Semblanzas
Hasta siempre, Amigo
In memoriam Mario Zuluaga
Por Luis Armando Cambas Z.
Médico
Se me ha encomendado escribir algo sobre Mario Zuluaga Correa, el médico pediatra cardiólogo que, por sobre todas las cosas, fue mi tío, mi padre, mi amigo, mi hermano, mi abuelo, todo; es por ello que estoy atiborrado de emociones y, precisamente por eso, se me hace sumamente difícil ser imparcial y desprevenido al describirlo. De todas maneras, trataré de mostrar lo que Mario fue para mí y para nuestra familia.
Desde muy niño compartí los mismos espacios con él; es lógico porque éramos los únicos sobrinos y, mi mamá, por supuesto, la única hermana. Es por ello que la casa de la abuela nos reunía cada domingo y allí no faltaba la chanza de Mario con la calavera que poseía desde las clases de anatomía o algún tipo de broma a mis hermanos.
Muere la abuela y Mario se convierte en otro abuelo. Pasábamos las tardes de domingo en su casa después de haber ido a escuchar la retreta en el parque de Bolívar. Recuerdo cómo no se cansaba, acostado en el sillón de la sala de música, de leer y de oír a Beethoven.
Recuerdo cuando conocí el teatro Camilo Torres de la Universidad de Antioquia; contaría, si acaso, con 6 o 7 años de edad y, en ese tiempo, ciudad universitaria no estaba cercada y las familias pasaban las tardes en sus zonas verdes. En esa mañana asistimos a una obra de teatro, no recuerdo el nombre, y sólo recuerdo a una mujer embarazada que era, creo, la protagonista; allí comencé a apreciar el teatro y a la Universidad de Antioquia.
Paralelamente, comenzamos a asistir a los conciertos de la Sinfónica de Antioquia, a los congresos de Pediatría, a las tertulias con sus discípulos más queridos. Recuerdo, cuando apenas era un niño, las salidas con algunos de sus alumnos más cercanos y sus esposas al estadero Las Margaritas de la autopista norte en donde recibíamos clases de natación; luego dábamos la vuelta a Oriente o íbamos al Club de Tiro Medellín y rematábamos en la noche en su apartamento escuchando a Serrat, Violeta, Isabel y Ángel Parra, Víctor Jara, Patricio Mans y tantos otros que amenizaban la tertulia hasta avanzada la noche.
Muere mi padre cuando yo tenía 12 años y Mario prácticamente hizo que su ausencia pasara casi desapercibida. Asistíamos a todos los conciertos de la Sinfónica; cada fin de semana compartía la tertulia con sus amigos y mi inclinación por el estudio se iba afianzando por el ejemplo que él me daba. En cada puente o en las vacaciones, salíamos a Coveñas, por un tiempo era mandatoria la salida a la Costa.
Llega la adolescencia y, después de tres intentos, pasé a la Universidad de Antioquia a Medicina. Tenía claro que yo sólo quería ser médico y el mejor, como mi tío. Con su apoyo logré cursar la carrera sin afugias económicas y, cuando se dieron los tropiezos por paros o cierres, él siempre me recibió en su consultorio del Hospital Infantil como un residente más.
Terminé Medicina. Mario compró el cristal más hermoso y costoso para atender a la familia y amigos por este acontecimiento; nos reunimos en su casa en una fiesta que aún recuerdo como si fuera ayer.
Pasaron los años y nuestra amistad cada día se hacía más fuerte. Nos sentábamos en el balcón de su apartamento a compartir tardes inolvidables de música y política, hablábamos de todo, era un deleite oír las historias de sus viajes y de su ejercicio profesional que hasta el final lo acompañaron.
Melómano como el que más, no se perdía de cualquier concierto que hubiera en la ciudad y disfrutaba en las temporadas de los conciertos de los alumnos de Bellas Artes, viendo con asombro la inmensa cantera que tenía nuestra ciudad.
Hasta aquí sólo me he referido a mi vivencia con Mario, pero innegable era su aprecio por la familia y los amigos. La tertulias en el balcón de su apartamento eran famosas y allí se deleitaba atendiendo a cuanto comensal se aparecía; ser anfitrión era su postura favorita y la descripción de tío Alberto hecha por Serrat: “da todo lo que puede dar, su casa está de par en par, quien quiere entrar tiene un plato en la mesa”, no se apartaba de su real apariencia.
Algo que lo hacía enormemente feliz era que mi mamá y todos los sobrinos, con sus esposas (os) e hijos, nos fuéramos a pasar todo un día en su apartamento; gozaba organizando la nevera para los que iban para la piscina, sirviendo los tragos para los mayores y haciendo el crucigrama del periódico El Mundo sentado en su mecedora.
Podría extenderme más pero quiero resumir con el poema de Octavio Paz: “Para que pueda ser, he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”; y es claro que ese otro no es otro que Mario, mi tío.
Como decía Miguel Hernández: “No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada” y por doler, me duele hasta el aliento“.
Hasta siempre, Amigo...

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