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Mujer y Médica
Para el Acuerdo Humanitario y la Paz en Colombia…
Un lenguaje no-violento

Por médica Martha Lucía Correa E.
Secretaría de la Mujer de Asmedas Antioquia
Sueño que todos los seres humanos
puedan sentarse a la sombra de sus parras
y de sus higueras
y que nadie vuelva a tener miedo.
Martin Luther King
Mi mensaje hoy pretende que desde nuestra visión de mujeres dejemos de ser espectadoras inermes frente a los acontecimientos que hoy conmocionan al país y asumamos una posición.
En primer lugar el acuerdo humanitario que, con la intervención de una mujer colombiana, Piedad Córdoba, hace posible la liberación de tres mujeres, tres hombres y el hallazgo de un niño; es evidente que fue más fuerte el poder del amor, del diálogo y del respeto que el poder de las armas y de la violencia. Luego la propuesta del presidente venezolano Hugo Chávez de iniciar la búsqueda de la paz en Colombia con la modificación del termino “terrorista” con el que son tratadas las organizaciones al margen de la ley y, en cambio, darles el estatus de “beligerancia”. Y, por último, la movilización del 4 de febrero en contra de las FARC.
Acerca del primer punto, no quiero dar más descripción que la presentada por nuestra amiga Rocío Pineda en el mensaje que recientemente nos envió, ella lo encierra todo:
“Es un día de júbilo nacional. Un logro de los valores femeninos. El predominio de la paciencia, la esperanza, la persistencia, las palabras, el poder del amor, la no-violencia, la solidaridad, el cuidado vehiculizado por ellas, las protagonistas de un hecho histórico sin precedentes: las secuestradas, las esposas, las hijas, las nietas, las madres, las abuelas, las facilitadoras, las flores. Esta gama de valores, asociados a lo femenino, opacó las armas, los insultos, los poderes tradicionales anclados en la egolatría, la soberbia, las rivalidades servidas para el beneficio propio. En fin, a todas ellas debemos estos profundos sentimientos que hoy nos embargan.”
Con respecto al siguiente punto: la modificación del término “terrorista”, quiero hacer las siguientes apreciaciones, me referiré a la íntima relación existente entre el lenguaje y la violencia. Las mujeres sabemos de eso. Ante todo somos seres sociales, que estamos en permanente comunicación con las demás personas, con la naturaleza y los otros seres vivos. Somos hijos e hijas de la comunicación. El lenguaje es un producto social que establece una relación entre los seres humanos, ya sea para establecer la intención de crear un ambiente sano y afectuoso o, por el contrario, un ambiente violento.
Colombia es un derroche de odio y de lenguaje violento, es impresionante el arsenal de palabras con las que el patriarcado dominante genera y atiza la violencia; mencionaré algunas de las más frecuentes sólo para hacerlas conscientes:
Empecemos con la de moda a nivel mundial: “Terrorista”, que cuantas muertes ha costado en Colombia, en Irak y Afganistán y causará en Irán y en el mundo, y que ha reemplazado al tenebroso “comunista” y su contraparte “imperialista” utilizados en el siglo pasado también con su secuela de muerte y destrucción.
Y sigamos con otras palabras de todos los protagonistas:
Oligarcas vende patrias, bandidos, paracos asesinos, plaga, degolladores de niños, aserradores humanos, secuestradores insensibles, genocidas, matones, narcotraficantes, narcoguerrilleros, criminales, para-políticos corruptos, narcoterroristas, ganaderos paracos, invasores, eje del mal, EEUU policía del mundo, gobierno arrodillado, Uribe paraco, etc., sin hablar de las de grueso calibre especialmente utilizadas en las masacres y recomendadas por los asesores nacionales e internacionales de la guerra para una mayor “efectividad”.
Y, finalmente, las tres perlas que nos envían en el mensaje “Colombia se cansó”, citándonos a marchar el 4 de febrero – No por el acuerdo humanitario, no por la paz – sino en contra de los: “asesinos, criminales y genocidas” “muerte a las FARC” y aún peores términos en otros comunicados.
Y hablando de todos los guerreros: FARC, ELN, Paramilitares, Ejercito, Policía, Delincuentes Comunes, norteamericanos, israelíes, palestinos etc. etc., el que esté libre de haber utilizado el lenguaje violento o el que no haya torturado, dado muerte violenta o realizado masacres incluyendo la población civil: QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA.
Vivimos en un mundo irreal creado por los medios a su amaño, pues mientras Colombia entera se levanta frenéticamente porque los medios, en forma reiterativa, anuncian que Emmanuel casi muere de hambre y paludismo en manos de un campesino colombiano, 20.000 niños de carne y hueso mueren anualmente en Colombia, ¡es decir, 54 niños cada día - la mayoría campesinos!, por el hambre, diarreas, paludismo y falta de atención médica, según denunció la UNICEF en el mes de noviembre pasado, criticando la indiferencia del Estado. Un número mucho mayor que el ocasionado por todas las demás muertes violentas. Gravísimo hecho frente al cual los medios y el país parecen no inmutarse.
Es así como la monopolización del lenguaje por parte de los medios provoca una comunicación unilateral, dominante y alienante, generadora de violencia.
Es cierto que el sufrimiento o la muerte de un niño por acción o por omisión es un asunto grave e intensamente doloroso, pero ello no debe ser motivo para fomentar los odios, sino para dar soluciones efectivas y a ello debemos contribuir todos y todas, incluyendo a los medios.
En un mundo signado por la violencia no es extraño, por tanto, que la “palabra” sea utilizada también como arma de destrucción.
Es claro el planteamiento de Isabel Rivero De Armas cuando dice: “Si usamos la palabra con violencia, para amenazar, asustar o coartar a los demás, generamos situaciones de peligro, estancamiento o agresión, en una sociedad… El lenguaje, además, cargado de emociones negativas, como el odio y el rencor, nubla la capacidad de reflexión. La emoción y el razonamiento deben estar entonces en justo equilibrio… Las palabras tienen efectos en la vida diaria; el lenguaje es una forma de acción y, yo diría, de reacción. A través de él podemos construir pero también destruir; edificar o derrumbar; levantar o aplastar; y declarar una guerra o finalizar una contienda. Todo depende pues del uso que vayamos a dar a las palabras, su huella es sicológica, y no corporal.”
Y el escritor Maurice Blanchot agrega: «La única alternativa a la violencia es la palabra».
Por su parte Joseph Conrad, al final de “El corazón de las tinieblas” plantea: «El auténtico horror es el de las palabras”.
El dilema que vive Colombia entre la guerra y la paz no se puede quedar en simples buenas intenciones, deseos, pataletas, rabias o agresiones verbales; la guerra en Colombia es una realidad objetiva, injustificable sí, pero real, y es evidente que el lenguaje no se utiliza para describir realidades sino más bien para manifestar intenciones, en este caso la de perpetuar la guerra, ya que con una organización “terrorista” sólo es posible hacer la guerra y con una organización “beligerante” sería imperativo realizar acuerdos y acordar la paz. No es otra, en últimas, la finalidad del término y no otra la explicación de las presiones a nivel internacional para que se mantenga.
A estos grupos se les ha llamado terroristas, a pesar de que éste es un término propio del lenguaje de la política, que es irresponsable en la medida en que puede propiciar más violencia en vez de limar asperezas.
Para los varones, las expresiones violentas propenden por amilanar, humillar y degradar al enemigo y, en esa medida, acobardarlo o debilitarlo; además, envalentonan para agredir o atacar, esta conducta biológicamente es propia de los machos más agresivos y antisociales en la naturaleza. Porque en las luchas de la bestia, de lo que se trata es de ganar o perder: poder, hembras o territorios, y parece que nuestros varones no se alejan mucho de dichos paradigmas.
Ante la propuesta de Hugo Chávez de eliminar el término terrorista y utilizar el de fuerzas beligerantes, el Gobierno colombiano se opone rotundamente y todo el establecimiento nacional e internacional alarmado “rodea” al señor Presidente en esta apreciación. Estamos hablando de un mundo que destila violencia en lo que Colombia se destaca.
No comparto todo con el presidente venezolano Hugo Chávez, pero lo apoyo definitivamente en esta propuesta. Entendamos que las violencias, los odios y la guerra en Colombia tienen raíces profundas: son hijos centenarios de otras violencias, no surgieron por generación espontánea en las “mentes retorcidas” de algunos colombianos, ni ellos son asesinos o criminales natos. Provienen de la marginación histórica, de la injusticia y de la ambición -De la violencia liberal, de la violencia conservadora, de bombardeos como el de Marquetalia, de las muertes violentas de los seres queridos, como la del padre del presidente Uribe o de los Castaño y de los miles de huérfanos desplazados y adoloridos de nuestro pueblo.
MÁS GUERRA NO ES LA SALIDA, MÁS AGRESIÓN Y MÁS VIOLENCIA NO SON LA SOLUCIÓN. ALGUNA GENERACIÓN DEBERÁ DECIR ¡BASTA! Y HABLAR CON SERENIDAD Y RESPONSABILIDAD DE RECONCILIACIÓN Y DE JUSTICIA, NO DE GANAR: A LA VIOLENCIA NO LA DERROTA LA VIOLENCIA - LA VIOLENCIA ENGENDRA VIOLENCIA.
Es necesario construir nuevas visiones y formas de comunicarnos. La Comunicación No-Violenta propone una comunicación humana, respetuosa, justa y afectuosa. Que aplaque los odios, los resentimientos, los dolores, las venganzas. Debemos tener conciencia del poder de las palabras. Si queremos guerra, continuemos con el lenguaje de la guerra; si queremos paz, iniciemos un lenguaje de respeto y de acuerdos. De ello nos ha dado una lección magistral una mujer: la senadora Piedad Córdoba.
Nos da luces el Profesor Stuart Rees cuando plantea:
“Reunir suficiente resistencia para participar en una defensa no violenta, requiere de una atención diaria al lenguaje que respeta la identidad y dignidad de otras personas”.
“Por siglos e, inclusive, hasta comienzos del siglo XXI, se han hecho vigorosos esfuerzos para hacer ‘más eficiente a la violencia’ ”. El único antídoto para esta fascinación política, y yo sospecho que también sexual, con la violencia, es abrazar la filosofía, el lenguaje y la práctica de la no violencia, ese camino que mejora la manera de influir en las políticas y el establecimiento de relaciones, esa ley para la vida”.
Desarmemos nuestras palabras, nuestras mentes, nuestros corazones y todos los territorios que sea necesario para lograr acuerdos humanitarios y de paz.
Frente a esta situación el lenguaje puede empezar a construir una cultura de Paz como nuevo paradigma y es a las mujeres no guerreras, no violentas, dadoras y protectoras de la vida y del amor, a quienes nos corresponde, por excelencia, impulsarlo.

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