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Reflexiones de Asclepio

Duerme, duerme negrito o el uso del encantamiento








Por médico Jesús Dapena B.
Psiquiatra

¡Morir… dormir!... ¡Tal vez soñar!
William Shakespeare

Advertencia: Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

I

La clínica está, como solía suceder en las ciudades, en las épocas electorales, toda empapelada.  La coordinación invita a una reunión, destinada a cosas urgentes, de carácter científico.  Se anuncia una charla sobre hipnosis, dictada por un eminente psiquiatra de la institución.

No entiendo la urgencia.  Me siento convidado a una sesión con el profesor Fassman, con un extraordinario poder de sugestión; famoso en las artes de la psicología, la hipnosis, la parapsicología y otros fenómenos paranormales, que venía a esta Bella Villa, cuando yo era apenas un adolescente.

Otra asociación que se me viene a la mente, con tan gentil invitación, es la historia corta de Thomas Mann, Mario y el Mago, en la que el propio Cipolla, su protagonista, según el novelista alemán, parecía haber cristalizado de una manera funesta, aunque muy humana, toda la aviesa inclinación y perversidad de un carácter, y envolataba y se burlaba de la gente; para algunos críticos, el mago es la mismísima encarnación de Mussolini; para otros, el opúsculo de Mann es un relato que el escritor ha utilizado para denunciar el ascenso del fascismo y la cobardía intelectual, a partir de la crítica que Freud hiciera a la hipnosis, en Análisis del yo y psicología de las masas, al decirnos que en ella, hay aún, en efecto, en mucha parte, algo incomprendido y de carácter místico, en el que el hipnotizador, por el poder de la sugestión, entra en una relación de dominación con el hipnotizado; un dispositivo magnífico para dominar las masas, digo yo.

¿Nos invitan a un divertimento, a un juego de salón, a una reunión científica, a una experiencia oscurantista o a una danza macabra?  ¡Todo podría suceder!  ¡En todo caso, en vísperas de un despido masivo, no nos invitan a pensar ni a participar en una decisión que influirá en nuestros destinos!  ¿Participación democrática?  ¡Qué va!

II

Como funcionario, debo asistir a ese juego a la gallina ciega, bajo pena de sanción, si no lo hago.

Confieso, que subo al salón de malagana y despacio; no me excitan, para nada, las promesas de shows mesméricos y podría encontrarme con el cuervo de Édgar Alan Poe o con el ave negra que espantó a María; pero, al entrar a la sala, nuestro conferenciante da la más agradable de la impresiones; en absoluto luce como el Indio Amazónico ni como un culebrero de plaza pública.  ¡Todo lo contrario!  Se ve como el mismísimo Rodolfo Valentino, un auténtico latin lover, con su traje oscuro de Yves Saint-Laurent y una corbata roja con franjas negras, de pura y fina seda italiana; su cabello, tan negro y brillante como sus zapatos de charol, y tan aplanchado como su vestido de corte francés, brilla como cuando los muchachos usaban gomina; es una verdadera belleza morena clara, expresarán algunas integrantes del género femenino.  Yo señalaría que está tan tieso y tan majo como el Rin Rin Renacuajo, un auténtico ejecutivo de película.

Cuando la audiencia crece lo suficiente, el doctor se quita sus gafas oscuras, abandona su habitual estilo académico, que cambia por uno bastante coloquial.  Y nos cuenta cómo se encontró con la ciencia y el arte de la hipnosis, en los tiempos de su medicatura rural, uno de esos albures que ocurre en la vida de los sabios.

El hombre nos empieza a narrar la siguiente historia:

“Yo veía, con mi mujer, la televisión, para calmar el aburrimiento de las tardes de domingo en los pueblos colombianos, y veía un partido de fútbol; como todo señor, tenía el control del aparato… en el intermedio, pasé a uno de esos pésimos canales peruanos, tan malos como suelen serlo los latinoamericanos, cuando vi a un hombre que hipnotizaba al público en un teatro; no toleré la curiosidad y abandoné el partido.  Quedé completamente fascinado ¿cómo podía un tipo tener tanto dominio sobre los otros?  Así son los caminos de la ciencia… Al día siguiente, llegó al consultorio del hospital un librero ambulante, al que pregunté si tenía textos de hipnosis.  Me dijo: ‘¡Por supuesto, doctor!  ¡Aquí tiene dos!  Y en estos días le puedo traer otros ejemplares’.  Me dediqué al estudio de tan admirable ciencia; fueron muchos los tratados que compré, hasta hacer toda una biblioteca… En esos días, venía un famoso hipnotizador a dar unos cursos sobre su arte, en el más elegante teatro de la capital antioqueña y era obvio que debía movilizarme del alejado pueblito a la ciudad, para darme cita con el evento pero, al llegar, nos dijeron que el maestro había cancelado su viaje a nuestro país y salí bastante disgustado.  Pero, como soy amigo de caballistas, busqué uno y nos fuimos a tomar unos tragos; el chalán me dijo que me notaba triste, que qué me pasaba; le hablé de mi frustración por no haber podido asistir al seminario; me dijo: ‘¡Hombre! ¡no seás pendejo!  Mi hermana, que es psicóloga, tiene un grupo que se dedica a esas artes y yo te puedo relacionar con ella’.  Fue así como fui el único médico que asistía a ese grupo; había abogados, químicos y otros profesionales, pero yo era el único doctor en medicina.  Ahí estudiamos mucho, mucho.  Mi estantería se llenó de compendios de hipnosis; creció tanto que unos amigos fueron a visitarme al pueblo y me preguntaron si yo había practicado ese saber; aunque tenía plena conciencia de que no lo había hecho, les dije que sí.  Uno de ellos me pidió que lo hiciera entrar en trance.  ¡Ahí cayó el primer marrano!”.

¡No puedo creer lo que oigo!  ¿Cómo no le da vergüenza decir esto en una reunión científica ante otros colegas, otros médicos, psicólogos, enfermeros, bacteriólogos y empleados?  Es lo que en el momento me pregunto.

Ahora viene el relato de sus éxitos como hipnotizador.

Cuando se especializaba en psiquiatría, del departamento de neurología, enviaron a una chica desahuciada por una parálisis.  ¡Nadie sabía qué tenía!  Pero el novel psiquiatra pidió a sus profesores que le dejaran aplicar su arte.  ¡Maravilla de maravillas!  ¡Milagro de milagros!  ¡La muchacha caminó!  ¡Ni que fuera la hija de Jairo!  Aunque debía ser una histérica, común y corriente.  Su espíritu volvió y se levantó luego pero este doctor, al contrario de Cristo, no mandó a nadie que no contaran lo que había hecho.  ¡Sólo sabía que, quien creyera en él, caminaría!

Con bastante desprecio nos comenta que como la joven venía de un barrio pobre, la noticia corrió por todas las comunas y, poco a poco, se fue dando una romería de gentes que deseaba ser ayudada con la magia del taumaturgo; era todo un demiurgo, un dios creador, un alma universal, un principio activo del mundo, ¡Ese trueno!  ¡Con corbata a rayas!...

Contados los prodigios, ahora sí vuelve a su hábito de académico de la era postindustrial, de video bimen mano; nos empieza hablar de su ciencia, desde los tiempos, de Franz Anton von Mesmer y sus experiencias hipnóticas; el doctor Mesmer había sido descubridor del magnetismo animal, lo que le abriera las puertas de los más aristocráticos salones del Siglo de las Luces; era un seguidor de Cagliostro, el alquimista que buscaba la piedra filosofal e invocaba fantasmas; lo que sí no nos dijo era que el médico austríaco, tan exitoso en París, era un estafador redomado, de rica imaginación, un hábil ilusionista; pero con cierta precaución sí nos contó que el pobre magnetizador había sido atacado por todas las Academias europeas, por los sabios de la Ilustración, que querían poner fin a todo tipo de prácticas supersticiosas; su trabajo fue evaluado por una comisión de la Academia de Ciencias y de la Sociedad Real de Medicina, conformada por Benjamín Franklin y Antoine Lavoisier, quienes condenaron sus fascinantes prácticas, de tal forma que su clínica, con sus espaciosas salas de espera, cubiertas por espejos, y con candelabros que daban una luz tenue, mientras todos los pacientes inhalaban exquisitos inciensos, fue cerrada para, al final del cuento, el hechicero morir en la miseria.  ¿Cómo se le ocurriría ese exabrupto a un hombre de la sabiduría de Benjamin Franklin, todo un americano?  Porque del tal Lavoisier, declara no saber nada.

No sin cierta sorna interior, pido la palabra, como para tener un mano a mano, un cabeza a cabeza, de conciencia a conciencia, y aclaro quién es ese despreciado Lavoisier -una omisión imperdonable en el mundo de las neurociencias y la química cerebral-; el histórico personaje es, ni más ni menos, que el padre de la química moderna.  ¡Basta haber pasado por quinto de bachillerato para saber quién era ese ilustre hombre!

Luego -¡todo hay que reconocerlo!– el clínico da una clase bastante ilustrada y documentada de la fisiología del trance hipnótico para, luego, hablarnos de una vida y otras vidas, algo que podría, de una manera distinta a Manzanero, llevarnos a ver el otro lado de la luna o encontrarnos con la otra mitad del sol, gracias a una especie de metempsicosis.

Entre tanto, la coordinadora, una solterona fina y relamida, lo mira con unos ojos que yo no veía desde la adolescencia, cuando en las fiestas de quince años, alguna jovencita, que no se resignaba a comer pavo toda la noche, miraba al galán de la fiesta, sin pudor frente a la quinceañera; la mirada silente de unos ojos embelesados y llenos de amor interrumpía su silencio para solicitar, con gazmoña coquetería:

-Doctor, deberíamos prolongar la sesión para que tengamos la práctica de su apasionante saber.

 

III

Quince días después, la exposición no es de una hora sino de dos; nuestro protagonista llega ese día de blue jeans, correa ancha y camisa blanca, con un equipo de sonido que ni para rapero del Harlem.  Está allí la plana mayor de la administración pero el propósito del facultativo es hipnotizarnos a todos.

Dudo entre si quedarme o irme pero decido observar un poco más; el practicante nos hará lujo de las artes de Mesmer pero yo no estoy dispuesto a entrar en trance.

El hombre ordena que dispongamos las sillas alrededor del salón, mientras él, en el centro, se convierte en el imán de nuestra atención; no debemos asustarnos pues no nos pasará nada; ningún hipnotizado hace algo contra su voluntad ni contra su conciencia moral; debemos echar la cabeza hacía atrás, apoyarla en el muro y poner nuestros brazos en cruz, como ovejas que vamos al matadero; la mano derecha sobre el hombro izquierdo y la mano izquierda sobre el hombro derecho; nadie parece protestar; al contrario, todos asumen esa ridícula posición; hasta el desgarbado gerente se entrega a la magia del momento.  Yo me siento a punto de aullar pero más bien me pongo en pie, mientras la voz del catedrático dice en la grabadora:

- ¡Duerman!... ¡Duérmanse!... Tranquilos… No les pasará nada…

Me dirijo al centro del salón, cojo el registro de asistencia, lo firmo y me marcho; en mi maletín, tengo libros mucho más didácticos e interesantes, que, sin duda, me enseñarán más que ver a la gente dormir en paz mientras se han cancelado todas las consultas y se han parado los trabajos de la clínica para asistir al espectáculo del nuevo Fassman.

Como tengo tiempo, voy a la tienda del frente del edificio a tomar un café, donde me pilla la coordinadora, quien, a pesar de tener que renunciar a la práctica solicitada, me ha seguido, como un bedel a un mamador de clase, y que con severidad me interroga:

-¿Doctor, usted por qué no está en la actividad científica?

Le respondo:

-No sabía que lo fuera… No sé si usted recuerda que él dijo que ya había caído un primer marrano.

Asiente con la cabeza y me dice:

- Sí, claro, doctor.

Entonces le explico:

- Pues, doctora, yo no voy a ser el último; no estoy dispuesto a ser cómplice de las marranadas que hacen aquí.

Meses después, toda la supuesta piara es despedida, por el cierre oficial de la institución.  ¿Participación democrática?  ¡Qué va!

Los críticos aseguran que el Cipolla de Thomas Mann y la gente que acudía a su espectáculo en Torre de Venero, a orillas del Tirreno, son una metáfora del ascenso del fascismo y la cobardía intelectual; me parece que tienen razón; la historia se repite, en otros tiempos, en otras latitudes; la letra puede cambiar pero la música sigue siendo la misma, ahora, en aras de la privatización neoliberal.  La suerte es que este hipnotizador no se haya encontrado con el lamentable final que le dio Mario al mago, como venganza por su humillación.  Han sido otras las víctimas pero así es la vida, para muestra un botón.

La consigna del circo institucional parece ser:

¡Duerman, duerman, negritos!... No discutamos ni su destino ni el nuestro… ¡Todo ya está previsto!... Sométanse a los usos de nuestro encantamiento.

 

 

 
   
     
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