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Semblanzas

Recordando a Virgilio Vargas

“Desde el momento en que se lleva a un pueblo a pensar que es normal
que se le oprima, ya no es sólo el producto de su trabajo lo que se le arrebata,
sino también su pensamiento, su verdad humana”.
Virgilio Vargas Pino, Editorial Periódico CRISIS, julio de 1957

Por Hernán Gaviria Q.
Médico Director Corporación Codeliberar
E-mail: hernangaviriaquintero@yahoo.es

“Adiós a otro Lopista” fue el titular del periódico El Mundo del 5 de febrero, cuatro días después de la muerte del médico Virgilio Vargas Pino.  ¡Adiós a otro Asmedista!, podría ser el nuestro; enemigo de la Ley 100 de 1993 que envileció nuestra profesión.  A Virgilio lo etiquetaron como liberal de izquierda porque abrevó en el Movimiento Revolucionario Liberal –MRL-, esa tendencia de oposición a la oligarquía liberal que, amangualada con el partido conservador, usufructúa el poder desde mediados del siglo pasado hasta estos días; a Virgilio lo miraron como ese díscolo médico de izquierda porque simpatizó con la revolución cubana; en la década de los 80, dentro de esas disidencias paisas de los liberales enquistados en el poder, se juntó con Álvaro Uribe Vélez en el llamado Sector Democrático Liberal, del que se alejó al conocer de cerca su catadura reaccionaria; como para acabar de completar el acertijo, la izquierda tradicional de las dos últimas décadas lo tildó de derecha, tal como lo hicieron con Héctor Abad Gómez.  Luego, no sería fácil evocar su perfil político, aunque sí su historia y su condición de médico.

Estas dos últimas, y en especial la del médico, con sobrada razón la supo reivindicar Asmedas cuando lo declaró “Asmedista destacado” en la edición #68 de su periódico Momento Médico en el período octubre-noviembre de 2002.  Como ese modesto pero significativo homenaje en vida, que es lo más importante, se merecen nuestros colegas, profesores o destacados médicos en su ejercicio profesional.

Virgilio trabajó muchos años en su pueblo natal Segovia, no encerrado en las paredes del hospital, sino en los campamentos de los mineros del oro cruelmente explotados; en los caminos, fondas y veredas, donde los campesinos se escondieron de esas horrorosas matanzas instigadas por los gamonales liberales y conservadores.  Ejerció como médico en el llamado pensionado del Hospital San Vicente de Paúl, aledaño al hospital, donde la llamada caridad de los pudientes o ricos de la época y el Estado mitigó los dolores de los pobres de la ciudad y el departamento, cuando no se tenía la noción del Estado Social de Derecho.  En el Instituto Colombiano de Seguros Sociales –ICSS– supo entender el modelo o la razón por la que pelearon los obreros europeos de negociar junto a los salarios su salud, la pensión, la atención de la enfermedad profesional, el estudio para sus hijos, la vivienda.  Tuvo el privilegio de ser docente, vicedecano y decano de la Facultad Nacional de Salud Pública, por la que luchó cuando pasó por el Congreso de la República.  Como otros inconformes de la época, fue fundador de la Universidad Autónoma Latinoamericana, al lado de Justiniano Turizo.  Fue Secretario de Salud Departamental en 1978 y de Salud Municipal en 1988 en donde, con sus conocimientos de salud pública y acogiendo las recomendaciones de Alma Ata, de ese sueño no cumplido de salud para todos en el año 2000, conformó las Unidades de Salud Familiar –UNISAF–, desplazando el equipo de salud (médico, odontólogo, enfermera, nutricionista y psicóloga) a la comunidad donde se batía el desplazado (social, económico o político), el tuguriano, el desempleado, el hambriento, en fin, el pobre a quien le caen todos los males.

A Virgilio no le fue difícil entender la contradicción aguda y permanente de la sociedad capitalista.  Desde su época de estudiante siempre le inquietó la conformación de grupos de estudios de economía y política, al lado de reconocidas personalidades como Estanislao Zuleta, Mario Arrubla o Emilio Yunis, aún estudiante y hoy destacado genetista; fundó el periódico obrero-estudiantil CRISIS, con los antes citados entre otros, el que quiso revivir en el año 2003 como revista de cultura y crítica política, con el propósito de recoger lo sucedido en los casi cincuenta años atrás de la historia de Colombia, en especial entre el campo del socialismo y el capitalismo.  En su primera etapa, CRISIS, como siempre, fue tildado de comunista y, por supuesto, también Virgilio, porque invitó a los trabajadores a sindicalizarse, porque adelantó campañas por la libertad de los presos políticos; porque habló de la huelga del sector laboral; porque habló de las dictaduras de Pérez Jiménez en Venezuela, Batista en Cuba, Somoza en Nicaragua o Trujillo en República Dominicana.

Su paso por la política le permitió ser concejal, diputado, representante a la Cámara y senador.  Como congresista fue ponente de la Ley 39 de 1969 por medio de la cual se regionalizaron los servicios de salud y se clasificaron los mismos por niveles de complejidad en I, II y III Nivel, como estrategia de red y de racionalización de la oferta y demanda.

Retirado de la política activa, a mediados de la década del 90, se vinculó la Universidad Cooperativa de Colombia, como Director Académico de la Escuela Nacional de Postgrados, en especial en la coordinación y comité editorial de la revista de la UCC donde, entre otros temas, trató que el hambre, como una de sus últimas preocupaciones de reflexión, es un crimen de lesa humanidad y cuya causa fundamental es la pobreza “a la que están condenados más de la mitad de los habitantes de la tierra, debido a la tremenda injusticia social que impera […] Mientras exista la pobreza para vastos sectores de la población mundial, el hambre seguirá sembrando la desolación y la muerte sin compasión con su terrible guadaña de terror”1, según escribió con su vehemencia.

Sus últimos cinco o más años, los dedicó por completo a sus aficiones.  En Asmedas nos deleitó con sus charlas sobre el tango como expresión de la lucha social, del cual tenía un profundo conocimiento; al ser partícipe y fundador de la Corporación de Bailarines de Antioquia, disfrutó el porro, el merengue, el pasodoble, la gaita, como expresiones de nuestra variada cultura y como una forma de atenuar esa tremenda osteoartrosis que le atacó.  En el Cineclub que funcionó en su residencia, no sólo le sacó el quite a su soledad, sino que hizo gala de su archivo fílmico de los clásicos del cine o de su infinita admiración por la película “Casa Blanca” como una de las mejores; de sus habilidades en la filmación en Súper 8 hasta la compleja técnica, para la generación de nosotros, del cine digital que circula por el mundo del Internet, el que manejó con precisión.  Su colección de música clásica y el uso de tecnologías modernas para escucharla, lo convirtieron en un excelente anfitrión a quienes lo visitamos y a quienes nos obsequió diferentes colecciones en discos compactos, con diseños propios en sus carátulas.  Su casa fue una escondida y variada biblioteca que habrá que rescatar.  Su arte culinario y su exquisita cata de vinos fue toda una atracción.  Su fotografía en blanco y negro fue todo un descreste.  Por último, en la mención que hizo  la Asamblea Departamental, se dijo que fue arquero suplente del Atlético Nacional, como para recordar otro aspecto de su vida que pocos supimos.

Virgilio era todo un amigo, un profesor, un político, un revolucionario para muchos de nosotros; murió siendo un antiimperialista hasta los tuétanos y, más aún, antiuribista furibundo, crítico del neoliberalismo y de la globalización.  Tuvo la ventaja que cada que expresaba sus puntos de vista, como demostración de su inconformidad o su protesta, su piel la convertía en piel de gallina y sus bellos se erizaban como expresión de su franqueza.  Fue uno de los demócratas que pudo morir de una enfermedad -a pesar que en su último “e-mail” sostuvo que “mala hierba no moría”- y no por culpa de unas balas asesinas que en esta centuria acabaron con tantos otros, entre dirigentes profesorales, estudiantiles, sindicales, campesinos, sociales, políticos y todos aquellos que se atrevieron a pensar y a denunciar.

 

1 Revista Universidad Cooperativa de Colombia, El hambre en el mundo, No.78 Marzo de 2002

 

 

 
 
   
     
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