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Literatura
Charlie
Por Álvaro Diego López
Miembro Taller de Escritores de Asmedas
Era de todos y era de nadie. Cierto día apareció en el pueblo este personaje; no se sabe como ni de donde llegó: con sus hermosos ojos de un color café oscuro, mirada triste, huidiza, la cabeza gacha en señal de sumisión; un andar que denotaba no tener prisa tal vez porque sus pasos no tenían destino, su figura desmirriada anunciaba a gritos las largas jornadas sin mucho que comer y un continuo mirar hacia atrás como si esperara que de un momento a otro algo o alguien apareciese. En resumen, todo en Charlie hacía ver un ser atormentado y temeroso.
Rápidamente se supo ganar el cariño y la benevolencia del pueblo entero; sin hacer esfuerzo alguno y tal vez por el conjuro de su simpatía, le empezó a sobrar la comida y algo de beber. Muy pronto su cuerpo recuperó carnes y vigor, hasta su semblante fue cambiando y siempre tenía un saludo amable para todo aquel con quien se cruzaba. Comenzó a frecuentar el salón de billares donde pasaba largas horas entre siestas, bostezos y los cálidos saludos de los demás clientes. Tenía como rutina llegar allí apenas abrían el local al público y permanecía en el salón todo el día hasta la hora de cerrar el negocio, momento en el cual nuestro amigo se desperezaba, nuevamente bostezaba y, acto seguido, acompañaba al dueño de los billares hasta su casa para después dirigirse a pasar la noche a no se sabe en dónde; en realidad nunca se supo, siempre fue un misterio dónde pasaba Charlie las noches.
Al poco tiempo, otra costumbre se fue arraigando en él: todos los días, a las 6 de la mañana, entraba muy piadoso y circunspecto al templo católico para escuchar la homilía diaria; llegaba, y sin molestar a nadie, buscaba siempre el mismo lugar para desde allí, escuchar absorto las palabras del sacerdote. Éste, en un principio, se mostró sobresaltado por la presencia del extraño, pero tal vez intuyendo en Charlie la presencia de un alma pía y un ser que sin duda buscaba el consuelo divino, pronto olvidó su presencia y hacia caso omiso de su poco convencional feligrés.
La piedad de Charlie no terminaba allí: siempre que escuchaba un doble de campanas anunciando el deceso de un cristiano, rápidamente nuestro personaje abandonaba sus mundanos quehaceres en el salón de billares y hacia presencia en el templo para, con mirada compungida, el corazón arrugado y al borde de las lágrimas, acompañar al finado hasta su última morada en el camposanto ubicado en las afueras del pueblo. Todos los habitantes comentaban entre dientes las excelsas cualidades de cristiano de Charlie: ir a misa todos los días, acompañar a los difuntos y a sus deudos al proceso de inhumación; en fin, era mejor cristiano que muchos de los que se jactaban de serlo.
Gustaba también de jugar con los niños del pueblo, quienes, después de sus clases en la escuela, buscaban a Charlie en su “oficina” para pasar divertidas jornadas de entretenimiento en medio de partidos de fútbol, carreras, excursiones y, sobre todo, visitas al río a nadar y a tomar el sol; allí hacía toda clase de cabriolas en el agua, alternadamente perseguía a los niños o se hacía el que huía de ellos; era un experto nadador y varias veces le tocó rescatar del fondo del río a uno que otro chiquillo que confiado se aventuraba a nadar sin saber hacerlo. Era el amigo perfecto, siempre estaba listo para la diversión, era incansable, nunca les hacía un reproche y quienes se acercaban y compartían con él sentían seguros a su lado.
Un buen día, mientras el pueblo aún se estaba despertando, un grito desgarrador rompió la tranquilidad del amanecer. En medio del parque, y tirado en el piso, jadeando, con la boca llena de espuma, moría el buen Charlie. Una comadre que por allí pasaba atinó a decir: “Pobre perrito, ¿quien lo habrá envenenado?”
26 de junio de 2007
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