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Jubilados

Rosa Leonor




Por médico Roberto López C.
Vicepresidente Fondo Social Médico de AMDA
Ex Residente del Hospital La María
robertol@une.net.co

Revestida de un hábito blanco y beige, recorría, durante muchas mañanas, las callejuelas de aquel viejo hospital, conduciendo a un grupo de chiquillos, de miradas lejanas, desde el salón de Pediatría hasta la capillita que ocupaba la colina, al final del sendero.

Un poco obesa, con su andar balanceado a causa de la artrosis, su rostro redondeado y sus carrillos colgantes, cubría su cabeza con una toca que permitía observar, parcialmente, sus sienes ya plateadas.  Muchos años atrás había ingresado a la Comunidad de las Hermanas Dominicas de la Presentación, con el firme propósito de dedicarse al cuidado de los enfermos o de los ancianos que ya habían perdido gran parte de su vitalidad.

Su amor por los niños le llevó a dirigir una casa de infantes, muchos de ellos abandonados por sus madres o familiares a las puertas del hospicio que ella regentaba en el barrio San Javier.  Con el paso de los años, gracias a su bondad  y a su dedicación para con aquellos hijos adoptivos, muchos de los cuales ya habían alcanzado su mayoría de edad, pudo vérsele rodeada de algunos de ellos que iban a manifestarle su afectuoso y sincero agradecimiento.

De ojos tristes, pero de mirada penetrante, su rostro melancólico sonreía cuando se presentaba la ocasión de compartir con aquellos pequeñines a quienes ahora, en aquel hospital, dedicaba los días y gran parte de las noches, a cuidarlos con esmero, en procura de restablecerles su precario estado de salud.  Eran niños menores de diez años, victimas de la tuberculosis que, llevados allí para el tratamiento de su enfermedad, permanecían recluidos durante meses, en ocasiones durante más de un año, alejados de sus padres y su familiares, bajo los cuidados de Rosa Leonor y de un grupo de enfermeras que llenaban de caricias y de amor a aquellos desdichados.

Era admirable observar aquel grupo de niños haciendo fila, esperando que les suministraran sus medicamentos, bien por vía oral, bien intramuscular.  Algunas lágrimas rodaban por sus mejillas, pero soportaban, con cierto grado de estoicismo, las agujas punzantes que penetraban en sus carnes, llevando el medicamento que restituiría su salud.  Rosa Leonor, muy solícita, les ofrecía una golosina, que acompañaba con una tierna caricia y unas palabras de aliento.  Entonces, muchos de ellos dejaban escapar una sonrisa, como agradeciendo el gesto de la monja que se había convertido en una madre amorosa, durante su permanencia en el hospital.

Años más tarde, cuando ya sus fuerzas físicas habían disminuido, la visité en la casa-hogar donde reposaban las religiosas de la Comunidad de la Presentación, que habían alcanzado una avanzada edad.  Pero Rosa Leonor, siempre fiel a sus principios, continuaba ayudando a las ancianas más lisiadas que allí habitaban.

Ella, con su amor y su disposición para servir a los más necesitados, dejó profundas huellas en la Comunidad.

Medellín, julio de 2008.

 

 
 
     
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