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Editorial
La Seguridad Social: un caleidoscopio
Un sociólogo muy renombrado compara nuestro país con un caleidoscopio. Como la Seguridad Social es un condensado de lo que somos, le cabe perfectamente la metáfora. Se trata de un sistema de contrastes, en ebullición permanente, que se mueve de experimento en experimento. Circulan en él grandes cantidades de dinero, pero no fluye de la misma manera la salud de los usuarios: fluyen la enfermedad, las secuelas y la muerte. Se envilece progresivamente la situación de los trabajadores de la salud al tiempo que se enaltece sardónicamente su función social. La Universidad de Antioquia quiere convertirse en una IPS mientras la sociedad espera por el cumplimiento de su misión institucional. Se estancan los recursos económicos cuando la consigna es estrangular a una Empresa Social del Estado como la Rafael Uribe Uribe, pero fluyen copiosos cuando de lo que se trata es de entregar saneado al Seguro Social para su liquidación. El liquidador de una Empresa Social del Estado, la Rafael Uribe Uribe, toma decisiones administrativas como si gobernara una isla jurídica. El Gobierno Nacional pone todo su empeño para servir en bandeja la seguridad social pública a las cajas de compensación con tal de no dejar rastro del Seguro Social. A este panorama le sirve de telón de fondo lo que se ha dado en llamar el fenómeno Juan Luis o el error de Juan Luis que consiste en ligar el desarrollo de la seguridad social a la producción de riqueza, tal como lo pregonó el Ministro de Salud que impulsó la reforma a la seguridad social plasmada en la Ley 100 de 1993, siendo que lo que produce inseguridad social es la pobreza y es, en esos períodos, cuando debe funcionar mejor. En palabras del experto: la seguridad social debería ser contracíclica.
Para la muestra, si hiciéramos un corte imaginario en un momento podría suceder que estuviera entrando un pobre a una clínica lujosa, tal como le gusta al Presidente; muriera un niño negro en tierras de frontera; un financiero de una caja de compensación estuviera haciendo sumas y restas para dilucidar cómo se hace para hacer sostenible una EPS que atienda a los enfermos de alto costo y a los de mayor edad; un gerente de una institución prestadora de servicios estuviera cavilando cómo propiciar la constitución de una cooperativa para bajar los costos; un ex funcionario de la seguridad social estuviera leyendo los periódicos para ver dónde anuncian una liquidación para ofrecer sus servicios; un líder gremial podría estar haciendo los contactos para que le asignen la recertificación de los profesionales y así rematar sus bolsillos escasos. Un ministro pudiera estar atento a qué exigen las cajas de compensación para complacerlas solícito. La lista puede ser muy larga.
Es muy lamentable que, después de tantos y tan amplios debates evaluativos de los 14 años de operación de la reforma a la seguridad social, el Congreso de la República prestara oídos sordos a los clamores de cambio y más bien prefiriera mantenerlo haciendo unos ajustes de carácter cosmético. Como en el caso del padre del mito freudiano, Juan Luis Londoño terminó siendo más persuasivo después de muerto.
Pero más allá del personaje está la política. Si a alguien no le quedó claro los efectos del consenso de Washington, puede leerlo en el acontecer del sector salud: Crear condiciones atractivas para el capital privado. Flexibilizar el mercado laboral. Bajar los costos de contratación y despido. Y privatizar los activos del Estado. En cuanto al par capital - trabajo que es una característica esencial del estado liberal, se atenúa mediante el desdibujamiento del trabajo y la entronización arrogante del capital como dinamizador único de la sociedad. Consideración ésta que se refleja en la política oficial que provee de incentivos y de seguridad jurídica al capital, en tanto juzga como privilegios las conquistas de los trabajadores y los somete a una enorme inseguridad jurídica. De otro lado, la ley de talento humano no es más que el eco de la investigación de Harvard, según la cual el recurso humano del sector salud era un freno para la profundización del modelo de seguridad social imperante y era necesario disponer las cosas de tal manera que se pudieran salvar los obstáculos.
Afortunadamente, arrecian los vientos de resistencia. Poco tiempo después de que se sancionara la Ley 1122, que remplazó a la Ley 100, surgen voces que llaman a reformar la reforma. Las EPS, que son la punta de lanza de nuestro sistema de seguridad social, están en la picota pública: tanto el estudio de la Procuraduría General de la Nación como el del Centro de Investigaciones para el Desarrollo de la Universidad Nacional han descalificado su desempeño. Pero más importante aún, empieza a desvanecerse el embrujo autoritario, la inconformidad empieza a salir a las calles. Ante este panorama, se hace necesario que el sector salud, y entre ellos los médicos, potenciemos las posibilidades de resistencia para que otra seguridad social se abra paso; pero, para ello es necesario ganar en la capacidad de análisis, acicatear el hambre de dignidad y estimular la conciencia de la tragedia.

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