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Las reflexiones de Asclepio

A propósito de un artículo de Christophe De Jours: El trabajo entre banalización del mal y emancipación
(Parte II)










Por Jesús Dapena Botero
Médico Psiquiatra

El acoso moral en el trabajo no es ninguna novedad, se ha ejercido durante demasiado tiempo, desde las inmemorables épocas de la esclavitud, pero se sigue practicando aún en los comienzos del siglo veintiuno, sin que despierte ninguna solidaridad con las víctimas, bajo el slogan de CADA CUAL A LO SUYO.

Hoy esto no produce ningún sentimiento ni ninguna indignación, sometidos como estamos todos, a la patología de la soledad, de la desolación, de las memorias del subsuelo, de los alejados del sol, de un astro-rey que brille para todos, sustituido por lámparas de neón, en espacios en los que se pierden la subjetividad y la identidad, donde todos somos iguales para el Capital, en un ámbito en el que so Francisco es trabajador y Pablo también lo es, Francisco es igual a Pablo, sin que medien diferencias singulares en ese silogismo loco.

Para lograrlo, las empresas tienen estrategias precisas y métodos de gestión para deshacer vínculos y solidaridades; si alguien protesta será la próxima víctima, de esa manera, lo mejor es imponer una mafiosa ley del silencio; para evitar reacciones en cascada, el titiritero aplica la amenaza del efecto dominó, un papirotazo y ¡Basta!

Es mejor ser cómplices con la generación del sufrimiento del otro, al menos así se goza como lo hace el espectador de una película pornográfica; también el miedo que suscita el Poder nos inhibe y acogota; no ver, no saber, no decir puede garantizar que no nos pase nada; bien lo saben los simios: Oír, ver y callar y convertirse en un testigo que no testimonia, no importa si se destruye al otro, al fin y al cabo ese no soy yo.

Ciertos corderillos se disfrazan de lobos para operar como tales, engrosan las filas de los canallas, mimetizados en las oficinas, en el hábitat artificioso del Capital, cumplen con indicaciones precisas, soslayan los códigos de trabajo, tiran la piedra y esconden la mano; pero, si van donde el psicoanalista, para nada hay en ellos rastros de perversión; son buenas gentes, aunque inviertan su vida en trastocar su ética, su razón moral, convertidos en pequeños tiranillos  ¡Todo en aras de la empresa y un puestico!

Hay que hacerse los de la vista gorda, escindir la mirada forzosamente, aunque ya no seamos los amos de nuestras acciones, ejercitadores de nuestra libertad, así nos hagamos traidores de nosotros mismos, de los semejantes, de nuestros ideales, parasitados por una cobardía y una sumisión que nos conducirán por los caminos del sufrimiento ético o psíquico; permitimos que nuestro orgullo y nuestra dignidad, nuestro narcisismo de vida, sean tirados al cajón de la basura, no importa que sean la base y el sustento de nuestro amor al otro.

Songo zorongo, este mal va haciendo carrera, conduciéndonos a la desesperación y la desesperanza, al odio hacia nosotros mismos, lo cual puede redundar en depresiones, intentos de suicidio o suicidios logrados, en medio de un mundo de insolidaridad.

Otro camino, conduce a lo que Wilhelm Reich llamaba la plaga emocional, al embotamiento del pensamiento, a cierta idiocia instrumental; para no sentir ni tomar conciencia, lo mejor será atiborrarse de trabajo, sobrecargar el aparato psíquico con un activismo a destajo, entrar en el campo del frenesí laboral, para convertirnos en el empleado del año o en los mejores vendedores del mundo, una estrategia costosa, poco sutil, que puede llevarnos al agotamiento voluntario o a la enfermedad psicosomática de los normópatas, enfermos de normalidad.

Tal vez así operemos con pensamientos prestados y cuerpos en alquiler, en el contexto de las guerras económicas de una economía de libre mercado que para nada nos hace libres a los hombres, víctimas de una perfecta disonancia cognitiva.

Pero alejarse de sí mismo y de sus ideales tiene un precio, la infidelidad a los propios sueños.  Jorge Luis Borges nos recomendaba en la Biblioteca Pública de Medellín, en la década del ochenta, que había que ser fiel a ellos.

Los nuevos hechos no son sometidos entonces al tribunal de la subjetividad; más bien los sujetos agachamos la cabeza en un contexto en contravía con un enjuiciamiento de ese tipo; pero no hay que olvidar que la subjetividad es la vida, sólo quien pueda sentirse a sí mismo es un sujeto viviente, los demás andan por el mundo como robots sin piel, para recordar de nuevo a la Rinaldi.

Las piedras son cosas, sin conciencia de sí, reductos de lo inorgánico, sólo la conciencia de nosotros mismos y nuestras circunstancias son las que nos elevan a la condición de sujetos, con sensibilidad, justeza y sensatez.  Si me cosifico como funcionario o empleado, puedo ser en cierto sentido práctico, puedo ser en cierto sentido racional, puedo mantener mi escisión pero no sé si pueda protegerme al final de la angustia o de ser víctima del aparato al que sirvo.  Sin duda, careceré de autonomía moral; utilizo todos los recursos posibles para acceder a cierta tranquilidad, con la acostumbrada racionalización, que nos dice:

-¡Ya sabés! ¡No podés hacer nada! – y retirarse triste como la zorra que no puede alcanzar las uvas pero se dice que están verdes, aburrida pero contenta, gracias a su racionalización, un remedio a todas luces chimbo.

Tal vez sería mejor otro correctivo más ansiógeno, pero en el camino de mejores soluciones, el de la angustia de percibir y pensar mejor, tal vez más de dos veces, aún a riesgo de sufrir, pero quizás sea la única clave que pueda abrir el campo de la elaboración, el encuentro de nuevos caminos, vías que nos ayuden a escapar del entrampamiento paralizador de una cómoda pero letal pulsión de muerte, que compulsa a la eterna repetición de lo mismo; tal ansiedad quizás sea el único motor para alcanzar nuevas posibilidades de realización de nosotros mismos, en tanto sólo el pensamiento pueda hacernos conocer una verdad que nos haga realmente libres.

Lamentablemente, pensar no es una tarea fácil, tanto por razones intelectuales como afectivas; hacerlo, hace correr el riesgo de ser atacado; lo establecido tolera más las ideas nuevas; puede ser más prudente adocenarse y no correr el riesgo del aislamiento o de la muerte.  Para muchos es preferible la alienación social a una temida libertad.

El que piensa distinto puede ser condenado al ostracismo o al hospital mental; por eso, muchos prefieren recurrir a la competencia, por desleal que sea, al fin y al cabo, es un recurso amparado por el libre mercado y por la globalización, que nos lo digan los personajes de El método, o nos lo demuestre la Miranda Priestley de El diablo viste a la moda.

La estrategia de dominación también se ha puesto nuevas y mejores galas.  Nadie es autónomo y, si te lo crees, pasarás a ser tildado de paranoico autosuficiente; por eso, lo mejor es no pensar por sí mismo, te dirán.  Hay que dudar de eso porque, aunque pienses no existes, eso fue sólo una ilusión del señor Descartes, si el filósofo lo hubiera pensado dos veces, no se habría llamado a engaño ¿No existen acaso las hormigas?; y si lo sigues creyendo no podremos dejar de considerarte más que un enfermo.  O te sometes o están ahí, a la mano, la paranoia, la manía o la depresión, como categorías diagnósticas.  Escoge.  Es el discurso de ogaño.

Estos mensajes, subliminales o francos, pueden hacernos vacilar y flaquear, desalentarnos de la necesaria tarea de pensar; para contrarrestarlos, se requeriría lo que Patrick Pharo ha denominado autonomía moral subjetiva, que no está bajo los imperativos de un superyó, ni remite a ningún sentimiento de culpabilidad sino que orienta hacia la emancipación, a una rebeldía liberadora, sin el sometimiento infantil a antiguas instancias represoras, que se visten con nuevos trapos; se trata de un ideal del yo bien distinto, sin pactos con algunos yoes ideales, que nos impone la sociedad de mercado.

¡Ay, qué vivos son los ejecutivos!

Pero nuestra precaria identidad está mal asegurada, requiere del reconocimiento del otro, nos lo han demostrado Hegel, Sartre y Lacan, requiere de la mirada de un semejante, una condición necesaria que si bien puede resultar entrampante, contrarresta los riesgos de ir sólo contra el mundo o nos protege de la desolación, en el sentido de Hanna Arendt.

La gente común y corriente difícilmente puede enfrentar esos peligros; por eso, habrá que apuntalarse en otros, semejantes, amigos, colegas, científicos, pensadores, filósofos o artistas; habrá que buscar interlocutores en la cultura, ese gran Otro, para mantenerse en el trabajo del pensamiento con sus acciones subsecuentes que, por ser sometidas a pasar por el telar, una y mil veces, no se constituyan en pasajes al acto; quizás sea la única forma de vencer la soledad.

He ahí el trabajo, como labor y como creación, como ejercicio de la actividad intelectual, tarea no por difícil imposible; un largo camino que quizás a veces nos desaliente, faena que requiere de disciplina y persistencia pero que puede conducirnos a los predios de la reapropiación subjetiva.  La emancipación no se obtiene de gratis, requiere todo un esfuerzo, toda una batalla por la propia liberación; es, al fin de cuentas, todo un desafío político que empieza por nosotros mismos.

Tal vez sólo así podríamos evitar recriminaciones, como la que hacía Antoine de Saint Exupèry a un administrador:

Viejo burócrata, camarada aquí presente… Has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como la hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz.  Has rodado, como una bola, tu seguridad burguesa; en tus rutinas, en los mitos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas.  No quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu condición de hombre.  No eres el habitante de un planeta errante.  No planteas preguntas sin respuesta, eres un pequeño burgués… [bastante pequeño]… Nadie te ha sacudido por los hombros cuando aún era tiempo.  Ahora la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y endurecido y nada en ti podría, en adelante, despertar al músico, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al principio.

Los sujetos de otro tenor no podemos dejar de pensar, de leer, de reflexionar, de meditar para no seguir al ritmo de la cadencia infernal que pretende imponérsenos.  Sólo así podremos honrar la vida, única forma de superar la parálisis y el espanto, con la esperanza de no caer en la desolación y de ser comprendidos por algún otro y de esa forma poder establecer vínculos solidarios para cambiar las condiciones de nuestra existencia.

 

 
 
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