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Medellín, enredos e incongruencias









Por Don Tomás Carrasquilla
1925 

No eran los conquistadores de estas Indias para reparar en tierras fértiles y cultivables ni menos en climas bienhechores. El oro era su ideal, el objetivos de sus conquistas, y lo único en que cifraban la riqueza. Y no podía ser de otra manera. Bien se les pudo alcanzar que ganados y siembras dan ganancias; pero ni eso produce en poco tiempo ni había a quién venderle los productos. Así es que, aunque descubriesen el país de Jauja y la delta del Nilo, de Jauja y del Nilo volteaban cola, con viento fresco, si no olían el oro codiciado. No debieron de olerlo en este valle de San Bartolomé, como lo llamó el Capitán don Jerónimo Luis Tejelo, que lo descubriera desde 1541. Si tal hubiera sido, aquí hubiera plantado sus reales luego al punto. Robledo, apenas le dio una ojeada, y pasó de largo, como los malos prójimos de la parábola.

Terminada la conquista, destruidos, ahuyentados o bautizados los indios habilitadores de estas regiones, vino a ser este valle edénico para los colonos sencillotes, pacíficos y labradores. De España, donde no reinaban ni la paz ni mucho menos la abundancia, bajo el dominio casi extranjero de los Austrias, se desgajaron, desde principios del siglo XVII, no pocos campesinos, de todas sus provincias, a estas Américas de su Sacra Real Majestad. No venían  con la espada destructora, ni con la cruz salvadora, ni en busca de Potesíes y Pactolos: venían con su azadón y su arado, a ganarse la comida con el sudor de su frente como Dios manda. Muchos de ellos cayeron a este valle. Eran, casi todos, de ese norte de España, en donde predicó el apóstol Santiago, a donde no llegaron los moros bereberes, con su profeta, sus molicies y sus amores, ni los judíos con sus usuras y sinagogas. En aquellas comarcas existían, y existen aún, concentración de catolicismo y monarquía y la pura cepa y la sustancia de la raza goda. Son nuestros antepasados. Aquí fundaron sus labranzas y cortijos, bajo el mando y jurisdicción del Gobernador de la Provincia, cuya cabeza era Santa Fe de Antioquia; aquí vivieron en el santo amor y temor de Dios y de su Majestad el Rey Nuestro Señor.

Como no hay patriarcado infecundo, aquellas granjas dispersas dieron gente con quién fundar pueblo o villa; y tal se hizo, en 1675, por Real Cédula bajo la tutela y dirección del Gobernador don Miguel de Aguinaga, y el patrocinio de Nuestra Señora de la Candelaria, a quien la fundación le fue consagrada. A más del nombre religioso, debía dársele otro civil, muy ilustre y recordatorio. Que ni pintado le venía el de Medellín: es el de la capital de Extremadura; allí había nacido Hernán Cortés y allí radicaba el condado de don Pedro Portocarrero, Presidente del Consejo de Indias en aquel entonces. Su alteza doña Mariana de Austria, regente de España por minoría del Rey Carlos II mostróse madre egregia con la fundación. La diputó, al punto, por villa muy noble y muy leal y la dotó de escudo, con torre áurea y con la Virgen Patrona entronizada en su cúspide. (…)

La gente vivía encantada en este como limbo de la monotonía y la rutina. El pueblo, sometido o esclavo, sólo trataba de servir a sus señores, de aprender la doctrina y de cumplir los preceptos de nuestra Santa Madre Iglesia. Al indio o liberto que no fuese a misa se le daban sus azotes. La potestad paterna y la sacerdotal  eran tenidas como  fuero divino. Los padres concertaban los matrimonios entre sus hijos y los hijos se sometían. Acaso influyera en esta docilidad el que los hijos varones, por no tener casi ninguno una profesión que les diera independencia económica, tenía de acatar la voluntad de quien les daba todo. La vida de estos magnates, sin política, sin finanzas, sin prensa, sin espectáculos, sin clubes, sin cafés, sin parrandas, tenía que apacentarse en los remansos de la religión y del hogar, con alguna salidilla a sociedad. En efecto: se levantaban con el alba, desayunaban, iban a misa, volvían a tomar la media mañana, se iban a bañar al río, a pie o a caballo, almorzaban a las ocho, echaban siesta hasta las once, tomaban el piscolabis; daban otro trasiego; comían a la una; iban a visitar al Santísimo; tomaban la media tarde; se iban a caminar a las cuatro, con tertulia y paliqueo. A las seis rezaban el rosario; y, si era en invierno, jugaban baraja hasta las ocho o nueve; cenaban y… a dormir. (…)

El doble de las ocho, para pedir por las ánimas benditas o para encomendarse a ellas, era también toque de queda. A tal hora salía la ronda, convenientemente armada, para evitar todo desorden y hacer retirar las gentes sospechosas. Se celebraban fiestas de santos, embarazos de reinas, nacimientos de príncipes, jura de nuevo rey, como regocijos públicos; como regocijos privados, bautismos y casamientos, con vino legítimo, mistelas caseras y pastas monjiles. La mayor gloria de toda casa chapetona o criolla era sacar un hijo sacerdote o leguleyo y una hija religiosa; y exhibir sus pergaminos.

¡Oh, los pergaminos! En ellos se probaba que por las venas de una familia no corría gota de sangre morisca ni judaica; que ninguno de su estirpe había sido penado por la Santa Inquisición; que el solar ilustre existía en tal o cual paraje y que su escudo, como lo atestiguaba el dibujo de rúbrica, constaba de tantos y cuantos cuarteles de estas y aquellas insignias, a cual de todas más significativa. Eso lo guardaban y veneraban, como los israelitas las tablas de la ley.

Sistema era de la Corona mantener estas colonias a oscuras de lo que allá acontecía, como no fuera para aumentar los impuestos.

Fuente: Carrasquilla, Tomás. Medellín. Editorial U. de A., 1995, pgs. 109-129

 

 
     
 
   
     
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