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Reflexiones de Asclepio

De entre ojos a entre ceja y ceja
A propósito del documental Los huéspedes de la guerra, de Priscila Padilla

Por Jesús Dapena B.
Médico Psiquiatra

Bien vale la pena ir tras una larga jornada hacia la noche y tolerar la manía de los cuentachistes, que parecieran hacer de nuestro país el más feliz del mundo, para toparse con el programa de Entre ojos y quedarnos insomnes, con una profunda preocupación, entre ceja y ceja, gracias a ese periodismo que denuncia las atrocidades que se cometen contra el ser humano, en nuestra tierra de leones y chacales, aunque debamos avergonzarnos del oriflama que ondula en nuestros espacios, movido por algún delirio de realeza a la criolla; ahora el trueno no es el del Tequendama ni nos canta ningún Olimpo divino; lo que se oye es el estruendo de las minas quiebra-patas.

Si Rubén Darío escribió los versos que dicen: Colombia es una tierra de leones; el esplendor del cielo es su oriflama; tiene un truenoperenne: el Tequendama, y un Olimpo divino, sus canciones.

Que se vaya el nicaragüense a buscar la armonía quién sabe a dónde pues a nosotros no nos la trae; que se vaya con Dionisios al infierno y que no nos vuelva con sus marchas triunfales, que no anuncian sino devastación y muerte; si es preciso, que ni él ni Apolo pulsen esa lira, ni suene la flauta de esos Panes que invitan a la guerra como el clarín del tango, para que mucha gente muera o quede lisiada en los campos de una Colombia mucho más anodina; los gritos de guerra del modernismo ya no nos sirven en un mundo que ha pasado por los horrores de Auschwitz y cuando la horrible noche colombiana no cesa ni parece querer parar, aunque muchos estemos cansados de guerra, como la Teresa Batista de Jorge Amado y deseemos hacer un canto al erotismo o queramos gritar con Sábato: ¡Nunca más!

No comprendo cómo médicos, que deberíamos atender el dolor y el sufrimiento humano, pues aún no somos vencedores de la muerte, podamos declarar que Colombia aún necesita muchos muertos porque la guerra hay que ganarla a como dé lugar, a la manera del doctor que habló en el documental Los huéspedes de la guerra y que si ésta es necesaria y no deja sino una multitud de deshechos humanos, lo que habría que hacer después del triunfo es reconstruir el país con lo que quede de ello, como si fuera lo mismo un ser desmembrado, herido en su cuerpo y en su alma, deshojado del tejido social, que un pedazo de trapo viejo, y el país fuera una colcha de retazos de esas que las señoras, que se dedican al deporte de la caridad, hacen para cubrir la miseria y el frío de las clases pobres.

No es que neguemos la guerra, no estamos tan sumamente locos, decirlo es hacer psicoanálisis de botica; habrá algunos que desmientan sus atrocidades, movidos por intereses muy particulares, que eso es otra cosa, algo más del lado de la perversión que de la locura propiamente dicha; los más sensatos sabemos de las secuelas actuales y de las posibles; no podemos engañarnos con falsos triunfalismos; no podemos permitir, sin decir nada, que llenemos el país de escombros y hagamos del esplendor del cielo colombiano y de su comba altura, un mirador a la miseria humana; si tras la Primera Guerra Mundial, esa debacle inicial del siglo veinte, se llenó de lisiados Inglaterra y los supuestos héroes, convertidos en mártires, clamaban su miseria en Picadilly Circus, ese fenómeno social no dejó impávido, ni dispuesto a una nueva guerra al pueblo inglés; así el Reino Unido fuera todavía el centro de un imperio; Eric Hosbawm nos dice que los políticos más realistas, aún ante la amenaza del poder nazi, iban tras su apaciguamiento y que sólo, al final, Londres y París estuvieron dispuestos a hacer una demostración de fuerza para intentar que sirviera de disuasión.1

Uno no puede destacarse como figura protagónica, como representante de poderes establecidos, manifiestos, ocultos o semiocultos y desoír el coro de muchachos reventados que saben, con su real manera de decir y de entender, que ¡Eso no aguanta…!

John, uno de ellos, sabe muy bien que los blancos de la guerra somos los seres humanos; son conscientes, como Mileinis, que antes de pisar una mina, se miraban al espejo y veían todo normal; ellos se dan cuenta de que tal vez no sea necesario que uno tenga que sufrir en carne propia para saber lo que es la guerra; que no vengan a llamarnos a engaño con el mito del héroe, al decirnos que estos chicos son Centauros indomables, que descienden a los llanos, pues no sólo el Orinoco sino todo el país se colma de despojos, y ríos de sangre y llanto se miran aquí correr.  Estos muchachos, sus novias y sus familias echan de ver muy bien que no son Atanasios Girardot ni Antonios Ricaurte y tal vez repitan los versos del himno nacional para cantar:

… no saben
las almas, ni los ojos,
si admiración o espanto,
sentir o padecer.

¡No podemos seguir aspirando a la gloria, a estar coronados de laureles, para buscar seguridad en la guerra!  A no ser que seamos tan pendejos como Simón, el bobito, del que nos cuenta Rafael Pombo:

Vio un montón de tierra, que estorbaba el paso
y unos preguntaban: ¿Qué haremos aquí?
¡Bobos!, dijo el niño, resolviendo el caso;
que abran un grande hoyo y la echen allí.

La inseguridad no se combate con la alternativa de la guerra cuando se deshace el Estado de Bienestar.

Los mártires del conflicto bélico no se ilusionan con el reconocimiento del heroísmo; ya no son las guerras románticas de la lucha cuerpo a cuerpo, en organizados campos de batalla, sino operaciones anómicas y anónimas; pasas por un campo y la mina hace ¡pum!, pero no se tiene la suerte de volar, todo en átomos, como Ricaurte en San Mateo, sino que entras a engrosar las filas de los mochos y de los tuertos o vuelves al pueblo sin gloria y sin piernas, recosido como la criatura de Frankenstein, para evitar las calles; no hay valles para caídos en este país, ni siquiera a la manera de ese esperpento franquista de la sierra de Guadarrama, ni hay tumbas para soldados desconocidos, que satisfagan algún ingenuo narcisismo.

Los muchachos saben que han sido víctimas de una acción filicida, que vuelven semiacabados, aunque psicólogos y psiquiatras acomodadores traten de elevarles la autoestima, les digan que la vida seguirá siendo bella aunque ellos ya no lo sean, afeados por una guerra que se les ha impuesto; no volverán cargados con las exiguas esperanzas de antaño que aunque pobres eran esperanzas al fin.  Los traumatismos les han demostrado que esta vida es putísima y han perdido la  inocencia.  ¿No se sonreirán escépticos cuando el agente Psi les diga: Eche para adelante, hermano, que para atrás ni para coger impulso?  No dirán en su fuero interno:

- ¿Con qué piernas?  No tenemos pies ni para avanzar ni para retroceder.  Nos los han quitado aunque nos pongan unos tubitos para que juguemos al fútbol o bajemos una escalera, movidos por una joven vitalidad, que no se resigna.

Dagoberto nos dice:

- ¿Para qué ciudad si no tengo piernas?

Una verdadera reparación no se logra con unos pesitos o una insignificante indemnización económica; es preciso que el Estado y los agentes violentos, de cualquier bando, decidan decir: ¡Nunca más! y asumir con plenitud su responsabilidad para construir un mundo de labores y esperanzas, lo que en buen cristiano, para aquellos que gustan tanto del catecismo, pero que se burlan de él con la doble moral del que mata y reza empata, o los cínicos, que banalizan el mal, hagan, realmente, examen de conciencia, sientan contrición de corazón, se exijan propósitos de enmienda y realicen una justa satisfacción de obra, como cosas requeridas para la realización del bien general, para que la penitencia sea perfecta y se traduzca en el mundo exterior, en el mundo de la vida, que se ha atacado sin consideración, para que caigan de su sitial los Creontes y permitan la justa demanda de Antígona, de que los muertos no queden sin sepultura, ni de uno ni de otro lado del conflicto, ya que los unos y los otros, como la población civil, que anda entre los fuegos, somos todos colombianos, somos hermanos, como Etéocles y Polinices, y tanto la ley civil como las obras de misericordia cristiana ordenan enterrar a los muertos, aunque se sea secuestrado, guerrillero o paramilitar; la muerte no puede robarnos nuestra dignidad fundamental de seres humanos; dar sepultura al prójimo es un acto ético, de compasión que permite la elaboración de los duelos, que permanecen siempre abiertos cuando los muertos quedan sin sepultura.

Es absolutamente necesario que podamos anunciar con Gironella que ha estallado la paz y corear con Sábato su grito de ¡Nunca más!

El concepto de tolerancia brotó en la cultura occidental, no como resignación, sino como respeto de lo distinto, de lo otro y del otro, como un antídoto contra la intransigencia a la que llevaban las guerras de religión; es una virtud que se requiere como expresión de un verdadero pensamiento liberal, ese que se ha olvidado con los postulados del neoliberalismo y del pensamiento único, como dogmas a los que debemos suscribirnos; afortunadamente no hemos llegado aún al final de la historia.

 

1 Hobsbawm, E. Historia del siglo XX.1914-1991. Crítica, Barcelona, 1998, p.160.

 

 

 
 
   
     
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