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La callada presencia

El día del santo











Por médico Emilio Alberto Restrepo B.
Ginecoobstetra
Miembro Taller de Escritores Asmedas

Una de mis mejores amigas desde siempre, empezando por el colegio, luego en el curso de enfermería, y al cabo de un tiempo al reencontrarnos en el hospital, fue Diana. Era una loquita encantadora y arrebatada en la cual siempre se podía confiar. O por lo menos desde mí, siempre lo hice. Lo que haya hecho la leyenda y los comentarios con su prestigio y su reputación, no me corresponde valorarlo.

Su familia era acomodada y siempre le brindaron todo el gusto posible, pero ella nunca quiso estudiar una carrera profesional. Le parecía tedioso y acartonado tener que sacrificar cinco o más años para salir a engrosar las filas de “Doctores desempleados”, llenos de títulos e ínfulas, pero con ingresos y oportunidades poco menos que ridículas. En nuestra época, las auxiliares de enfermería eran muy apetecidas, el estudio duraba sólo un año, casi siempre patrocinado por una empresa, la demanda era muy alta, la oferta escasa, los sueldos buenos comparando los años de estudio y las responsabilidades con otras profesiones y casi desde que entrábamos a estudiar ya teníamos el trabajo garantizado y seguro.

Teniendo en cuenta todo esto, sin reales presiones económicas, con la anuencia pasiva de sus padres, con deseos de trabajar rápido para empezar a tener ingresos propios y con esas ganas de plata que mantenía para poder darse gusto, decidió ingresar a nuestro curso. También presionó que al terminar la secundaria, Diana estaba locamente enamorada de Carlos “Fastidio”, otro auxiliar graduado que ya estaba trabajando e influía mucho sobre ella. El embeleco con este personaje le duró poco, y siquiera, porque terminó muy mal enredado y lleno de problemas que finalmente le costaron la vida. Diana seguía con toda su vitalidad viviendo el día a día, gozándose el momento, sin que por esto fuera superficial o irresponsable. De hecho, era muy crítica, y si la jefe Carolina y otras enfermeras abusivas no pudieron manipularnos más, era por ese bloque férreo e impenetrable con que les impusimos una resistencia pasiva pero a toda prueba. Lo mismo para torear pacientes confianzudos o médicos aprovechados o acosadores.

Siempre la he recordado con mucho cariño y extraño la energía creativa con que asumía todos sus rollos. Lo único en lo cual yo no le hacía la segunda, era en esos sueños de riqueza que mantenía, esas ganas de dinero a toda costa. Al final se fue dando cuenta que por el lado de la enfermería no era la cosa, que la famosa dote o herencia familiar no era nada del otro mundo y que si quería engordar la cuenta bancaria, tendría que pensar en otras alternativas. A mí tampoco me afectaba mucho, pues ella rápidamente entendió que no me agradaba ni me interesaba el tema, y por respeto y camaradería, no me volvió a involucrar en esas conversaciones ni a hacerme confidencias al respecto. Creo que fue lo mejor para todos. La historia que les voy a relatar, genuinamente le ocurrió, y para no dañárselas contaminándola con mi estilo y con la deformación que mi memoria o mis prejuicios hagan de ella, voy a dejar que ella se las cuente de la manera textual como la narraba. Les juro que es verdad y yo fui testigo directo, van a entender por qué.

No, imagínate. Hay veces en que no le paga a una levantarse de la cama, ni que hubiera matado a un cura, ni que hubiera pisado a un gato churrusco.

Precisamente era el día de mi cumpleaños. Claro que yo no hice ninguna bulla porque a ciertas edades es mejor ni acordarse de que una va para vieja y entonces decidí quedarme mejor callada. De todas formas ya venía medio depresiva, en esos días estaba como bajada, como mermada, nada me alegraba.

Como era fin de semana, mis padres cuadraron viaje para la finca, me invitaron como por no dejar, pero no me mencionaron nada de celebraciones, ni de partirme una torta, ni nada por el estilo. Será que ya estoy muy crecidita para estar por ahí haciéndome piñatas, el caso es que me ignoraron del todo y yo, por supuesto, nada les dije, no me correspondía.

Al medio día aparece el pesado de mi novio, que en esa época era Carlos, quien ya me venía fastidiando por lo intenso que se estaba poniendo. Esa tarde estaba algo indiferente, se veía irritable; me preguntó como por compromiso si quería algo en especial, que en qué forma quería que celebráramos. Yo no lo sentí con ganas, parecía sólo por cumplir y al fin y al cabo terminamos peleando y discutiendo. Después de un rato de alegar, dijo que yo estaba insoportable, que iría a dar una vuelta para tomar aire fresco, que después hablábamos.

Yo me quedé muerta de la ira en la casa, definitivamente ese día me levanté con el pie izquierdo. Primero me ignoran mis padres, luego se van y me dejan sola, después peleo con Carlos en pleno cumpleaños y me quedo en medio del sábado sin qué hacer, derrotada, podrida del mal genio y desprogramada.

Empecé a llamar a varios amigos y amigas, pero que va, no había nadie en casa, todo el mundo ya había cuadrado su propia forma de matar el tiempo y divertirse. Y ahí estaba yo como una pelota, sola y aburrida, triste y desengañada, me sentía un merengue de lo melancólica.
Nada me servía. Veía televisión y me hartaba. Leía y no me concentraba. Veía fotos y me cogía la nostalgia. El teléfono no sonaba. El silencio, la quietud y la soledad estaban insoportables. Entonces decidí salir. No tenía por qué amargarme y pensé en irme para un centro comercial, de pronto entraba a un cine, o me ponía a vitrinear o a ver libros o discos.

Así lo hice. Tomé la moto y me fui para “El Tesoro”, que estaba recién inaugurado y era el sitio de moda en la ciudad. Había mucho bullicio, muchos niños correteando, parejas felices que se querían arrancar los labios a besos, toda una puñalada a mi espíritu de pajarraco volantón y solitario.

Escogí como por no dejar cualquier película, la primera que comenzaba en una hora y mientras tanto me fui a comer un helado. En esas andaba cuando al estar sentada, unas manos me taparon los ojos. No sé qué me sobrecogió más, si el susto de que me agarraran por sorpresa o ese olor de loción mezclada con aroma de macho agreste que me sacudió hasta lo más profundo de mis nostalgias.

Cuando le escuché la voz casi me muero. Por supuesto, era él.

Era Álvaro. Había sido mi novio hacía varios años y luego de una amarga pelea por razones ridículas, habíamos terminado. Nunca lo olvidé, siempre lo tuve presente en mis recuerdos, en mis fantasías, en mis idealizaciones. Incluso con un orgullo torpe del que siempre me arrepentí, soporté la arremetida de varios enviones humillados que me lanzó antes de irse a estudiar su cantaleteado postgrado al exterior y me di el lujo imbécil de ignorarlo sabiendo que me mataba, que me lo estaba perdiendo, que dejaba sacrificados mi porvenir y mi felicidad por el ego inútil de hembra digna y caracterizada. Lo lloré mil y una noches. En mil insomnios lo odié y me desprecié, en varios bailes mal acompañada lo extrañé, en muchos besos babosos lo reclamé, en esas caricias torpes que dañaron mi piel y la curtieron de urgencias utilitarias e insensatas, supe cuanta falta me hacía.

Y precisamente en ese día estaba allí, parado frente a mí, con esa sonrisa de niño malo, con esa barbilla partida en ese valle azul de una belleza que me dolía, como si nunca se hubiera ido, con ese brillo en los ojos que me doblegaba la mirada, con esa voz tan queda y dulce que me aturdía de lo compuesta, con esas maneras simétricas que me descomponían de lo irreales.

Sí. Allí estaba. Sin yo pretenderlo ni diseñarlo, sin que apenas lo sospechara, estaba parado mirándome a la cara. Siempre le criticaron que era muy bajito, pero apenas era para asfixiarlo del abrazo en que nos fundimos cuando no me pude contener, en el momento en que lo vi.

Sin yo saberlo, había vuelto. Nos sentamos a conversar, apenas le ponía freno a mi emoción y se me notaba. Casi no lo dejo contarme en que andaba, que hacía, que había sido de su vida. No me importó todo lo que yo había averiguado y que me permitía saber todo de él hasta el momento en que mis amigos y sus amigos y los familiares en un acto de compasión o de hastío habían decidido no contarme nada más o embriagarme con mentiras piadosas que me dejaran en paz el corazón.

En ese encuentro la única verdad era la suya, lo que me contaba, lo que yo en ese instante estaba oyendo y que me tenía alta del piso. Y pasaron las horas y los rones, el deleite era total. Llegó el momento en que supe que tenía que apagar el buscapersonas y el celular, aunque sabía que en ese día nefasto pero maravilloso nadie me iba a llamar.

Cuando ya estaba frenética, ebria más de gozo que de licor, supe que tenía que hacer algo antes de que él decidiera que ya era hora de irse, que era un placer haberme visto pero que ya tenía que volver a su casa, quizás a visitar a una novia perfecta y casamentera, antes de que renunciara a asumir el concierto de remembranzas que ya tenía en la piel y muy cerquita del corazón y que sentía que también me revolcaba por dentro y por fuera cuando me besó y casi me mata, cuando me di cuenta de que si no ponía pie en tierra me le desmayo ahí mismo.

Era el momento de actuar. Luego de volver del baño le dije que ya estaba casi borracha, que me daba miedo manejar la moto en ese estado, que por favor me llevara a mi casa, que luego él se iba en ella para la suya y que al otro día me la regresaba y por ahí derecho me hacía la visita y me seguía contando cosas.

Él como siempre, caballero hasta lo último, aceptó y por supuesto iba yo detrás, mis manos en su barriguita, mi cabeza en su espalda, mareada de emoción y de loción hasta que llegamos a la casa.

No quise dejar la moto en la puerta, la puse justo detrás del árbol de la casa de enseguida para que los vecinos no conjeturaran ni dijeran nada. Abrimos la puerta y entramos; no encendí la luz de la sala, lo direccioné para el patio de atrás junto a la cocina, en donde teníamos el estar para recibir a las visitas más informales, las de más confianza.
Justo allí, no nos contuvimos. Nos faltaron dedos, bocas y piel para fundirnos en una comunión perfecta que trataba de deshacer los pasos, de recuperar el tiempo, de plasmar en la ropa que caía, en la respiración que se hacía corta, en el sudor que quemaba, todos los besos que faltaron, todo lo que no había podido ser.

En ese derroche magnífico estuvimos un buen rato. Sus manos estaban más sabias que nunca, su aliento era deleitoso. Tardamos segundos en entender que no nos estábamos muriendo, que no estábamos alucinando, cuando una luz desgarradora iluminó el recinto y nos hizo caer en cuenta casi sin comprender, casi en otra dimensión, de que era cierto que mi madre se desmayaba, que mi padre aplaudía desde su orilla de ebrio desorientado, que mis hermanos y amigos se morían de la risa mientras mi novio Carlos se quedaba pasmado sin poder apenas decidir si vivía o moría, si huía o mataba mientras ese canto rotundo pero trunco de la sorpresa fallida apenas atinaba a decir y a resonar brutalmente como un eco maldito que no ha dejado de retumbar en mi cerebro, Cumpleaños feliz, que los siga cumpliendo... que los vuelva a cumplir...

 

 

 
 
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