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Una moneda más

Por médico Luis Bernardo Vélez M.
Concejal de Medellín
“Sólo una moneda más”, se dice un jugador cualquiera. Superando una bancarrota más que evidente hace el último esfuerzo, saca de donde no tiene y, con la vaga esperanza de recuperar de golpe todo lo que ha perdido y quizá ganar algo más, tal vez para cubrir alguna necesidad urgente o simplemente para irse con la satisfacción de tener con qué jugar otro día, inserta la postrera moneda en la máquina. La moneda recorre los mecanismos, se acciona el botón que le da rienda suelta a la suerte y el corazón de quien apuesta se estremece con una ilusión que dice tanto de la escasez como del desespero. Las figuras en la pantalla giran aleatoriamente y son una trampa que tienta a la pobreza y la fortuna. Toda la escena describe un drama.
Esta escena ha sido común para los antioqueños y las antioqueñas y, desde los ancestros, ha sido dominada por los juegos de azar (cartas, dominó, parqués). En este tipo de actividades se encontraba diversión y un pretexto de socialización con otros/as. Sin embargo, hoy los juegos de azar han evolucionado y se han convertido en uno de los negocios más rentables por la alta demanda que existe y, en el afán de lucro, han renunciado a su componente de entretenimiento y de relación con los cercanos. Los juegos de azar se han multiplicado, presentándose en la forma de video-juegos, ciber-juegos, maquinitas, bingos, juegos de casino, etc. No obstante, su finalidad ya no está tan relacionada con la socialización, al contrario, el nivel de exigencia de este tipo de hobby requiere una alta dosis de concentración y aislamiento, lo que empieza a generar efectos en la vida de quienes convierten estas prácticas esporádicas en un vicio incontrolable.
En Colombia, los juegos de azar están legitimados en una cultura que cada año mueve 4 billones de pesos en ventas, y la magnitud del monto de las apuestas equivale a casi la mitad de las exportaciones que hace el país, es decir, 5.000 millones de dólares, unos 12 billones de pesos.
El tema ha cobrado tal relevancia que investigadores de las ciencias sociales y de la salud se han dedicado a investigar este tipo de comportamiento que produce adicción, dependencia e incapacidad de decidir sobre el uso del tiempo libre. Se ha comenzado a hablar de ‘ludopatía’: la necesidad patológica de juego. Como todo adicto, el ludópata es incapaz de reflexionar, padece ausencia de culpa y se encuentra imposibilitado para interrumpir el acto de apostar.
Dado el aumento de la incidencia del juego patológico, muchos científicos han estado investigando la ludopatía como una enfermedad que puede llegar a afectar profundamente el funcionamiento social, laboral y familiar de los pacientes, quienes, incluso, pueden llegar al suicidio. La enfermedad tiene una alta relación con la depresión, el abuso de sustancias psicoactivas, el trastorno de ansiedad y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad y, desde la psiquiatría, se ha llegado a pensar que se trata de una patología que se encuentra dentro del espectro bipolar.
A pesar del incremento de ludópatas y de los efectos negativos que esta patología produce, en Medellín no existe ninguna institución dedicada especialmente a abordar el tema de la ludopatía: investigación, prevención, atención y tratamiento, y desde el Municipio no se conocen programas dirigidos a atender esta enfermedad. Mientras no se aborde de manera integral este problema de salud pública seguirá incrementándose.
Conociendo esta perspectiva, consideramos que es fundamental difundir información sobre el problema de la ludopatía para que la ciudadanía lo pueda identificar, ya que es urgente sacar a los adictos/as de la oscuridad, para que el nivel de deterioro no sea tan importante como vemos en los que ahora piden ayuda. Así se detectará el problema y se podrán diseñar los tratamientos psicológicos específicos. El reto es asumir la ludopatía como un problema de salud pública para que los Gobiernos nacional, departamental y municipal establezcan programas que permitan la atención integral, al tiempo que reglamente el ejercicio de este tipo de juegos.
Entretanto, los tréboles, las cerezas y los triple sietes de la pantalla siguen dibujando un destino inexorable, jugando caprichosamente con la esperanza y la necesidad de los ojos que esperan ansiosos, una vez más, ese esquivo golpe de buena suerte, unos ojos que en la reiteración de la escena ya reflejan el opaco semblante de los desgraciados.

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