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Mujer y Médica

La lógica de un mundo macho

Por Victoria Sendón de León
Creatividad Feminista

Justo cuando comencé a pensar en cómo enfocar esta conferencia y a buscarle un título «ad hoc», el día 22 del pasado agosto, apareció en el telediario de las tres de la tarde una imagen acompañada de un discurso estúpido que me dio la clave. El protagonista de la escena era un Bush arrogante vestido de «cow-boy» y caminado a lo Rambo. La misma prepotencia de fuerza ciega, idéntico descerebre, equivalente horizonte mental y político. Los bosques de Oregón ardían de sur a norte en un incendio incontrolado, de esos que ya son tan comunes. Sus neuronas funcionaban a pleno rendimiento y sus hormonas disfrutaban a placer. No se le ocurrió otra genialidad que proponer como solución a los incendios talar los bosques. Claro, muerto el perro, se acabó la rabia. Luego añadió, como colofón filosófico de altura, que él no iba a reducir los gases contaminantes lanzados a la atmósfera porque esa reducción significaría costes para las empresas, subidas de precios y, por tanto, una consecuencia negativa para la economía de los norteamericanos. Inmediatamente, se me iluminó el título de lo que vamos a tratar ahora: LA LÓGICA DE UN MUNDO MACHO. Según esa misma lógica, para impedir semejantes barbaridades en el mini- cerebro del más poderoso dirigente del mundo, lo mejor sería cortarle la cabeza a mister Bush. Lo peor, que siga dirigiendo los destinos del planeta con la aquiescencia de sus «aliados».

Si seguimos esa línea lógica tan irracional, nos encontramos con que realmente ésa es la política que se practica en las altas esferas. De aplicarse la lógica de la que Bush es un exponente relevante: para acabar de una maldita vez con la pobreza, nada mejor que acabar con los pobres. Dejar que se mueran de hambre, venderles armas para que se maten o fomentar que se propague el virus del SIDA negándoles los medicamentos carísimos que no pueden comprar o, incluso, condenar el preservativo como hace el Vaticano, de lo contrario, el desbordante crecimiento de la población pobre podría significar una bomba de relojería para el propio sistema.

En esta época de la globalización neoliberal, el principio de Adam Smith de que «los mercados se autorregulan», ha pasado no sólo a ser un dogma, sino que se ha hecho extensivo a la afirmación de que «el mercado lo regula todo», tanto para los gobiernos de derecha como para los de izquierda, por más que la experiencia les demuestre lo contrario. Seguir a rajatabla este principio, fuera del contexto en que se produjo, ha significado apostar por un mundo en el que sean eliminadas las realidades no autorregulables por el mercado: la ética, la solidaridad, la justicia, las libertades... El argumento que se esgrime para justificar tanta barbarie, fingiendo salvaguardar los valores democráticos, es que un sistema de libertades requiere la libertad de mercado. Pero, he aquí, que la libertad no puede ser una consecuencia de un sistema político-económico sino una condición. No se puede decir que tal o cual sistema nos lleva a conseguir la libertad, no. Es que hemos de ser libres como requisito previo para la democracia, como diría Hannah Arendt; y la libertad ciega del mercado, por encima de las libertades individuales, no es libertad, sino la imposición de un instinto depredador.

Conclusión: al mercado hay que regularlo porque la libertad y la justicia son previas al mercado. Algo a lo que se oponen fervientemente los economistas del statu quo, la mayoría de los políticos y, desde luego, los grandes lobbies especulativo-financieros. El mismo tratado de Maastricht, por el que se rige la Unión Europea en materia económica, coincide con los planes de ajuste avalados por el Fondo Monetario Internacional, que ya han arruinado varios países. Todo el empeño confluye en mantener la inflación dentro de unos límites; en reducir a cero el déficit público, que implica recortes en los servicios públicos, y en bajar los impuestos con lo que las grandes empresas se ahorran miles de millones de dólares y los servicios públicos se resienten. Los temas sociales se ignoran y el nivel de paro ni siquiera se considera, lo cual ha propiciado una vergonzosa resignación de la izquierda, convencida de que no hay otro modo posible de enfocar la política más allá de los dogmas económicos liberales, ya que negar esta orientación de la economía los sitúa indefectiblemente, por el mismo principio de contradicción, en la opción por un sistema comunista ya desprestigiado. De este modo, hasta la insuficiente democracia representativa ha desaparecido, porque los que no estamos de acuerdo con la libertad absoluta del mercado no tenemos a quien votar.

Quiero añadir que esta lógica patriarcal no admite matices pues, como dice uno de sus principios, entre A y no-A no puede existir un tercer elemento, lo que limita cualquier perspectiva de solución. «El que no está conmigo está contra mí», afirma continuamente el cow-boy de Tejas. El que está contra Sharon es que está a favor de Arafat; quien se opusiera a la guerra contra Afganistán, estaba con los terroristas; si alguien osa decir que esta política es injusta, es que se trata de un izquierdista trasnochado y anacrónico. Lo mismo sucede respecto al concepto de desarrollo. No se dan cuenta de que el desarrollo es como los medicamentos, que todo depende de la dosis. Ignoran, entre otras muchas cosas, que desde el punto de vista económico es mentira que la pobreza se combate con creación de riqueza, porque se trata de una riqueza capitalista, es decir, no distributiva. Dominique Meda en su libro ¿Qu’est-ce que la richesse? ha demostrado que cuanto más crece el Producto Nacional Bruto mundial, peor va el mundo, pues se trata de un crecimiento en el que no se introducen las variables correspondientes a capital humano, capital social y capital medioambiental.

Viviane Forrester lleva muchos años advirtiendo del déficit democrático al que nos está llevando la libertad absoluta del mercado, y con una gran ironía pone de manifiesto cómo muchos de sus principios terminan contradiciéndose hasta el ridículo. Por ejemplo «el empleo depende del crecimiento; el crecimiento, de la competitividad; la competitividad de la capacidad de suprimir puestos de trabajo. Lo que equivale a decir: para luchar contra el paro, ¡nada mejor que el despido!» Forrester nos alerta del perverso mundo que nos aguarda, ya que en ausencia de ética, no existen límites. El dar prioridad a los beneficios contables sobre el conjunto humano es la peor de las dictaduras que podríamos padecer.

No somos conscientes de que el Gobierno del mundo en la sombra lo ejercen los tres organismos citados, a los cuales pertenecen la mayoría de los países, aunque quien los dirige es el G-7: El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC). Joseph Stiglitz, que ha sido vicepresidente del Banco Mundial y premio Nobel de Economía en el 2001, hace una crítica demoledora a la política que se ejerce desde dichas instancias, y en la que pone de relieve el talante de chulo de barrio con el que imponen su lógica absurda y cruel.

¿Cómo pensar?

Si bien todo lo anteriormente expuesto no son más que datos objetivos, mi análisis de la situación se sitúa en un punto de vista feminista. Por ello, antes de pasar a «¿qué hacer?», -la pregunta clave en política-, quiero detenerme, no en «qué pensar», sino en «cómo pensar». ¿Por qué? Porque las teorías revolucionarias en las diversas etapas del Patriarcado han realizado análisis y han propuesto contraofensivas estratégicas sin poner en cuestión los fundamentos mismos de la lógica que han propiciado los mismos sistemas de dominación. Creo que ahí reside la clave de por qué las revoluciones han desembocado en el terror, en la corrupción y en el desencanto final. Y yo creo que un análisis feminista ha de indagar en el corazón mismo del sistema.

Os preguntaréis qué tiene que ver este nuevo modo de pensar con el feminismo. Pues bien, yo creo que el feminismo no puede ser una teoría reformista o revolucionaria más, ya que es la totalidad lo que pone en cuestión: el Patriarcado, que abarca los modos políticos, económicos, culturales y hasta religiosos, pero, sobre todo, los modos de pensamiento. Además, el feminismo, sin ser un naturalismo, debería surgir de la cultura propia de las mujeres, es decir, de nuestra experiencia a lo largo de la historia. Pero ¿de qué cultura? ¿De la cultura de la sumisión, de la opresión, de la marginación, de la colonización? Pues claro. Desde esa hondonada es de donde sacan su fuerza todos los movimientos de liberación, pues desde una posición dominante no se cambia nada. Por eso, el Amo es siempre idéntico a sí mismo, está petrificado en su poder. Pero tampoco se trata de un victimismo paralizante, sino de una posición privilegiada para el cambio, que es de lo que se trata. Eso en cuanto al impulso para transformar. Pero además tenemos la experiencia. Y es que en nuestra experiencia más profunda está el que hemos sido y somos ecónomas, educadoras, médicas, maestras, psicólogas y administradoras en el ámbito de lo doméstico. En esa tarea hemos podido comprobar que las cosas no funcionan según la lógica de la dominación, sino de acuerdo a una lógica mucho más dúctil, sutil y vital.

Sólo nos queda trasladar todo ese bagaje a lo público, pero no sólo a través de la paridad, que nos socializa en el colonialismo político. Dar el salto a lo público puede hacerse por otros muchos caminos. Nos quedaría por solucionar el ámbito de lo privado, que empezaría por reconocer nuestra autoridad, eso de lo que carece actualmente cualquier organismo, institución o gobierno de los que dirigen el mundo. Estoy convencida de que es nuestro momento, el momento histórico de las mujeres, ya que ningún otro movimiento pone en cuestión la totalidad del sistema, sino alguno de sus aspectos. Y en una sociedad globalizada esto es fundamental, amén de que las contradicciones del sistema patriarcal han llegado a un punto que no pueden ser disimuladas ni esconderse. No es casual la imagen con la que comenzaba esta charla: que el amo simbólico del mundo sea un macho semejante en estado puro, quiere decir que las ambigüedades, eufemismos, concesiones, paternalismos, impotencias, crueldades, ambiciones y estupidez, suma que conforma el Patriarcado, se exponen a plena luz. Ahora sí que podemos descubrir al mundo que «el rey está desnudo».

 

 

 
 
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