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Literatura

Tragedia en un sólo acto

Aserrín - aserrán, canta en tono bajo; y Susana le pregunta: -¿Cómo amaneciste, linda?

La niña responde: -Yo muy bien, soñé con renacuajos.

Margarita le dice cariñosa: -¿Sería que mojaste la cama?

-Qué va, fue que ayer me llevaron a un lago.

-¿Y cómo está tu mamá?- preguntó Yolanda.

-Muy bien, me lee muchos cuentos, ya no llora casi.

El diálogo se realizaba en una clínica de alta tecnología en Medellín. Como ésta, hay pocas en la ciudad. En sus pasillos, una niñita morena volaba repartiendo raciones de ternura y de ganas de vivir.

Su cuerpo crecía en medio del dolor. Escasos seis años y ya había recibido cuatro sesiones de quimioterapia para cáncer. Dolorosa y debilitante. Tres de radioterapia quemadora, múltiples punciones en sus venas, exámenes y terapias.

Aún así sonreía y conversaba desprevenida con las funcionarias que dan las citas, con las enfermeras y con los que facturan. Todos la querían mucho y la admiraban porque ella los sacaba de su mundo hostil de prisas laborales, de sus afanes familiares, de sus hormonas apremiantes, y las hacía madres cariñosas, comprensivas del dolor y del ejemplo de entereza.

A mí me gustaban mucho esos cariños, esa simpatía y más me gustó cuando le dieron de alta, y llamaba desde su casa para contarnos que ya salía en las tardes al parque con la mamá, a ensayar sus alas de polluelo.

La noticia de que estaba hospitalizada en otra clínica llegó un martes. La niña requería cama en este centro pero no la había y, como ella, otros enfermos esperaban por un espacio similar. Sin embargo, en la clínica donde estuvo, los médicos y las enfermeras se agitaban impotentes y llamaban continuamente pidiendo permiso para el traslado.

La niña estaba muy mal: fiebre alta, no respiraba bien, no tenía defensas, no respondía a las terapias, le fallaban los riñones. Y todos nosotros iniciamos el trajín de mover voluntades, de rogar por una cama donde no había –Jesús cristo a punto de nacer en escampado- de intentar trasladarla a toda costa. Rosita, de Hospitalización, que conversaba con ella diario, el jefe de calidad, la jefe de enfermería, la auditora de la clínica, yo, todos empujando a nuestro modo, sintiendo la frialdad de un sistema de salud que asegura pero no garantiza la atención.

Y la niña de nuestros ojos que dependía del traslado para vivir y no había camas en esta clínica para trasladarla, se estaba muriendo de complicaciones curables con un modelo de salud que así lo permitía.

Hoy es martes, de nuevo. ¡Qué dura semana! Otra vez tengo noticias de ella… Eliana murió el sábado anterior.

Todos en el corredor lloraron, hasta el frío ingeniero de sistemas. A mí me saltaron las lágrimas al saberlo.

Que llegó llorando en la ambulancia, que la cama se la habían conseguido desde el jueves; que en los cuatro teléfonos que teníamos de la casa, de la clínica y de los familiares no respondieron hasta el viernes. Que se quejaba, lloraba y se agitaba; que estaba muy, muy hinchada, lastimaba sólo mirarla. Que murió en la UCI luego de las 12 horas del sábado. Que la mamá estaba quieta y fría como estatua. Ya sin llanto, espantada.

Y todos en silencio, impotentes, rabiosos. Tal vez por consolarnos alguien dijo:

-Adiós, renacuajito.



Sin testigos

Por Lorena Vélez G.
Miembro Taller de Escritores
Asmedas Antioquia

En medio del silencio de este bosque escucho un pájaro que, con su canto, intenta dar vida a esta tarde oscura.

Mientras el pájaro canta, el viento roza suavemente las hojas secas de un árbol muerto, me concentro en el sonido que producen y cierro los ojos.

El canto del pájaro es interrumpido por el sonido de alguien caminando, el crujir de las hojas se acerca cada vez más.

Abro los ojos y veo a una joven recostada en un árbol, tiene los ojos cerrados.  Alguien se acerca a ella, es un hombre alto y delgado, tiene una daga en su mano derecha; se arrodilla ante ella que sigue con sus ojos cerrados, no me atrevo a moverme, el hombre alza la daga y lentamente la introduce en el pecho de la joven, esta hace una mueca de dolor, el hombre retira la daga ensangrentada y se marcha.

Siento un escalofrío que me recorre totalmente, de aquel cuerpo inerte en el suelo brotan cantidades de sangre; alguien se aproxima a mi, es el hombre que acabo de ver, esta detrás de mi, me sujeta con un brazo y con la daga que acababa de usar perfora dolorosamente mi pecho, no debía haber testigos del crimen que acababa de cometer, apenas tengo fuerza para respirar cuando la daga sale, pronto todo terminara...

 

El tiempo

El tiempo pasa lento
minuto a minuto
segundo a segundo.
Tan lento pasa
que cada momento
permanecerá en mi mente
por toda la eternidad

El tiempo asesino de momentos
creador de instantes
pasa lento,
lento pasa el tiempo

 

Muerte

El corazón se detiene
el cuerpo se enfría
la sangre deja de correr
y pronto todo ha terminado.
Ahora el doctor se acerca
llegan con él las malas noticias,
luego las lágrimas,
gritos de dolor,
sentimientos encontrados,
recuerdos de un pasado que ya no está

Miro al suelo desde el piso 14
Desde abajo muchos me observan, veo luces, autos y oigo sirenas.
Pronto todo se desvanece, comienzo a caer y el aire roza mi piel.
En poco tiempo me iré de este mundo desdichado.
Todo acabará en sólo un instante.
Mi cuerpo no será más que una concha vacía
que ha perdido su más preciada perla.

 

 

 
 
   
     
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