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Las Cooperativas de Trabajo Asociado en el sector de la Salud
Por Julio Ernesto Toro R.
Gerente Hospital Universitario San Vicente de Paúl
Desde hace un tiempo se ha visto la figura de las Cooperativas de Trabajo Asociado (CTA) en el sector de la salud como la solución a muchos problemas de las entidades que prestan servicios asistenciales. Este entusiasmo se despertó, posiblemente, y como consecuencia, no pensada de antemano, de la mismísima Ley 100 de 1993, no obstante que las CTA fueron anteriores a la ley pues su reglamentación es del año 90. Pero la aparición de la Ley 100 y sus postulados abonaron el terreno para el despertar de esta figura en el sector salud.
Con el argumento de que hay un alto impacto de los volúmenes de atención para bajar los costos unitarios, con la idea de aumentar la eficiencia -se parte de que hay ineficiencia- y con el propósito de convertir los costos fijos (nóminas) en variables, los hospitales, clínicas y en general centros médicos, procedieron apuntalados en la CTA a presionar los rendimientos, a buscar utilidades y a intentar deshacerse de la preocupación que les produce a sus directivos no obtener las simpatías de ninguna EPS o asimiladas.
Las CTA son empresas asociativas sin ánimo de lucro que vinculan el trabajo personal de sus asociados y sus aportes económicos para la producción de bienes, ejecución de obras o la prestación de servicios en forma autogestionada. La figura tiene por supuesto el correspondiente soporte legal y todo queda dentro de la norma.
Con la premisa que reza que cada quien es responsable de su propio destino, apareció como deducción elemental y lógica la idea de impulsar y apoyar las CTA. La autogestión, la iniciativa individual, la liberación del patrono, la generación de su propia empresa, la propiedad del conocimiento y su aplicación liberalmente, fueron brotando mágicamente como buenas argumentaciones y apoyando y sustentando, como razones igualmente muy buenas, la creación de CTA para trabajar con el mismo patrono que poco antes no se deseaba y para admitir que los rendimientos sí podían mejorase, y que todo lo que no se aceptaba poco tiempo antes frente al trabajo como sus condiciones, el salario, la jornada, etc., ahora parecía no ser inamovible. Sucedió algo así como que “no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”.
Las CTA generaron más expectativas que realidades, sin negar, claro está, que muchas funcionan muy bien. Pero el mundo sí es distinto dependiendo del lugar donde uno se pare a mirarlo. Con ellas queda claro que generar empresa no es tan sencillo; que la parte fiscal es real y agobiante y que esta se tiene que cubrir y que se cubre, necesariamente, con el producido del trabajo de todos; que no hay porque subsidiar a quien no trabaja, y que las obligaciones generadas en la empresa por quien trabaja para ella, son mayores que las que el trabajador percibe; en fin que el mundo es más duro, más cruel y más exigente que un buen patrón.
Pero no es sólo esto lo que sucede. También es verdad que el trabajador se desvincula de los propósitos más importantes de la empresa a la que sirve; y es también cierto que él va adquiriendo una mirada más simple y, si se quiere indiferente, de la entidad donde realiza su misión. Igualmente, es verdad que con las CTA se desdibujan la identidad, el compromiso y el empoderamiento del trabajador, y la dicha de disfrutar de los triunfos de la colectividad y compartir las penas y sufrimientos que toda organización tiene, pasan a ser cosas ajenas sin ningún poder vinculante.
Por lo anterior, y con el tiempo, el modelo ha venido tomando un sabor insípido y despertando menos y menos entusiasmo en unos y otros. Todos: empresa y trabajadores, han reflexionado que en realidad lo que el contrario prometía no era tan deleznable. Es por ello que se ve en el medio mucho menos deseo de pertenecer a una CTA que a un hospital, y las entidades de salud, por su parte, miran los servidores desde lo humano y desde lo técnico con más aceptación y agrado si son propios, que si son ajenos pues, para sus propósitos de alcanzar metas –por ejemplo la certificación de sus procesos o la Acreditación de la entidad-, su propia gente es mejor prenda de garantía y de opción de logro que los extraños con los cuales la mera comunicación, para tomar este caso, se da por interpuesta persona.
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