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Editorial

Al inicio de la celebración del Cincuentenario de Asmedas

Tal como lo plantea la presentación del Cincuentenario, esta celebración tiene como propósito exaltar el trabajo de varias generaciones de médicos que han puesto todo su empeño en mantener viva la presencia social del gremio con el fin de dar respuesta a las demandas que la sociedad le ha hecho e interpretar el sentir de los colegas con relación a las políticas de salud formuladas desde el Estado, a las condiciones de trabajo y el ejerció profesional.  Nombro los presidentes que Asmedas ha tenido como un homenaje a ellos y, a través suyo, a los equipos de trabajo que los acompañaron, a sus Juntas Directivas y a todos los colegas que silenciosamente han aportado para que Asmedas viva.  Son ellos:

Mario Tobón Uribe (fallecido).  Presidente fundador 1961 a 1962
Jairo Medina Pérez, 1962 a 1963
Fabio Moreno Tobón, 1963 a 1967
Gonzalo Vásquez Vásquez, 1967 a 1968
Luis Fernando Restrepo Arbeláez (fallecido), 1968 a 1971
Javier González Mejía, 1971 a 1972
Jorge Gómez Isaza (fallecido), 1972 a 1975
Vital Balthazar González, 1975 a 1980
Julián Alberto Betancur Martínez, 1980 a 1981
Rafael Rodríguez Santamaría, 1981 a 1982
Jaime Carmona Fonseca, 1982 a 1992
Jorge Miguel Martínez Montenegro, 1992 a 1993
William Botero Ruiz, 1993 a 1996
German Enrique Reyes Forero, 1996 a 2001

Cuando el médico era el único doctor que había y el título de doctor en medicina era casi nobiliario, los médicos no tenían que preocuparse dado que su condición de hidalgos los hacía merecedores del reconocimiento social y del consentimiento del poder.  Esa misma razón hacía que sus actos profesionales fueran buenos per-se y que no hubiera que darle a la sociedad cuenta de ellos.  La salud brotaba naturalmente de sus manos y la persistencia de la enfermedad o el advenimiento de la muerte eran efecto de la terquedad de la naturaleza o la fuerza de su sabiduría y, en otros casos, efecto de los designios divinos.  Para completar el cuadro y mantener la garantía de su acción, el médico se respaldó en la ciencia, la esgrimió como fuente de la verdad y como explicación para las limitaciones de su hacer profesional.  Mientras tanto, la política le era ajena y abrazaba una especie de neutralidad.  Excepcionalmente, la sociedad lo premiaba con cargos de representación política en razón de su bondad esencial, por ser persona de "buen corazón", así no tuviera ningún proyecto en mente.  Posteriormente incursionó en la salud pública, pero la entendió en el sentido burocrático y así, desde las aulas en las que se formaba como salubrista, soñaba con ser ministro de salud y se inscribía en el directorio político para garantizarse un trasegar venturoso por las nóminas oficiales.  Luego, adquirió la conciencia de la dimensión radicalmente social de la medicina, construyó nuevos ideales y se sumergió en metarrelatos socialistas que no impactaron en lo esencial su práctica médica ni lo acercaron a la comunidad a la que quería redimir.  Con la caída de las ideologías, se quedó sin el libreto y se desvanecieron sus ideales.  En cuanto a lo económico, no tenía afanes; de la Beneficencia y del Estado venían los recursos para prestar los servicios de salud y del agradecimiento de los pacientes los honorarios que le permitían vivir holgadamente y que representaban el reconocimiento a un servicio de un alto valor social y personal.

Se evoca lo anterior para señalar que lo que tiene que ver con la profesión médica ha sufrido una profunda transformación de la que no nos hemos percatado suficientemente y ante la que no hemos encontrado respuesta relevante más allá de deponer los ideales de la profesión en favor de la supervivencia.

La transformación política puede verse en lo que se expresaba en una de las intervenciones realizadas en mayo pasado en la Universidad de Antioquia, a propósito de la visita de un filosofo muy importante hoy: Thomas Pogge: “En la actualidad más de un tercio de las muertes en el mundo están relacionadas de algún modo con la pobreza.  Y buena parte de esta lamentable situación se debe a condiciones médicas que pueden evitarse, curarse o, al menos, tratarse.  Bien sea por la imposibilidad material de acceder a ciertos medicamentos esenciales o por las trabas institucionales de diversa índole relacionadas al cuidado de la salud, esta claro que la situación es de extrema injusticia, que esta injusticia tiene un alcance global y tiene una relación o incidencia directa en la violación de los derechos humanos.

Consideraciones similares son las que llevan a otro filósofo contemporáneo, Gadamer, a plantear que lo que tiene que ver con la medicina y la salud no es un asunto de la ciencia, sino de la política.  Es un reto para nosotros, para la formación de los médicos y para nuestra condición de profesionales y ciudadanos, detenernos a considerar los alcances de este tipo de reflexiones.

Otra transformación fundamental que nos puso de presente un profesor de la Universidad Nacional, en conferencia reciente, es que la evolución reciente de los sistemas de Seguridad Social –se refiere sobre todo a América Latina- es afectada por los procesos de financiarización en la medida en que la lógica financiera entra a determinar su desarrollo.  De un lado, porque los intermediarios financieros privados juegan un rol cada vez más creciente en la Seguridad Social, a través del manejo de las pensiones y de los seguros obligatorios de salud.  Y del otro, porque la focalización del gasto público en los pobres busca disminuir el gasto social, en aras de permitir los ajustes macro-financieros.  Frente a esto, los médicos jugamos un papel invisible pero fundamental: somos el factor de equilibrio financiero del sistema: de un lado hacemos parte del único factor de costo de prestación de los servicios que es variable y con tendencia a la baja como es el salario, e invertimos nuestros ahorros en la construcción de clínicas y servicios de salud para asumir costos financieros del sistema y acolchonar los riesgos de los demás actores.  La condición de agentes de salud se desdibujó.  Mientras los demás se ocupan de los intercambios económicos, sociales y políticos, nosotros nos ocupamos de los intercambios de membrana.  El resultado es el envilecimiento del ejercicio profesional, la pérdida de la dignidad médica, el deterioro de las condiciones de vida de los médicos, la consolidación de una visión de no futuro y la postergación de la salud y el bienestar de los ciudadanos.

Como reacción, encontramos un grupo muy importante de médicos rumiando solitarios el drama de su descaecimiento, otro sector renuente a hacer conciencia de la tragedia y molesto cuando algo o alguien reta su resignación y los más audaces hacen eco del planteamiento de Francis Fukuyama, baluarte del pensamiento neoconservador en el mundo, de que este es el mejor mundo posible, que desde la caída del muro de Berlín el liberalismo económico se asentó en el mundo para siempre, que a pesar de sus imperfecciones, expresadas en enfermedad y muerte, de aquí no se sigue nada y que, por lo tanto, lo que hay que hacer es renunciar a los sueños de transformación y soportar sin objeciones los efectos del fin de la historia.

Si no reaccionamos como colectivo, si las nuevas generaciones de médicos no se tocan, habremos perdido la ocasión de ser factor de transformación de la sociedad, de la humanización de la vida, y habremos adquirido una deuda histórica impagable.  Para eso es la celebración del cincuentenario, para acicatear la reflexión y para abrir las posibilidades de futuro.

 

 
 
   
     
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