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Las reflexiones de Asclepio

El trabajo entre banalización del mal y emancipación
(Parte I)















Por médico Jesús Dapena Botero
Psiquiatra

Los doctores Óscar Espinosa, Eduardo Botero y Fernando Ángel, psicoanalistas, radicados en Cali y Pereira, han dado en publicar una revista, Pensamiento y Psicoanálisis que, sin duda, cumple con un propósito, el de ofrecer a la población general un órgano de difusión y discusión en torno al pensamiento crítico, una tarea de divulgación que, sin caer en la vulgarización, trasciende los límites de la jerga de los especialistas, excluyente e ilegible.

Los editores de la revista han presentado un artículo de Christophe Dejours, traducido por el psicoanalista Óscar Espinosa, titulado El trabajo, entre la banalización del mal y la emancipación, un escrito que, creo, no debe quedarse atrapado en los archivos de los especialistas en el saber freudiano, sino ser divulgado entre los practicantes de muchas disciplinas y oficios, en tanto y en cuanto denuncia la alienación a la que ha estado siendo sometido el ser humano contemporáneo. Un artículo que, seguramente, enfrenta críticamente la insalubridad de una economía que, en aras de la flexibilización laboral, sacrifica a más de uno de nuestros colegas, obligándolos a un trabajo a destajo, muchas veces de mala calidad y que para nada se preocupa por una educación continuada.

Caniato en la red de los Estados Generais da Piscoanálise, nos remite a las reflexiones de Noam Chomsky, que muestran cómo en estos tiempos postindustriales, la mentira se constituye en uno de los principales atributos de las relaciones entre los hombres, como un valor éticamente perverso y destructor en todos los ámbitos de la vida, o para emplear una expresión de Theodor W. Adorno, en un ideología que se expresa cínicamente como mentira manifiesta, que intenta regir las relaciones entre los sujetos, bajo los signos de la hipocresía, en sus tentativas de promover la fusión de los sujetos, sólo aparentemente discriminados, en una masa amorfa, ambiguamente fusionada y escindida, en la que todos van a una, como los tres mosqueteros, burocratizados, pero en la que cada uno se comporta como cada cual, en una mascarada de apariencias.

Ese propósito se dispersa por toda la sociedad postindustrial como una ideología que miente de frente o engaña sutilmente para someter a los sujetos a las formas más opresivas del poder burocrático, lo cual ocasiona toda una irrupción un Otro perverso en el deseo de cada sujeto, mediante una manipulación de los sentimientos, del mundo del pensamiento y de la acción. Todo esto nos convierte a todos en actores de una farsa teledirigida como bien lo demuestra la película El método de Marcelo Piñeyro, también llevada a las tablas, en nuestro país, por el Teatro Nacional.

Si ello es posible, es por la maleabilidad y la permeabilidad de nuestras estructuras psíquicas de hoy, que nos convierten en cómplices y víctimas de una perversidad anónima, en tanto y en cuanto nos comportamos como ciudadanos acríticos, gracias a las terribles técnicas de banalización del mal en el mundo actual, como bien lo han señalado Hanna Arendt y Christophe Dejours.

Si bien la filósofa alemana nos muestra la banalización del mal en el caso Eichmann, el criminal nazi Christophe Dejours, con su sólida formación psicoanalítica, desde la clínica, se abre a una acción interdisciplinaria para dar lugar a lo que ha llamado la psicopatología del trabajo; dicho autor pretende llevar la mirada psicoanalítica al ámbito laboral para transformarlo, en un quehacer más sano, para aplicar una teoría de la subjetividad, signada por las perspectivas de Jean Laplanche y Pierre Marty.

El psicoanalista francés usa, como su paradigma central, la relación entre el trabajo real y la subjetividad; para ello recurre a la ergonomía y al psicoanálisis para luego abrirse a otras disciplinas como la sociología, la lingüística, la economía y la antropología.

Desde esa mirada interdisciplinaria acude al estudio de los principios del placer y el sufrimiento, en y por el trabajo, para mirar tanto al sujeto singular como a aquellos sujetos entramados en una estructura grupal o institucional.

Pero Dejours toma partido; su posición es clara; su quehacer se hace del lado del trabajador, ya que lo que se propone el psicoanalista es contribuir a mejorar la calidad de vida de quienes han de ganarse el pan con el sudor de su frente, y llevarlos a crear sus propias condiciones de existencia mediante una metodología de investigación/acción que ponga en marcha posibilidades de cambio.

La preocupación de Christophe Dejours también se extiende a aquellos que han perdido su empleo, a aquellos que no han podido encontrar nuevos campos de acción, a aquellos que sufren un proceso de desocialización progresiva, que puede desencadenar verdaderos procesos de enfermar, en tanto y en cuanto la identidad de estos sujetos se ve amenazada en sus propias bases.

Hoy es común el miedo por uno mismo, por los seres queridos, por los hijos y por lo amigos; es común esa angustia que, podríamos decir, tiene la fuerza avasalladora del miedo de vivir, en el que según la Rinaldi, estamos todos, unidos, codo con codo, en medio de un mundo superindustrializado, en el que cada vez es mayor el número de personas excluidas o con amenazas de exclusión del mundo laboral.

Nos encontramos en un mundo globalizado, pero lleno de puntos y rayas entre los países, que restringen la movilidad del hombre nómada, sometido a los vejámenes de la injusticia, sin que se susciten verdaderos movimientos de solidaridad. Es donde cada cual se traga su ira, su malestar, su padecimiento, en medio del desierto de una cultura individualista y mendaz. Ahora somos hombres escindidos, sin poder llevar a cabo acciones colectivas, pues no contamos más que con el recurso a una malsana resignación ante una fatalidad impuesta por los administradores, que se extiende como la peste, una banalización economicista del mal, ante una sociedad indiferente, en el contexto de un mundo neoliberal en el que el ser humano está en la fila de los sacrificados, para ser devorado por el Baal del Capital que, por liberal que se pretenda, se comporta como un régimen totalitario.

Lo que Dejours plantea en algún lugar es que esta banalización del mal, como constructo humano, no es un sistema con una lógica incoercible, sino que es todo un encadenamiento, que implica distintas responsabilidades, todo un proceso, que podría ser interrumpido, controlado, contrabalanceado e intervenido por decisiones humanas; lo cual implicaría nuevas responsabilidades, en tanto que su desarrollo o su desmonte depende de la voluntad general y de las voluntades singulares, en fin, de nuestra libertad individual o colectiva. Lo que sí se precisa para su desmonte es que los sujetos conozcamos la microfísica de este Poder, sus mecanismos de acción más íntimos, lo cual, seguramente, nos llevará a un esfuerzo por entender y comprender, a una indagación sin fin, es decir, a todo un proceso de reflexión y de acción permanente.

La banalización del mal conduce a la producción de sujetos cosificados, reificados, alienados e inconscientes, a los que no los conmueve el delito, que pasa como una asunto obvio, el sufrimiento que se naturaliza, el empobrecimiento que se vuelve costumbre, en donde lo azaroso no importa.

La banalización del mal nos convierte en seres mediocres, de poca categoría intelectual, en seres frágiles y notoriamente simples, que asumimos nuestro destino trágico, sin que pretendamos sacarle el cuerpo a los hilos que nos manejan. Un mal trivial, común e insustancial no tiene nada de grandioso, al contrario, nos empequeñece y adocena.

Sin duda, la banalización del mal es letal para la democracia y no se puede ceder ante ella; lo delictivo es delictivo y punto, sea en el campo laboral o en el terreno político; la trivialización del mal puede constituirse en un imperativo categórico que no beneficia sino a unos pocos que se arrojan la utilidad propia.

Combatir la conversión del mal en un asunto ordinario es todo un reto para la especie humana, en todos los tiempos y en todos los ámbitos; de lo contrario, cada uno de nosotros seremos víctimas de una sociedad confundida y confusionante, que nos impedirá ejercer la libertad y nos someterá a la explotación económica, a la inconsciencia, a la desinformación y a la parálisis; por esa vía no pasaremos de convertirnos en hombres-cosa.

En el artículo de Christophe Dejours, el autor nos advierte que el tema de la violencia no le interesa sino que lo que lo preocupa es la erotización de la violencia, el sadismo, con sus infinitas formas, siempre renovadas, de monstruosidad, como la definiría Jean Laplanche, pulsión sexual de muerte.1

La cultura se vuelve cómplice de ella, sea bajo la forma de la violencia de las masas o en el terreno de la violencia institucionalizada, organizada como sistema, con sus distintos engendros: la guerra, el totalitarismo y muchas otras producciones culturales, exclusivas del reino del hombre, siempre inclinado a lo violento, ese elemento constitutivo de nuestra naturaleza, siempre presente, que requiere de ojos avisados para ser tramitado, tanto en el ámbito privado, como en la esfera social.

Como Arturo Cova podríamos iniciar nuestro relato, a la manera de la frase inicial de La Vorágine: Antes de que me hubiese apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.

Pero tal vez pudiéramos preguntarnos con Dejours: ¿Cuáles son los recursos psíquicos de los cuales tiene necesidad un sujeto para poder resistir al llamado de ésta?

El psicoanalista, preocupado por el mundo laboral, nos recuerda algo que todos sabemos, aunque finjamos ignorarlo: La relación subjetiva con el trabajo, durante el siglo veinte, ha sufrido una rápida degradación, que se liga con la incidencia de patologías mentales, ligadas al campo del trabajo, y al ascenso de la violencia; patologías que tienen una mayor ocurrencia con el avance de nuevas barbaries, que traen consigo nuevos sufrimientos e injusticias para todos, como si se tratara de una repartición de utilidades sumamente democrática.

Todos somos sometidos a un mismo rasero para dar cuenta de eficiencia, eficacia y competitividad a destajo, en un mundo aparentemente sin testigos, ya que todos conformes, optamos por colaborar o callar, en un campo sin cárceles, sin aparentes torturas, sin deportaciones ni campos de concentración, en un terreno con promesas de prosperidad, de confort y riqueza inigualables, una tierra de Jauja, al precio de nuevas pobrezas y nuevas violencias.

Marie-France Hirigoyen, una reconocida psiquiatra francesa, psicoanalista y terapeuta familiar, formada en victimología, en el estudio de los efectos deletéreos de un narcisismo pervertido, nos habla del acoso moral en el trabajo, ámbito en el que un goce perverso humilla, insulta, desestabiliza e impulsa a las víctimas a descompensaciones psicopatológicas.

Dejours nos lo recuerda para señalarnos que, más allá del masoquismo en las víctimas, tal stablishment gozón encuentra otros acicates para ejercer su sadismo, sean éstos, la dependencia afectiva o económica, las relaciones de género o de dominación.

Ese acoso se despliega en público, más allá del ámbito privado, de tal forma que no constituye ningún secreto; se ejerce gracias a todo un arsenal de medios de control social, de los que disponen las administraciones.

Pero no se reacciona; los perseguidos no reciben ningún auxilio; los colegas evitan el encuentro y el contacto con las víctimas, disimulan saber algo, cada uno es cada cual, ¡no importa!; si acaso ellos son tocados después, será demasiado tarde… pero está la opción de ascender aunque sea para sentarse sobre los demás.

1 Jean Laplanche se opone al concepto clásico de pulsión en psicoanálisis y la contraposición de los conceptos de pulsión de vida y pulsión de muerte. Para Laplanche, la pulsión de muerte es tan sexual como la pulsión de vida, incluso llega a pensar que Tánatos sea más sexual que Éros. La pulsión de vida para el psicoanalista francés es sexualidad domesticada bajo la forma de amor a sí mismo o hacia los objetos, en tanto que pulsión ligada y por tanto domeñable, estructurante, no perversa ni poliforma. Por eso Laplanche se atreve a hablar de pulsiones sexuales de vida y muerte.

 

 

 
 
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