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El Recurso Humano en Salud

Por médico Orlando H. Quiceno Calderón
Gerente ESE Hospital San Rafael de Itagüí

Se les adjudica a los japoneses el aforismo empresarial que reza que sólo tres cosas se requieren para que un negocio sea exitoso: PUNTO, PUNTO Y PUNTO.  Es para ellos el factor crítico de éxito la localización. Parodiándolos, podría decirse, sin riesgos mayores de error, que son también tres atributos los que se les exige a las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud para ser competitivas y exitosas: GENTE, GENTE Y GENTE.

Bienvenido el debate público respecto a la selección, vinculación y retención de personal, especialmente en los hospitales públicos, hoy conocidos como Empresas Sociales del Estado.

Es interesante partir de los extremos del intervalo de matices en donde se ubican dos posturas: en un polo, todos los trabajadores vinculados con conquistas laborales desmedidas que hacen inviables, financieramente, a las instituciones prestadoras de servicios de salud; y, en el polo opuesto, la totalidad flexibilidad laboral, con contratistas sin ninguna estabilidad laboral y con total desmotivación.  Se podría confrontar, entonces, la inestabilidad institucional con la personal.

Es esencial conocer que los hospitales son empresas de servucción (servicios como prefijo y producción como sufijo componen este neologismo) atípicas, que no pueden someterse a un libre mercado en aspectos esenciales, que su producto final no es cualquier mercancía sino un bien meritorio, como se denomina en economía de la salud, que debe entregarse en condiciones de máxima seguridad para el paciente y que la mayoría de los procesos debe hacerse por personal cualificado con competencias laborales especiales.

No puede darse el debate si una postura, de entrada, descalifica a la otra por antagónica, porque no se trata de un problema para el cual sólo existen dos alternativas: o negra o blanca.  Debe ponerse la inteligencia al servicio de la solución de conflictos, entendiendo que entre esos dos polos existe una tan amplia como inesperada gama de colores, con suficientes combinaciones para construir nuevos paradigmas: los hospitales y los trabajadores son capaces conjuntamente de construir un modelo de relación que garantice la supervivencia institucional y la estabilidad e ingreso, con futuro, para el trabajador interno y su familia.

Qué flaco servicio le prestamos a la patria si deslaboralizamos a todos los trabajadores de la salud, porque no hay otra manera que genere más inequidad que ésta, ya que la defensa de muchos gremios es asimétrica, donde unos terminan ascendiendo en el quintil de ingresos y otros con un dramático descenso.  El problema no es la cartelización, como peyorativamente algunos llaman a las agremiaciones –hoy en esencia las cooperativas de trabajo asociado del personal de salud- porque esta no es la causa sino la consecuencia de haber incitado a un libre juego de mercado, del cual ya conocemos los funestos resultados que, con seguridad, se agravarán en el futuro inmediato.

Se pueden evaluar múltiples propuestas, de construcción colectiva, con la participación de los diferentes grupos de interés, pero teniendo identificado el problema de cada lado que, de manera simplista, podría mirarse entre patrones y trabajadores, si los primeros buscan productividad y los segundos estabilidad; una solución práctica podría partir de vinculaciones laborales con salarios básicos pero dignos más un reconocimiento por incentivos.

Podría también llegar a convertirse a los trabajadores en socios de las empresas sociales del estado, que bien puede entenderse como una privatización con efectos sociales y comunitarios.  Bien pueden participar los trabajadores con cualquier modalidad, pues bien pródiga es nuestra legislación en permitir asociaciones empresariales.

Muy bien lo esquematiza el abogado y profesor universitario José María Berdugo Garavito en su libro “Asociaciones Empresariales”, cuando expone que el tema fundamental del derecho mercantil moderno es la asociación, como fenómeno, como espíritu y como derecho, definiéndolo como una vinculación voluntaria de personas (naturales o jurídicas públicas o privadas) para alcanzar fines de distinta naturaleza, con connotaciones sociológicas, económicas, jurídicas y políticas.  Aparece una nueva opción de relación entre el recurso humano y las empresas sociales del estado.  Se requiere voluntad política para hacer viable, jurídicamente y con riesgos controlados para las partes, este sistema de relación contractual.

La historia reciente del país ha demostrado en los programas de reorganización, rediseño y modernización de las redes de prestadores de servicios de salud, que el gran impacto de dichas reformas tiene como sustrato el recurso humano; es decir, su objetivo, que a veces parece el único, es la deslaboralización, que convierte lo que antes era un costo fijo en uno variable.

Ha ocurrido, entonces, que muchos trabajadores del sector de la salud hayan terminado su relación laboral y deban recurrir a formas de asociación, no persiguiendo los objetivos filosóficos y sociológicos de las mismas, como las cooperativas –porque no lo hacen por perseguir fines solidarios- sino como mecanismo de defensa para mantenerse inmersos en el mercado laboral y ofrecerse a través de un forzado intermediario que la historia les ha impuesto.

Las recomendaciones de los estudios de reestructuración no admitieron objeciones porque estaban de por medio los aportes estatales que, en gran parte, remediaban impagables deudas adquiridas y era necesario viabilizar las empresas sociales del estado.  No puede juzgarse irresponsablemente que dichos estudios hayan quedado mal elaborados, pero pude decirse, con benevolente juicio, que la situación cambió tan rápida y tan dramáticamente, que no soportaron los cambios del mercado.

Sin eufemismos y sin atenuantes, lo que se esperaba que ocurriera no pasó.  Muy por el contrario, cuando se creía que existía un gran ejército de reserva, la realidad muestra el gran déficit de recurso humano calificado y disponible.  Con grandes asimetrías que les ha entregado, aunque no lo hayan buscado, un gran poder de negociación, ya por la fortaleza gremial –a veces amparada en normas legales- o ya por la gran brecha entre la oferta y la demanda.

Nadie puede salir a exigir condiciones de mercado que sólo le sean aplicables cuando lo beneficie y, luego, tratar de recogerlas porque ese libre juego lo perjudica.

Se debe manejar con mucha responsabilidad el tema de recursos humanos en salud, que no se puede solucionar en el corto plazo por parte del estado, porque se está en manos del Ministerio de la Protección Social, del Ministerio de Educación y de Planeación Nacional.

Los innegables efectos de la cobertura universal, que aumentan más la brecha entre la oferta y la demanda de recurso humano, con la consecuente escalada de precios de los mismos; el déficit en la formación de especialidades críticas, donde las universidades deben jugar un papel esencial de la mano de los hospitales que se convierten en centros de práctica; la redistribución del recurso humano, con la connatural fuerza centrípeta (tiene la tendencia a buscar las urbes desarrolladas); la aparición, con mayor fuerza de los aseguradores jugando a prestadores –lo que no quiere decir que esto sea malo por sí mismo- y los grandes proyectos privados donde los profesionales como asociados, sino en empresas de capital sí de personas, que les garantiza estabilidad laboral (inversionistas que no buscan el rendimiento del capital sino una fuente de empleo) y, otras formas de trabajo que garantizan mejores condiciones laborales o mejores ambientes de trabajo.

Se podría parodiar a Bertold Bretch o a la cascada del ácido araquidónico porque, si no se toman correctivos desde ya (recuérdese que el mejor momento para sembrar un árbol es “hace veinte años”), serán todos los componentes del sistema, como recurso humano, los que estarán deficitarios y los que más problemas tendrán son los hospitales públicos y, de éstos, los que firmaron acuerdos de reestructuración donde se obligan a contener variables que no son de su resorte.  Primero, fueron los anestesiólogos, luego los intensivistas, posteriormente los internistas, luego los urólogos, los dermatólogos, los pediatras, los otorrinolaringólogos, los cirujanos y, ahora, los médicos generales.  Hoy vinieron por mí pero ya era tarde.

Es saludable que esto ocurra para que se tenga que forzar el estudio de oferta y demanda y se pueda programar, en recursos humanos, lo que el país requiere para los próximos veinte años y no sólo para formarlo sino para retenerlo, porque otra amenaza que se cierne, para limitar lo oferta o disminuirla, es que en mercados globales, con el reconocimiento del recurso humano colombiano que es conocido allende las fronteras, la emigración es otro punto importante para tener en cuenta.

Y los que estamos del lado de la dirigencia de instituciones de salud debemos estar convencidos que hoy es más fácil conseguir gerentes que doctores en medicina.  Es el tiempo de los doctores, pero recuérdese que en economía siempre han existido los ciclos.

 

 
     
 
   
     
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