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Cátedra abierta
No más guerra y más democracia
Por Eduardo Cano G.
Médico Salubrista
Mucho se habló sobre el fenómeno de la parapolítica en el país en el año pasado pero, luego del escándalo inicial, las voces de rechazo han comenzado paulatinamente a ser menos contundentes, menos definitorias en algunos casos, también menos consecuentes y, por lo mismo, mucho más prudentes.
En ciertos casos se ha evidenciado cierta claudicación, aparte de que el proceso de denuncia e investigación de tantos y de tan importantes personajes implicados amenaza durar tanto que la opinión pública comienza a cansarse y a no creer que éste sea el verdadero acontecimiento histórico que nos golpeó a finales del siglo XX y principios del XXI, y cuyo desenmascaramiento total pueda llegar a cambiar la cara del país.
La verdad es que al país urbano no lo impresionan con eso de las masacres campesinas ni con los descuartizamientos ni con las fosas encontradas ni con los desaparecidos que pueden llegar a ser mucho más de 20.000, ni con el robo de las mejores tierras del país ni con la situación de los tres millones de desplazados. La ciudad colombiana es de una cultura oprobiosamente individualista, pragmática, indiferente, arribista, hedonista y cortoplacista.
Pero es que pocas cosas tienen el poder de despertar el interés de una sociedad urbana dedicada a lograr alcanzar el disfrute, el goce y el mayor bienestar dentro de un modelo parroquial de consumo, estimulado por las promociones diarias de cuanto cacharro se le ofrezca y por el aumento de unos ingresos que nadie quiere reconocer de dónde vienen, porque esta verdad sería muy incómoda tanto adentro como fuera, puesto que el empleo cada vez es menor y más precario, ni por el aumento de los salarios que ya se los tragó en parte la inflación ni por el crédito que será a costa de la crisis mundial del capitalismo cada vez más caro. Sólo las remesas de quienes se han educado en el país y se tienen que ir a trabajar al exterior porque aquí no encuentran empleo, y los ingresos de los negocios ilícitos, explican el boom actual del consumo en el país.
La verdad es que para nuestra población urbana, el campo en Colombia ha sido un lugar lejano, distante, desconocido a tal punto que la mayoría de los niños, nacidos en la ciudad, no han visto en su vida, cara a cara, una vaca ni han visto cómo se ordeña ni han disfrutado de una gallina empollando polluelos y menos, como diría un viejo profesor de pediatría, “han visto alumbrar carne en garabato,” y tampoco tienen idea de lo que son las faenas propias de esa extensa y desconocida sufrida zona del país.
El campo ha sido un lugar a donde, en el mejor de los casos, se viaja en vacaciones a descansar o, en otros más escasos aún, es el lugar en donde se poseen las tierras que producen las buenas ganancias, incluidos los propios negocios ilícitos, que permiten a algunos vivir cómodamente en la ciudad. Y para muchos otros, el campo sólo ha sido ese lugar lejano de donde han llegado y siguen llegando las migraciones de mano de obra (reserva de mano de obra) que le han permitido a los gobernantes equilibrar los salarios mínimos urbanos.
Otras veces, las incómodas olas de miserables, llamados hoy desplazados, que deslucen y convierten a las ciudades en verdaderos infiernos, cuando el conflicto del campo se traslada a las zonas más deprimidas de aquellas. Entonces, la ciudad exige a gritos seguridad y fuerza pública que, a la postre, llevan a convertir estas zonas en sucursales de los escenarios de guerra del campo y, posteriormente, a experimentar modalidades de modernización, urbanización e integración social que, no por novedosas, respetan el origen y la cultura campesina de sus habitantes.
¿Alguien ha llegado a pensar en el drama interno de quién es un desplazado o es hijo de desplazados? ¿En la rabia de quien perdió su entorno, su familia, su casa, sus medios para vivir y tuvo que venirse a sobrevivir del rebusque en un medio ajeno a su cultura y sus costumbres?
En esta forma, la relación de la población urbana con el campo ha sido siempre distante, desconfiada, perversa, oportunista e instrumental, y viceversa, porque el campesino también ha aprendido con el tiempo (mucho más de cincuenta años) y ha llegado a darse cuenta que la ciudad no es su amiga. Que de allí han partido siempre los engaños, las trampas y la violencia.
Esta relación utilitaria e instrumental muy pocas veces ha visto en el campesino colombiano -como un ciudadano integral, comenzando por el hecho de que nunca es sujeto de las encuestas sobre la popularidad de sus gobernantes- un ser humano integral que, por su origen y naturaleza, requiere de la tierra para vivir y, por lo mismo, en los programas de los políticos solamente lo han visto como el siervo sin tierra, el católico convencido que debe rendir cristiana obediencia a su patrón o jefe y votar por los caudillos locales y regionales.
Esta relación de desconfianza bilateral ha desembocado siempre en una incapacidad inmensa para que ciudad y campo se sientan ciudadanos de un mismo país y, por lo mismo, mientras la población campesina es masacrada, como ha ocurrido desde hace medio siglo, con inmensa sevicia y crueldad, por diferentes actores y circunstancias, la población urbana voltea la espalda al drama y sigue discutiendo sobre la juricidad, legalidad o la conveniencia de entablar un diálogo con aquellos a quienes históricamente siempre han visto como la “chusma” o la “subversión” y que, por último, ha venido a caer en la cuenta que son algo más que el demonio, cuando Mister Busch, los consideró como simples terroristas, luego del derrumbe de las torres gemelas en los EEUU.
En nuestro país ha sido tan grande este abismo entre la ciudad y el campo que se le ha permitido a nuestra clase dirigente, por casi medio centenar de años, y desde la misma ciudad, la capacidad para enfrentar movimientos hoy llamados terroristas, como las FARC, el ELN y las AUC (todos ellos narcotraficantes o no), con las Fuerzas Armadas de la nación, que siempre han tenido el monopolio constitucional del uso de las armas, en una prolongada y sanguinaria guerra, eminentemente campesina.
Porque los cuatro grupos en contienda son, sin poderlo negar, de la misma familia, del mismo linaje, cargan con idéntica ignorancia, hablan la misma lengua mestiza y hasta llegan a tener el mismo color de la piel y se alimentan de la mismos platos regionales y tienen las mismas costumbres y cultura, es decir, son el mismo pueblo colombiano con diferente uniforme.
En estas batallas, cuerpo a cuerpo, de “pueblo” contra “pueblo” no han estado comprometidas, con muy pequeñas excepciones, familias urbanas, salvo algunas que tienen secuestrados. Allí no están los señores de los clubes, no hay ministros de defensa, no hay empleados públicos ni clases medias arribistas, y tampoco hay gerentes ni empresarios ni mucho menos representantes de los medios de comunicación.
Estos son los dos países, el urbano que mira con indiferencia cómo se desangra en tierras lejanas y míticas nuestro highland colombiano que, si acaso en los colegios enseñan su nombre: el Guaviare, el Vichada, el Amazonas, el Putumayo, el Arauca, Chocó y el Urabá antioqueño; es decir, los “otros”, los verdaderos campesinos de este país, el rural. Mientras con los códigos en una mano, la Carta Política y las ideologías de los partidos, nuestra clase dirigente se nutre de la ideología propia a través de los sacrosantos medios de comunicación.
Allá, en esos territorios que ahora llaman “el campo colombiano,” los otros, nuestra más inmediata semejanza, campesinos en traje de campaña legal unos, o ilegal otros, y los civiles, campesinos simplemente sin uniforme, pero de igual linaje y con una misma cultura y unas mismas costumbres, han muerto a diario desde hace más de cincuenta años en una lucha fratricida que ahora se quiere actualizar con diferentes nombres, para buscar réditos políticos.
¿Cuáles podrán ser, entonces, las razones de esta guerra y de este desangre, que ya va para cincuenta años?
Es necesario, entonces, un análisis concertado sobre la historia política, social y económica de nuestro país. Es no sólo necesario, sino urgente, y por demás obligatorio para apoyar y difundir las causas del complejo caos al que hemos llegado.
Una difusión amplia y acertada por todos los canales de la televisión, en lugar de los más de veinte “culebrones” que deforman nuestra cultura y pervierten nuestra manera de ver la vida, sería una recomendación acertada ante tanta inconsecuencia y bobaliconería.
Por todos estos argumentos, el pueblo colombiano sólo puede llegar a colocarse, con verdadera dignidad, una camiseta blanca para marchar exigiendo el fin de la guerra: No más guerra y más democracia, debe ser la única consigna que nos una. Lo demás son artimañas politiqueras al servicios de todos aquellos que han vivido del conflicto por más de cincuenta años y que se han usufructuado de él.

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