Literatura
¿Eran magos los perros?
Por Amparo Ángel B.
Miembro Taller de Escritores
Asmedas Antioquia
María José es una niña excepcional. En este día en que cumple sus quince años, se parece a un ser etéreo, con esa expresión de felicidad que aumenta su belleza; cuando esté danzando en los brazos de su padre, será afín con un junco que mece la brisa, el cabello le caerá en su espalda como mantilla endrina y sus ojos develarán sueños aún adolescentes.
Recuerdo, hace dieciocho años cuando Virgelina llegó a mi casa, a ocupar su puesto de empleada doméstica; la acepté porque venía muy bien recomendada y era verdad que se lo merecía, por responsable en sus labores y honesta; cambió de lugar de trabajo porque mi amiga Lucía se fue a vivir al exterior; fui advertida de que hablaba y sonreía poco, pero también de que éstos hechos no demeritaban su comportamiento.
Cuando llegó a mi casa, mi esposo y yo teníamos dos hijos: David y Sara. A la niñera no le agradó al comienzo la presencia de Virgelina, pero después se adaptó a su modo de ser y hasta dialogaban esporádicamente; después se alegró nuestro hogar con el nacimiento de Esteban; los deberes de Virgelina no tenían mucha relación con los niños; sin embargo, con algo de simpatía los toleraba.
Desde que se instaló con nosotros, se adaptó sin dificultad, recorría la espaciosa casa poniéndola en orden y después pasaba revista para mejorar lo que había hecho; por lo general, antes de la cena salía al jardín a tomarse un descanso.
Sin embargo, recuerdo dos lugares a los que no se acercaba: A la perrera, así estuvieran los perros encerrados, y menos a su patio, en donde permanecían sueltos pero también tras seguras vallas; Virgelina le tenía pánico a los tres canes de buen tamaño que servían para defender la casa de los intrusos; Melchor, Gaspar y Baltasar, con sólo olfatear su cercanía, también se ponían en estado de alerta y, a pesar de su continua estadía en la residencia, nunca la acogieron como huésped de ella.
A Germán y a mí nos extrañaba la actitud de los perros ya que ante la presencia de los otros empleados y de las personas que nos visitaban no se exasperaban. Todavía conservo clara la imagen de Virgelina cuando llegaba el día sábado; se arreglaba coquetamente y salía a disfrutar de sus horas de descanso; al día siguiente cuando la luz y la sombra se confundían, regresaba del brazo de su novio, un hombre joven y de gallarda presencia, daba la impresión de ser dichosa.
Había cumplido dos años a nuestro servicio. Un día muy temprano tocó discretamente la puerta de mi alcoba, preguntándome si le permitía pasar. Acepté.
Me dijo:
- Señora Esther, necesito hacerle una confidencia, ¿puede usted escucharme?
Le respondí:
- Virgelina puede hacerlo ahora mismo.
Guardó silencio y yo la animé diciéndole:
- La noto preocupada, confíe en mí; si está en problemas, yo haré lo posible por ayudarle a resolverlos.
Ella dijo con voz vacilante:
- Señora me veo obligada a dejar mi empleo.
-¿Por qué, Virgelina?
Respondió:
- Estoy en embarazo, aunque he pensado en abortar, aún estoy a tiempo.
-¡No!-,gGrité sin poder controlarme, ninguna de las dos ideas es una solución adecuada y agregué:
-¿Puede contarme qué dice el padre de su hijo?
Respondió:
- Cuando lo enteré de la noticia me dijo: De ésta consecuencia la única responsable eres tú por no haberte cuidado; yo me casé hace siete meses y mi esposa también está esperando nuestro hijo y es imposible hacerme cargo de ambos; no quiero saber nada más de ti, no me busques.
Virgelina agregó:
- Como él fue contundente, he dejado de verlo.
Yo le respondí:
- Comprendo que el relato que le ha hecho su novio y el apoyo que le niega debe haber herido sus sentimientos; sin embargo, no aplique soluciones de las que después puede arrepentirse; no interrumpa su gestación, usted tiene en su vientre un ser que pide vivir, puede quedarse que nosotros le brindaremos apoyo; Germán y yo somos conscientes y no permitiremos dejarla sola en tan difíciles circunstancias; usted ha sido una empleada muy eficiente y no tenemos nada que reprocharle. Después del nacimiento puede quedarse con el bebé y seguir ocupando su puesto en nuestra casa.
Ella aceptó; presa del desconcierto, agradeció mi actitud y se retiró.
Me parece estar viviendo la escena cuando le comuniqué a Germán la noticia; se alteró un poco por la responsabilidad que tendríamos que afrontar; sin embargo, dejó todo el asunto en mis manos pues, según él, yo a todo le daba un final feliz o, al menos, uno que se podía soportar.
A los pocos días comencé a comprarle el ajuar para el bebé y un poco después la cuna y el velo decorado con ángeles y florecillas en suaves colores; la canastilla exhalaba esencias maternales y a mí me pareció que esa alcoba se colmaba de arrullos y mimos.
La gestación avanzaba en forma normal, sus prominencias invitaban a la consideración de todos los que la rodeábamos; los hoyuelos de su cara se hicieron más visibles, recogía su cabello oscuro en forma descuidada, pero esto la hacía lucir serena a la espera del gran milagro de la vida; le obsequié algunos vestidos holgados que le hacían lucir su estado bellamente.
Corrieron los meses, ya estaba cercano el día del parto; Virgelina no salía en los fines de semana, llegado uno de éstos, Germán y yo planeamos salir con los niños a la casa finca que teníamos fuera de la ciudad, la invité pero se rehusó a ir con nosotros. Le recomendé con insistencia llamarnos si el parto se presentaba antes de lo previsto y, si el caso lo exigía, pedir transporte a la clínica ya reservada para ella; estuvo de acuerdo con las sugerencias y nosotros emprendimos el viaje.
A los cuatro días regresamos al hogar, Germán se bajó del carro y abrió la reja, lo condujo al interior de la zona verde, se detuvo de nuevo y me dijo:
-¿Qué extraño que los perros no hayan hecho el aspaviento acostumbrado cuando regresamos, les habrá sucedido algo?
Dejamos a los niños en el carro y nos acercamos al patio en donde se habían dejado libres, pero mayor fue nuestro estupor cuando, al acercarnos a la perrera, una especie de cuarto con suficiente espacio para albergar cómodamente a los tres canes, los encontramos echados y muy unidos; los llamamos e hicieron caso omiso a nuestras voces. Germán se acercó para tocar a uno de ellos y, en un acto inexplicable en ese momento para nosotros, todos tres se mostraron agresivos; ante lo sucedido yo me acerqué muy despacio y hablándoles con voz amistosa logré acariciar el lomo de Gaspar; éste, menos violento, se movió un poco, y cuál sería nuestro asombro cuando vimos que al hacerlo dejó al descubierto dos piecezuelos que se movían débilmente.
Tratamos de enterarnos mejor de lo que ocurría, pero nos fue imposible; los perros estaban a la defensiva y nos impedían resolver la situación. Germán vio la necesidad de sedar a los perros para poder moverlos y entró a la casa por los dardos; cuando se adormecieron, cambiamos de lugar a los tres animales. Lo que vimos nos sobrecogió: Melchor, Gaspar y Baltazar protegían con sus cuerpos tibios el de una niña, era la hija de Virgelina; en el piso, cerca de la bebé, estaba el residuo del cordón umbilical completamente seco, la niña tenía la piel limpia, los perros la lamieron hasta dejarla impecable y luego la calentaron con sus cuerpos, sirviéndole de abrigo sus pieles brillantes y suaves como el terciopelo.
Según el médico que atendió a la recién nacida, el parto fue provocado, pero la niña estaba fuera de peligro presentando sólo leve deshidratación; los perros fueron piadosos y la cuidaron logrando salvar esa vida.
-¿Sería obra de magia?
- Lo ignoro. Ahora lo único que me abstrae es la dicha de María José, y el recuerdo de los tres Reyes magos que protegieron la vida de la infante, que hoy está de fiesta.
¡Cumple sus quince años!

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