en una casucha solitaria y se alimenta de alguna cosa que le mandan sus hijos, que se fueron a probar suerte en el extranjero; la escucho, trato de contener su dolor y algo le ayudo a pensar.

Comento el caso con la subgerencia. El funcionario de turno me dice:

-Doctor, ese es un caso que no representa una urgencia vital… Usted tiene que entender que ese es el Sistema.

La frialdad administrativa me molesta y respondo:

- Me formé en la Universidad de Antioquia y una de las primeras cosas que me enseñaron fue a cuestionar el Sistema.

Más adelante, ese ente administrativo me hace el diagnóstico de desadaptación y aunque no sabe de la cientificidad de lo que va decir, concretiza la definición de adaptación con un ejemplo:

-“Si uno va a una casa y no comen sino arroz, uno come arroz. ”Discuto la aseveración pues creo que el concepto de adaptación ya ha sido estudiado científicamente por Jean Piaget1 [1], quien concluye que adaptarse es diferente de acomodarse pues la acomodación es un sometimiento pasivo del organismo al medio mientras la adaptación implica una transformación activa, en la cual el organismo interactúa dialécticamente con el medio, lo que conlleva un mutuo intercambio transformador para ambas partes del proceso. Explico la conceptualización y pregunto a ese funcionario:

- Cuénteme, si las cosas son así como usted lo plantea, ¿qué hubiera sido de los chinos si se hubieran quedado comiendo sólo arroz? ¿Estarían a punto de convertirse en una potencia mundial?

Pero quizás no se requiere ser un izquierdista para pensar así. Ignoro la posición política de Jean Piaget, en todo caso no marxista, y en estos días revisaba el texto del doctor Gregorio Marañón, el ilustre endocrinólogo español, que se llama Vocación y Ética y otros ensayos2 [2]. En ese trabajo, el médico hispano, discípulo de Ehrlich, señalaba:

Los sistemas tienden a esclavizar el espíritu humano. Hay que tender siempre a romper las ligaduras de los sistemas filosóficos y científicos. De tal manera que el sistema no se convierta en un yugo… Lo importante, siempre, es hacer pensar.3 [3]

El afán de lucro de las instituciones desconoce las necesidades de los pacientes y coarta los movimientos para hacer del acto médico un trabajo científico, verdaderamente eficiente, ético y creativo, y bloquea los sentidos para hacer una medicina basada en la evidencia; de lo que se trata, entonces, es de someterse y hacer a una medicina basada en la obediencia.

1 [1] Ferreiro, E. Piaget. Colección Los Hombres de la Historia, número 109, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971, pp. 85-112

2 [2] Marañón, G. Vocación y Ética y otros Ensayos. 4ª. ed. Colección Austral. Espasa-Calpe, Madrid, 1961, 160 pp.

3 [3] Ibíd. p. 136.

 

 
 
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