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Semblanzas
Profesor Óscar Velásquez Acosta

Por médico Mario Botero B.
Profesor de Cirugía U. de A.
En la madrugada del 15 de diciembre de 2007, en plena Navidad, en forma discreta y silenciosa, como para no mortificar a nadie, como era su estilo de vida, murió en la ciudad de Medellín mi amigo el SEÑOR PROFESOR TITULAR DEL DEPARTAMENTO DE CIRUGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA, ÓSCAR VELÁSQUEZ ACOSTA.

La Universidad está de luto. En el Departamento de Cirugía, su ausencia aumenta su presencia cada día que pasa. La imagen del profesor Velásquez se quedó para siempre entre nosotros. Su pasantía por el Departamento de Cirugía, desde estudiante de Pregrado hasta Jefe del Departamento y Profesor Titular, es desde ya una leyenda que nos llena de orgullo.
Óscar Velásquez nació médico. Era hijo primogénito de Raúl Velásquez Cuartas, médico de familia que tenía el consultorio frente a la Iglesia de Jesús Nazareno, en la avenida Juan del Corral, a una cuadra de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia. Imitando a su padre, desde niño Óscar vestía como los médicos de la época y se movilizaba por el consultorio paterno con toda la tolerancia de un padre alcahueta con su hijo. Los pacientes se acostumbraron a verlo y aceptaron la presencia del pequeño en las consultas; le decían “el doctorcito”.
Se graduó de Médico Cirujano de la Universidad de Antioquia en 1968, con todos los honores. De su padre aprendió el manejo cariñoso con los pacientes y el sentido práctico de la vida. La Universidad le dio la formación académica y las bases para su futuro. Y así se forjó un brillante médico científico, estudioso, e inquieto, lleno de humanidad y humildad, bondadoso y cariñoso con los enfermos.
Residente de Cirugía General, Profesor del Departamento de Cirugía, jefe de la sección de Cirugía General, Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, una brillante carrera académica difícil de superar. Ninguna de estas posiciones cambió su talante, seguía siendo el mismo muchacho que, al comienzo de su carrera de Residente de Cirugía, me pidió el favor que le ayudara a su primera apendicectomía.
Toda actividad que emprendía Óscar tenía éxito, era un motor que superaba dificultades, olvidaba bajezas, rechazaba rencores, siempre para adelante, definido en sus conceptos, en sus metas y en sus objetivos. De su desempeño en sus cargos administrativos, quedan suficientes testimonios en los archivos universitarios; todos los cargos los desempeñó con honestidad, respeto por los compañeros y estudiantes, trato cordial, aceptaba equivocaciones y corregía errores.
La actividad académica en medicina y, aún más, la enseñanza directa en Cirugía permiten un constante intercambio de ideas y conocimientos que enriquecen tanto al profesor como al discípulo. En mi calidad de profesor del Departamento de Cirugía, me tocó compartir las actividades docente asistenciales con Óscar, cuando su formación como Cirujano y luego como compañeros profesores en el Departamento de Cirugía.
En los turnos de Cirujanos de Urgencias en la Policlínica del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, afortunadamente para mí, Óscar era mi compañero. Recordemos que en esta época la policlínica era el único lugar para la atención de Urgencias de la ciudad de Medellín y el departamento de Antioquia. Hacíamos largas jornadas de trabajo, acompañados por los residentes e internos de la Universidad de Antioquia; nos tocaba enfrentar toda la violencia tradicional que desafortunadamente ha azotado a Colombia. Tratábamos, en medio de nuestro propio dolor, de consolar a las familias de las víctimas y con todos los recursos conocidos, aún inventando técnicas quirúrgicas, reconstruir los destrozos humanos ocasionados por la delincuencia. Óscar era un trabajador incansable y solidario con los pacientes. Este trabajar hombro a hombro con él me permitió conocer un ser excepcional, una de esas personas que ocasionalmente se encuentra y que uno agradece a la vida la oportunidad de haberlas conocido, de haber disfrutado de su compañía y de haber superado juntos innumerables dificultades.
Disfrutaba con los éxitos quirúrgicos y, cada vez que sacábamos adelante un paciente difícil, lo celebrábamos tomando tinto (tenía su propia greca para preparase su café especial). Él se descompensaba fácilmente cuando un paciente traumatizado se complicaba o se moría. Él no aceptaba el consuelo de los cirujanos: “nosotros no le pegamos los balazos”. Manejaba la sindéresis con propiedad; tenía el don de la sabiduría; por ende, el don de la palabra y por añadidura el don de la habilidad quirúrgica.
Brillante expositor, sus conferencias llegaban con facilidad a los estudiantes por su excelente presentación y orden. Su presencia en las actividades académicas del Departamento de Cirugía enriquecía la docencia; con su claridad mental y su capacidad de exposición desmenuzaba la enfermedad del paciente que se discutía y facilitaba la toma de decisiones. Los estudiantes y residentes que tuvieron la fortuna de participar en sus rondas docentes nunca lo olvidarán. En los congresos del Departamento de Cirugía siempre le asignábamos las primeras conferencias porque sabíamos que con esta iniciación el evento tendría el éxito asegurado.
Enamorado de la docencia, paciente con los residentes, como decía él: un profesor de Cirugía se conoce cuando es capaz de ayudar a operar una herida de arteria subclavia izquierda a las 3 de la mañana a un residente de segundo año.
Claro exponente de la Escuela Quirúrgica Antioqueña, cirujano hábil y descomplicado. Estudioso, permanentemente actualizado en los conceptos fisiopatológicos de la Cirugía; una intervención quirúrgica con los residentes era una cátedra de fisiopatología; tranquilo, seguro en la toma de decisiones, enemigo de cirugías radicales, buscaba siempre el bienestar de los pacientes, respetaba el principio Hipocrático: primero no hacer daño.
En 1995, Óscar, el mejor de todos los cirujanos de la Universidad de Antioquia, le dijo adiós a la Cirugía y se dedicó por completo a la Clínica de Alivio del Dolor y Cuidados Paliativos del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, fundada en el año 1980 por el distinguido profesor de Anestesiología doctor Tiberio Álvarez Echeverri. Se actualizaron los conceptos médicos que hasta entonces manejábamos para los pacientes terminales. Desde su fundación, Óscar colaboraba en los tiempos libres, cuando su actividad quirúrgica se lo permitía.
Era un estudioso permanente de la vida y de la muerte, con autores filosóficos actualizados como Krismomurthy, pensador de la vida oriental y las escuelas europeas de Víctor Frankl y el cardenal Hans Kung; a través de estas lecturas y de su participación en la Clínica de Alivio del Dolor, terminó enamorándose de la muerte y se convirtió en el filósofo del grupo. Sentía como propio el dolor de los enfermos, les dedicaba a los pacientes terminales el tiempo necesario para demostrarles con su sentido de humanidad, bondad, sencillez y calor humano, que la muerte era un fin lógico de una existencia digna; les devolvía la tranquilidad y les recobraba la serenidad para enfrentarla. Tenía claridad y autoridad para definir cuándo una enfermedad era Terminal; le dolía el concepto de algún oncólogo americano: “mientras se encuentre pulso radial se puede colocar quimioterapia”.
Honesto, ningún tipo de interés económico, su sola presencia tranquilizaba a los enfermos terminales; era la imagen del apóstol médico del Siglo XIX trasladado al Siglo XXI. Su dedicación a los pacientes de la Clínica de Alivio del Dolor y Cuidados Paliativos traspasaron las fronteras del consultorio del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, y Óscar, a pesar de su modestia, se vio obligado a participar en programas de radio y televisión sobre estos temas. Le llegaba a la gente del común y era solicitado para asistir cada vez a más enfermos terminales; nunca se negaba a ello.
Siempre he asociado la figura de Óscar en el trato a los pacientes con uno de aquellos caballeros pertenecientes a la Legión de Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, que aplicaban la regla monástica: “honremos a nuestros señores los enfermos”.
Óscar se diagnosticó un tumor de colon avanzado. Fiel a su conducta, no rechazó todo tipo de tratamiento para curar la enfermedad. Comprendió que había llegado el momento de su muerte. A quienes lo visitábamos en su “lecho de enfermo Terminal”, nos sorprendía encontrarlo sentado escuchando música, leyendo sus libros, con un pocillo de tinto en la mano y con una sonrisa permanente. Nos comentaba la evolución de su enfermedad y cómo la caquexia iba avanzando en su cuerpo. Su concepción “la muerte comienza desde el nacimiento” la aceptó con tranquilidad; nosotros salíamos destrozados con lágrimas en los ojos, él sonriente nos decía: “Profe, tuve una vida feliz, ya me despedí de toda vanidad; mi esposa, mis hijos y mis amigos me permitieron disfrutarla”. Hacía chistes: “Profe, estoy como la volqueta en la fila… esperando que me echen tierra, me he ganado el derecho a morir, voy a mi descanso definitivo”.
Como siempre lo había deseado, murió con dignidad, en su casa, acompañado de Consuelo, su inseparable esposa médica, y de sus hijos Gabriel Jaime y Juan Esteban, familia solidaria y permanente con sus actitudes ante la vida.
Durante la época de violencia, y en uno de esos turnos de Cirujanos en Policlínica, nuestro grupo fue amenazado en el quirófano por unos sicarios: si se moría el paciente, nos moríamos también nosotros. Nos mortificamos mucho con el incidente y le dije a Óscar que esos sicarios habían profanado el templo de la Cirugía; desde entonces, la profanación del templo de la cirugía se volvió una frase de común entre los dos para significar que estábamos en dificultades. Cuando queríamos compartir algún problema, siempre mencionábamos la “profanación del templo de la cirugía”. En mi última visita a Óscar, cuando yo trataba de disimular su próxima muerte y él insistía en que estaba cerca su partida, al despedirme con un fuerte abrazo me dijo: “Profe, están profanando el templo de la cirugía”.
Con la muerte de mi gran amigo y compañero, quedó profanado para siempre y en silencio “el templo de la cirugía”. Paz en su tumba.

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